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EE.UU. suma casi 12.000 prohibiciones de libros en escuelas y la censura avanza en distritos escolares

PEN America registró 11.982 prohibiciones en el último año escolar, la cifra más alta desde 2021, con Florida y Texas entre los focos. Stephen King fue el autor más censurado por segundo año consecutivo.
miércoles 7 de octubre de 2026

La escena lo dice todo. En las escuelas públicas de Estados Unidos se acumularon casi 12.000 prohibiciones de libros durante el último año escolar 2025-2026, según el nuevo informe de PEN America. Fueron 11.982 prohibiciones que afectaron a 7.370 títulos, la cifra más alta desde que la organización defensora de la libertad de expresión comenzó a registrar los retiros de libros en 2021.

El dato no llega aislado. En 2024-2025 se habían denunciado 6.870 casos de censura, y en 2023-2024, 10.046. La escalada confirma una tendencia sostenida de restricciones en el sistema escolar estadounidense, con 114 distritos escolares en los que se aplicaron prohibiciones de libros, el mayor número registrado en el año lectivo 2025-2026.

Por segundo año consecutivo, Stephen King fue el autor más censurado. Sus libros fueron retirados 312 veces, entre ellos El resplandor y Milagros inesperados. El título más censurado fue Vendida, de Patrick McCormick, retirada en 25 ocasiones. También figuraron con frecuencia El cuento de la criada, de Margaret Atwood; Habla, de Laurie Halse Anderson; Lore, de Alexandra Bracken, y Crank, de Ellen Hopkins.

El informe, titulado Prohibido en Estados Unidos, fue realizado por seis especialistas del programa Libertad de Lectura y se dio a conocer este lunes, en plena Semana de los Libros Prohibidos, una serie de actividades en escuelas, bibliotecas y otros espacios del país para concienciar sobre los esfuerzos de censura.

Los libros de ficción concentraron la mayor parte de las prohibiciones: el 87% del total. Entre los temas más cuestionados aparecen el racismo, la sexualidad y la identidad de género. Más del 90% de los libros juveniles prohibidos también eran obras de ficción, según el informe.

PEN America señaló que muchas de las prohibiciones se produjeron en Florida y Texas, donde se aprobaron leyes restrictivas y tanto políticos como activistas conservadores presionaron para que se prohíban ciertos libros en las escuelas, con cartas amenazantes o extorsivas, audiencias forzosas y hasta acusaciones de «abuso de menores». La organización también comprobó que los administradores de los distritos escolares recurren cada vez más a la inteligencia artificial para determinar qué libros deben ser retirados.

Ese uso de tecnología aparece descrito en el informe como «inteligencia de libros» para gestionar y decidir sobre la restricción de materiales literarios, evadiendo los procesos de revisión comunitaria tradicionales. PEN America incluyó ejemplos de esa «IA censora» proporcionados por el Distrito Escolar Independiente de McAllen, en Texas.

De los 11.982 casos de prohibición, más de 4.500 figuran por primera vez en la lista, desde Jane Eyre, de Charlote Brontë, hasta la serie de manga Tokyo Ghoul, de Sui Ishida, y Here We Are: Feminism for the Real World, de Kelly Jensen. También se mantiene la tendencia de retirar colecciones completas o series enteras a la vez, como en las sagas de Sarah J. Maas, Jodi Picoult, Tiffany D. Jackson y Alice Oseman.

PEN America y la Asociación Estadounidense de Bibliotecas han reportado aumentos históricos en las prohibiciones desde principios de la década de 2020, aunque sus metodologías difieren. PEN considera prohibidos incluso los retiros temporales de libros, mientras que la ALA solo incluye los que se han retirado de forma permanente. Según el informe más reciente de la asociación, publicado en abril, se registraron unas 5.600 prohibiciones durante el ciclo lectivo anterior.

Para entender el presente hay que volver a esa semana: el conflicto ya no se limita a qué leen los alumnos, sino a quién decide por ellos. Cuando un distrito escolar recurre a burocracia, presión política o algoritmos para sacar libros de circulación, el daño no es solo cultural. También recae sobre la libertad de lectura, sobre el acceso a ideas diversas y, en última instancia, sobre la capacidad de las familias y las escuelas de confiar en la libre circulación del conocimiento.

La señal de fondo es incómoda para cualquier sociedad que defienda la libertad individual. Si el aula se convierte en un campo de batalla para filtrar ideas por conveniencia política, pierde el estudiante y gana el aparato censor. El desenlace de esta tendencia dirá hasta qué punto Estados Unidos sigue creyendo que la educación debe abrir puertas y no cerrarlas.

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