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Vejez, consumo y clima: Quintana pone el cuerpo en el centro del tiempo que queda

La filósofa y profesora de Los Andes, finalista del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana, enlaza envejecimiento, cuidado y crisis climática en un libro de ensayos cortos. Su diagnóstico también apunta a un presente de salarios precarios, más horas de trabajo y presión para consumir.
jueves 8 de octubre de 2026

Laura Quintana mira el presente desde el cuerpo. En El tiempo que queda, libro finalista del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana de Eafit, la profesora de la Universidad de Los Andes plantea preguntas sobre la vejez y el fin del mundo, y conecta ambos temas con una idea insistente: el modo en que tratamos a nuestro cuerpo dice mucho del modo en que tratamos la naturaleza.

La escena lo dice todo. Mientras conversaba con EL COLOMBIANO, Quintana describió un mundo que «se va cerrando y se va destruyendo» y se preguntó qué significa envejecer en un contexto así, sobre todo frente a preguntas como el cuidado y la relación con hijos y padres. Su libro, explicó, intenta que quien lee se afecte de la misma manera en que ella se afecta con esos temas.

La autora dijo que hace tiempo viene construyendo una filosofía que no se limita al comentario de autor. Busca una escritura que dialogue con experiencias concretas y que combine registros literarios, narrativos y conceptuales. Esa apuesta aparece también en su defensa de la filosofía como herramienta del presente, aunque admitió que puede volverse intimidante cuando se llena de conceptos técnicos o argumentos demasiado especializados.

Uno de los ejes más fuertes de su reflexión es la vejez. Quintana afirmó que vivimos en una época de edadismo en la que, según dijo, los cuerpos después de los 30 son tratados como si ya estuvieran viejos, algo que calificó de absurdo. Para ella, el impulso a esconder el paso del tiempo se expresa en intervenciones como el bótox, que aplanan la forma en que los cuerpos reflejan lo que son y lo que han sido.

Su crítica, sin embargo, no se quedó en la apariencia. Quintana dijo que está a favor de que cada cuerpo decida cómo quiere vivir, pero advirtió que esas intervenciones usan recursos y se alimentan de temores para vender consumo. En su lectura, ese mercado explota inseguridades y puede hacerlo incluso en detrimento de la propia salud, incluida la mental.

El otro gran hilo del libro es climático. Para Quintana, el «fin del mundo» dejó de ser una idea apocalíptica en sentido teológico y pasó a ser un horizonte histórico. En su conversación citó a quienes escriben ciencia climática como los que advierten que «el mundo humano se puede acabar».

Esa preocupación se conecta con una sensación de agotamiento social. Quintana dijo que muchas personas están arrojadas simplemente a sobrevivir, con salarios cada vez más precarios y jornadas más largas, además de una nueva presión: competir con la inteligencia artificial. Según su relato, ese contexto empuja a aceptar trabajos en cualquier condición para conservar el empleo.

Desde ahí, la autora defendió que hay que apostar por propuestas políticas que garanticen condiciones de sostenibilidad ecológica. También planteó que cada persona puede consumir menos, elegir un consumo más responsable y exigir que las empresas cuiden mejor los pocos recursos que quedan. En la misma línea, sugirió abstenerse de reemplazar el pensamiento por el uso constante de inteligencia artificial.

La trastienda de su argumento es clara: el problema no es solo la vejez, ni solo el clima, ni solo la tecnología. Es la manera en que un sistema empuja a los individuos a esconder el tiempo, gastar recursos y sobrevivir con menos margen para pensar. Su libro intenta justamente lo contrario: detenerse en lo que duele, nombrarlo y conectar esa experiencia con una pregunta mayor sobre el futuro compartido.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el «fin del mundo» dejó de sonar como metáfora lejana y empezó a ocupar conversaciones cotidianas. En esa transición, el cuerpo se vuelve archivo, la naturaleza límite y el consumo una forma más de desgaste. Los detalles cuentan la historia.

En el fondo, Quintana pone sobre la mesa una crítica incómoda para la época: la promesa de juventud eterna, la presión por consumir y la aceleración tecnológica no resuelven la fragilidad humana; la administran. Y cuando el costo se paga con recursos, salud y tiempo, el resultado no es libertad sino dependencia.

Su libro, visto así, funciona como una advertencia cultural y política. No habla solo de envejecer, sino de una civilización que intenta tapar con mercado y apariencia aquello que no quiere mirar: que el tiempo pasa, los recursos se agotan y el cuidado no puede reducirse a un producto más.

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