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7 ciudades monocromáticas donde el color se volvió identidad y motor turístico

De Chauen a Júzcar, hay destinos que convirtieron un solo tono en sello urbano, atractivo visual y, en algunos casos, estrategia de supervivencia. La escena lo dice todo: detrás de cada fachada pintada hay historia, clima, religión, marketing o decisión colectiva.
domingo 11 de octubre de 2026

Si recorrer una ciudad tradicional es perderse en un mosaico de ladrillos y luces desordenadas, entrar en un mapa monocromático se parece más a caminar dentro de una pintura. En esos lugares, el color no es un detalle decorativo: es parte de la identidad urbana y, muchas veces, de la economía local.

Las fuentes describen siete casos en distintos países, desde el azul de Marruecos e India hasta el blanco de Italia y el rojo de Francia. Detrás de esas fachadas hay razones que van del refugio espiritual a la protección contra el calor, de la sanidad pública a la promoción turística. Los protagonistas de esta historia son las ciudades mismas, pero también las decisiones de sus habitantes, autoridades y, en un caso, una multinacional.

En Chauen, en las laderas de los montes del Rif, la medina es célebre porque calles, fachadas, puertas y escalinatas están teñidas de azules turquesa, añil y cobalto. La tradición tomó fuerza en la primera mitad del siglo XX con la llegada de refugiados judíos, que la introdujeron como un símbolo espiritual que evoca el cielo y la tranquilidad.

Pero no todo es mística. Según la fuente, la pintura a base de cal y pigmentos naturales también cumple una función bioclimática: repele el calor veraniego y actúa como repelente natural contra los insectos. En esa combinación de fe, clima y costumbre está buena parte del encanto de Chauen.

Izamal, en la península de Yucatán, ofrece otro ejemplo de ciudad pintada con una lógica propia. Todas las casas, comercios, arcos coloniales y el Convento de San Antonio de Padua aparecen en amarillo ocre con remates blancos. La ciudad es conocida como «La Ciudad de los Cerros» por albergar pirámides mayas prehispánicas en pleno centro urbano.

La decisión de unificar el poblado bajo ese tono se reforzó en 1993, cuando la comunidad decidió pintar el casco histórico completo para dar la bienvenida al Papa Juan Pablo II. El resultado es un paisaje dorado que, bajo el sol tropical, se ha convertido en una de las postales más reconocibles de México.

En Jodhpur, al borde del desierto del Thar, miles de casas cubren el casco antiguo con un azul índigo intenso a los pies de la fortaleza de Mehrangarh. Históricamente, las viviendas eran pintadas de ese color por familias de la casta de los brahmanes para marcar su prestigio social y distinguirse del resto de la población.

Con el tiempo, el pigmento azul, a base de sulfato de cobre y cal, se extendió por toda la comunidad porque ayudaba a mantener frescas las estructuras en los veranos áridos y a aislar la madera contra las plagas. Desde las murallas del fortín, a más de 120 metros de altura, la vista es la de un mar de tejados azules sobre la aridez dorada del desierto.

Ostuni, en Italia, muestra otro rostro del monocromo. Conocida en Europa como La Città Bianca, se levanta sobre tres colinas de Apulia, con vistas al mar Adriático. Su casco antiguo medieval está formado por pasajes angostos, arcos de piedra y escalinatas donde cada fachada está jalbegada con cal blanca reluciente.

Ese tratamiento se originó durante la Edad Media como una forma de multiplicar la luz natural en calles estrechas y como medida sanitaria para desinfectar el pueblo y frenar las epidemias de peste. Hoy, las normativas locales exigen mantener el blanco mediante capas periódicas de pintura.

La historia de Júzcar, en la provincia de Málaga, tiene un giro diferente. En 2011, Sony Pictures eligió este pequeño municipio para promocionar la película Los Pitufos y pintó de azul intenso viviendas, ayuntamiento, cementerio e iglesia parroquial. La apuesta fue tan visible que rompió con la tradición de los pueblos blancos andaluces.

Aunque el compromiso inicial era devolver el pueblo a su estado blanco original, los habitantes votaron en consulta popular mantener las fachadas azules al constatar el masivo impacto turístico del cambio. Ahí el color dejó de ser solo estética y se convirtió en un activo económico, respaldado por una decisión comunitaria.

Las fuentes también mencionan el Hawa Mahal en Jaipur, con una fachada de arenisca rosa, y otro caso en Francia asociado al rojo. En conjunto, el recorrido muestra que estas ciudades no son raras por capricho: cada una convirtió el color en una forma de orden, memoria o supervivencia.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que alguien decidió pintar una calle, un barrio o un casco histórico completo. A veces fue una respuesta al clima. Otras, una medida sanitaria. Y en ocasiones, una estrategia para atraer visitantes y dinero.

La escena lo dice todo. Cuando una ciudad decide sostener un solo color, también está fijando qué quiere preservar y qué quiere vender. Ese es el desenlace visible: la identidad urbana como patrimonio, pero también como recurso económico que puede beneficiar a comerciantes, vecinos y autoridades locales.

Los detalles cuentan la historia. En tiempos de ciudades cada vez más parecidas entre sí, estos enclaves recuerdan que la diferencia todavía puede construirse con una decisión simple: pintar un pueblo entero del mismo tono y convertirlo en destino.

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