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La IA y la batalla contra la burocracia: el poder que más teme el aparato estatal

La cumbre de la Casa Blanca sobre inteligencia artificial dejó un acuerdo voluntario y lanzó America.gov, la primera aplicación federal de IA para uso público. Para Gurri, el verdadero giro es otro: la tecnología puede recortar la mediación humana que sostiene a burócratas y reguladores.
viernes 9 de octubre de 2026

La escena lo dice todo. La reciente cumbre de la Casa Blanca sobre inteligencia artificial terminó con un nuevo acuerdo voluntario de gobernanza para empresas de IA, con auditores externos, y con el lanzamiento de America.gov, la primera aplicación federal de IA para uso público.

Al entrar, el portal recibe al usuario con una promesa simple: «Hola, América. Sea lo que sea que necesites del gobierno, empieza aquí». Para Gurri, ese gesto abre algo más grande que una mejora administrativa: inaugura una relación distinta entre el ciudadano y el aparato estatal.

Si las cosas funcionan como él plantea, la IA permitirá pedir y obtener servicios públicos con mucha menos mediación humana. El trámite dejaría de pasar por la cadena clásica de burócratas, reguladores y ventanillas que hoy filtran, demoran y condicionan el acceso al Estado.

En su lectura, el poder real en Estados Unidos no descansa solo en presidentes y congresistas elegidos en las urnas. Sostiene que el país también es dirigido por una vasta legión de burócratas y reguladores, necesarios para que los políticos puedan cumplir sus ambiciones. Es una descripción incómoda, pero útil para entender por qué la batalla por la inteligencia artificial ya no es técnica: es institucional.

Gurri va más lejos y compara ese esquema con China, donde el Partido Comunista concentra el poder absoluto pero, aun así, una multitud de mandarines burocráticos decide desde la tasa de interés hasta las medicinas permitidas en una farmacia. En ambos casos, dice, la corrupción inherente a ese sistema rara vez se discute con claridad.

El argumento central es duro para el culto a la expertocracia. Si una agencia responde solo a su propia cadena interna de mando, terminará administrada en beneficio de esa cadena y de sus amigos y aliados. Desde esa perspectiva, controlar la burocracia puede ser una vía más eficaz hacia el poder y la riqueza que ganar una elección.

Por eso, Gurri interpreta el segundo mandato de Trump como una ofensiva racional contra una fuerza laboral federal que describe como «relentlessly hostile». Dice que el primer mandato fue debilitado por no entender esa ecuación básica: el poder formal en las urnas choca con el poder informal del aparato administrativo.

La trastienda del argumento es clara: cuando la burocracia se presenta como neutral y técnica, en realidad reclama autoridad moral para desplazar al ciudadano común. Los expertos sostienen que el mundo moderno es demasiado complejo para los amateurs y que hacen falta personas «especialmente entrenadas» para conducirlo. Gurri rechaza esa premisa como una madeja de falacias y supuestos falsos.

Su crítica también apunta al modo en que las burocracias definen las crisis. Afirma que, para el público, la llegada repentina de millones de inmigrantes ilegales es una crisis; para el burócrata, en cambio, puede ser una oportunidad para obtener más financiamiento y sumar dependientes. El incentivo importa tanto como la ideología.

En ese marco, la inteligencia artificial aparece como una amenaza para la vieja jerarquía. La web conectó a todos; la IA conecta todo el conocimiento humano. Esa combinación, dice Gurri, puede barrer monopolios de información y privilegios construidos sobre la intermediación, la censura y el control de la palabra.

También señala que las élites que gobiernan Europa intentan dominar el espacio informativo mediante la fuerza bruta del Estado. Cita a Gran Bretaña, donde, según él, hay más ciudadanos arrestados por delitos en línea que en cualquier otro país del mundo. No es un detalle menor: cuando el aparato regulatorio se siente amenazado, suele responder restringiendo libertades.

Esa es la verdadera disputa que deja la cumbre: no solo qué normas acompañarán a la IA, sino quién perderá poder si la tecnología reduce la dependencia del ciudadano respecto de la burocracia. La IA puede ser una herramienta de eficiencia, pero también una palanca contra el monopolio de los expertos.

Para el lector, el desenlace importa por una razón de fondo. Si el acceso al gobierno se vuelve más directo, hay menos espacio para el pequeño feudo administrativo, menos margen para la captura y menos excusas para esconder decisiones detrás de formularios y especialistas. La libertad individual gana cuando la mediación obligatoria del aparato estatal se achica.

Y ahí está el punto político más sensible. La tecnología no promete por sí sola una sociedad mejor, pero sí puede desnudar a quienes se benefician de que todo siga siendo opaco. Si la inteligencia artificial cumple lo que Gurri vislumbra, el golpe no caerá sobre los ciudadanos comunes. Caerá sobre una burocracia acostumbrada a gobernar sin dar demasiadas explicaciones.

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