José Ortega y Gasset dejó una de las frases más recordadas del pensamiento español: «Ser de la izquierda es, como lo es ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil». La cita aparece en el prólogo de la edición francesa de La rebelión de las masas y resume una advertencia que atravesó buena parte de su obra.
El filósofo, leído en todo el mundo, fue presentado como una figura central del siglo XX en España. Entre sus libros más conocidos figuran La rebelión de las masas y Meditaciones del Quijote. Además de su trabajo académico, mantuvo un compromiso constante con la realidad política de su país y participó en el debate público y en la construcción republicana.
La frase no apunta, según el texto, a un rechazo de la política, sino a una crítica del dogma. Ortega y Gasset alertaba contra la atrofia del pensamiento que aparece cuando una persona se encierra en una ideología. En esa lógica, la adhesión ciega limita la capacidad de análisis y convierte las ideas en una verdad cerrada.
El artículo vincula esa advertencia con otro concepto de su obra: la «hemiplejía moral». Esa expresión describe el momento en que se abraza un bando de forma ciega y se anula la otra mitad del entendimiento y de la empatía. Para Ortega y Gasset, esos dos elementos son necesarios para juzgar una realidad política que suele ser más compleja de lo que parece.
También se enlaza esta idea con su máxima «yo soy yo y mi circunstancia», usada para sostener que la verdad exige evaluar cada situación sin apriorismos rígidos. En un tiempo marcado por la polarización, sobre todo en las redes sociales, la lección parece clara: confundir ideología con militancia empobrece el debate y degrada el matiz.
La escena lo dice todo. Ortega y Gasset no estaba defendiendo la indiferencia, sino la independencia del criterio. El artículo insiste en que rechazar los extremos y cuestionar las consignas propias no equivale al pasotismo. Al contrario, implica preservar la libertad de pensamiento para que la adhesión política no sustituya al razonamiento.
Esa es una lección incómoda para cualquier época, pero especialmente útil cuando la política se convierte en una fábrica de lealtades automáticas. La advertencia de Ortega y Gasset no celebra la equidistancia vacía; exige responsabilidad intelectual. Pensar por cuenta propia sigue siendo el primer deber de una sociedad que no quiera convertirse en rehén de sus bandos.
Para entender el presente hay que volver a esa semana, o a ese tiempo, en el que la discusión pública empezó a premiar más la consigna que el argumento. La frase de Ortega y Gasset sigue ahí como un recordatorio severo: sin libertad de criterio, la política deja de ser deliberación y se vuelve obediencia. Y cuando eso ocurre, pierde el ciudadano y gana la trinchera.


