La escena lo dice todo. Sobre Vermont, una vista aérea mostraba el follaje otoñal en su punto máximo el 3 de octubre de 2026, con hojas rojas, naranjas y amarillas tiñendo el paisaje. Es la postal que cada año empuja a millones de personas a viajar por Estados Unidos en busca de ese breve momento en que el bosque cambia de piel.
El atractivo no es menor. La nota cita una estimación de 2025 del Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos según la cual los turistas de otoño gastan más de 8 mil millones de dólares al año en la región de Nueva Inglaterra. Para pueblos y ciudades capaces de aprovechar sus colores, la temporada de hojas es una fuente relevante de ingresos.
Pero el negocio depende de una variable cada vez menos confiable: el calendario natural. Expertos citados en la nota dicen que predecir el pico del follaje otoñal nunca ha sido fácil, y que el cambio climático ha complicado aún más el cálculo. William Keeton, profesor de ecología forestal y silvicultura en la Universidad de Vermont, afirmó que hay muchas cosas que crean variación en los colores y que interactúan de forma impredecible.
Keeton sostuvo además que el calentamiento, en particular las temperaturas nocturnas más altas que se extienden hasta bien entrado el otoño, puede retrasar el inicio del cambio de color. La nota señala que los años de 2015 a 2025 han sido los más cálidos registrados a nivel global, y que ese calor impacta a los árboles.
La mecánica biológica sigue siendo la misma: a medida que los días se acortan, la producción de clorofila en los árboles caducifolios se desacelera y finalmente se detiene, mientras la clorofila existente se descompone. Pero el clima altera la forma y el momento en que aparece el color. Según Keeton, eventos extremos como la sequía severa pueden reducir la producción de los compuestos químicos que generan el color otoñal y además estresar a los árboles, haciendo que pierdan las hojas antes de tiempo.
La acción no se distribuye por igual en el país. New England y el norte del estado de Nueva York figuraron entre las zonas más prometedoras en el pronóstico de agosto de AccuWeather, gracias a un clima húmedo a fines de primavera y comienzos de verano, y a la posibilidad de noches más frescas y condiciones más secas rumbo al otoño. En cambio, la empresa anticipó colores menos intensos en partes del valle bajo del Mississippi y del sureste, citando nubosidad, lluvia y falta de noches despejadas y frescas. Colorado y las Carolinas también podrían ver tonos más apagados y hojas más frágiles por la sequía.
Chris Martine, profesor de biología en Bucknell University y presidente de la Botanical Society of America, advirtió que el cambio climático podría alargar la temporada en algunos casos, porque distintas especies responden en momentos diferentes. En su descripción, ya no habría un gran estallido simultáneo de colores, sino un período extendido, con especies que cambian de color en distintos momentos.
No todo lo que parece una llegada temprana del otoño lo es. Stephanie Spera, profesora asociada de geografía, ambiente y sostenibilidad en la Universidad de Richmond, dijo que algunas hojas pueden parecer que cambian antes del pico, cuando en realidad se trata de leaf scorch, un daño común durante períodos de sequía. Según explicó, las hojas se arrugan y mueren antes de llegar siquiera a cambiar de color.
El resultado es una temporada más incierta para viajeros y para economías locales que hacen caja con el paisaje. La mejor fecha y el mejor lugar para ver el pico del follaje siguen siendo, en palabras de Spera, una apuesta.
Para entender el presente hay que volver a esa semana: el caso del follaje otoñal resume cómo el clima ya no solo altera ecosistemas, sino también ingresos, reservas hoteleras y el negocio de las regiones que venden naturaleza como atractivo. Cuando la previsibilidad cae, también cae la capacidad de convertir un fenómeno estacional en dinero para la economía local.
En esa trastienda hay una lección clara. La incertidumbre climática no golpea solo a los mapas de colores; golpea a la organización de un sector que depende de calendarios precisos, de rutas llenas y de consumidores dispuestos a gastar. La libertad de viajar para ver un bosque en su mejor momento sigue intacta. Lo que se vuelve más frágil es la base económica que convierte esa experiencia en actividad productiva.


