Donald Trump regresó el miércoles a Texas para un acto de campaña en San Antonio en apoyo a la candidatura al Senado de Ken Paxton, mientras reconocía en público su inquietud por una contienda que podría romper una racha republicana de décadas en el estado.
Según varias encuestas, el representante estatal James Talarico tiene opciones de convertirse en el primer demócrata en ganar una elección estatal en Texas en más de tres décadas. Trump convirtió esa amenaza en el centro de su discurso y lanzó una advertencia directa a la multitud: «Nunca les perdonaremos lo que han hecho si permiten que eso ocurra».
El presidente insistió en que una victoria demócrata abriría la puerta a la frontera y a un deterioro del estado. «Si entran, abrirán sus fronteras y dejarán que el mundo entero entre a raudales como antes. No podemos permitir que eso ocurra», dijo.
A lo largo del mitin, Trump dedicó buena parte de su intervención a Talarico, a quien llamó con apodos despectivos y a quien atribuyó de forma incorrecta que era vegano. También repitió que los demócratas quieren destruir empleos de petróleo y gas en Texas, algo que la fuente describe como una afirmación falsa.
Trump subrayó además que su propia política migratoria y su legado estaban en la boleta. En ese contexto, recordó que planea una ejecución por pelotón de fusilamiento —la primera desde la Segunda Guerra Mundial— de un hombre condenado por atacar tropas en Fort Hood, Texas, en 2009. También volvió a burlarse del cambio climático.
El acto ocurrió mientras los republicanos tratan de resistir lo que la fuente describe como el lastre que Trump se ha convertido para sus candidatos en distintos niveles de la boleta. Una encuesta Reuters-Ipsos publicada el lunes mostró a los demócratas con siete puntos de ventaja sobre qué partido debería controlar el Congreso después de esta elección. Otras, como The Economist-YouGov y Quinnipiac, sitúan esa diferencia en dos dígitos.
La escena tuvo otro anuncio llamativo. Durante la presentación de Trump, Roger Clemens supo que recibirá la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor honor civil del país.
Trump hizo el anuncio desde el escenario y llamó a Clemens «quizá el mejor lanzador de todos los tiempos». Clemens, siete veces ganador del premio Cy Young y dos veces campeón de la Serie Mundial, dijo que estaba «aturdido» y que el reconocimiento superaba todo lo que había logrado en su carrera deportiva.
El exlanzador añadió que no habría querido recibirlo de otro presidente. Trump, por su parte, volvió a presentarlo como una figura de gran calibre y aseguró que «se lo merece».
La distinción refuerza una constante de Trump: usar el poder simbólico del Estado para premiar figuras del deporte y del espectáculo político en plena campaña. En esta ocasión, el mensaje no fue sutil. La Medalla de la Libertad, el voto al Senado y la pelea por Texas quedaron en el mismo escenario.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Texas no fue solo una escala de campaña: fue un aviso de que el costo político de la presidencia de Trump ya no se mide solo en encuestas, sino en la capacidad de arrastrar o hundir a todo un partido en estados que antes parecían blindados.
Y ahí está el desenlace que importa para esta casa: cuando la política se convierte en una operación permanente de movilización emocional, el ciudadano termina pagando el precio de una campaña sin pausa. La prioridad debería ser el orden, la claridad y la responsabilidad pública; no la trastienda de insultos, promesas grandilocuentes y gestos de poder que buscan tapar la fragilidad electoral.
Texas sigue siendo el terreno donde se mide la fuerza republicana. Si el partido logra conservarlo, lo hará con los márgenes más estrechos y en medio de un ambiente en el que el propio Trump ya no es solo activo: también es riesgo.


