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Tras 25 años, Trasnocho resiste sin subsidios y apuesta por mantener su independencia

El complejo cultural de Paseo Las Mercedes celebra un cuarto de siglo con una programación que depende de la taquilla, alquileres y proyectos puntuales. José Pisano sostiene que la clave ha sido sobrevivir sin financiamiento externo y mantener autonomía frente a la crisis.
viernes 9 de octubre de 2026

En el sótano del centro comercial Paseo Las Mercedes, el Trasnocho Cultural cumple 25 años como uno de los pocos espacios de Caracas que ha logrado sostener cine, teatro, literatura, artes plásticas y gastronomía en un mismo lugar. José Pisano, su director general, lo resume con una frase que marca toda la historia: «Seguimos activos, eso es lo importante».

El complejo abrió sus puertas el 4 de octubre de 2001 en un edificio diseñado por Jimmy Alcock en 1974. La promotora y fundadora, Belén Clarisa Velutini, vio en ese sótano la posibilidad de crear un recinto cultural. Con el tiempo, el espacio se transformó en lo que hoy ofrece dos salas de teatro, dos salas de cine, una sala de exposiciones, cafetería, librería, bombonería y áreas abiertas.

Pisano destaca que el lugar cuenta con privilegios arquitectónicos, estacionamiento y rampas para personas con movilidad reducida, condiciones que han ayudado a sostener una programación variada. También reconoce que el público habitual tiene un perfil definido: adultos contemporáneos capaces de pagar entradas en 15 dólares para teatro o 5 dólares para cine.

Pero el Trasnocho no se ha conformado con ese público. Según Pisano, la programación busca sumar nuevas generaciones mediante una red flexible de horarios. «Nosotros trabajamos con cuatro salas, pero jugamos con horarios», explica. Esa dinámica, afirma, permite mover películas de un horario temprano a uno tardío y cruzarlas dentro de una programación orgánica.

La escena lo dice todo: mientras buena parte del sector cultural en Venezuela depende de apoyos externos, el Trasnocho insiste en sobrevivir con lo que genera. Pisano afirma que el espacio no recibe subsidios estatales ni aportes significativos de la empresa privada. «La institución está apoyada por personas privadas, pero básicamente sobrevivimos y continuamos nuestras actividades con lo que generamos», dice.

Esa dependencia de la taquilla ha sido dura, pero también ha protegido su autonomía. El director lo plantea como una ventaja institucional: al no vivir de financiamiento externo, el recinto conserva su independencia. A ello se suman ingresos por alquiler de salas y por proyectos con embajadas y asociaciones culturales. «Lo hemos hecho por 25 años y nuestra intención es continuar haciéndolo de esa manera, sin subsidios», recalca.

El complejo también ajustó este año su figura jurídica. Con la llegada de una nueva junta directiva conformada por familiares de Velutini, pasó de Fundación Trasnocho Cultural a Asociación Civil Sin Fines de Lucro Trasnocho Cultural Belén Clarisa Velutini, en homenaje a su fundadora. Pisano dice que defender ese legado los compromete aún más con el trabajo que realizan.

En la trastienda, el equipo insiste en que el Trasnocho es un «espacio de ciudadanía» donde el público desarrolla su propio criterio. Pisano asegura que allí no existe autocensura y que desde la gerencia nunca se ha buscado la confrontación, aunque sí se han mantenido críticos. «Nunca hemos sido complacientes», afirma.

La pandemia fue el golpe más duro. El complejo permaneció cerrado por más de diez meses, desde marzo de 2020 hasta mediados de febrero de 2021. Durante ese período, tuvieron que innovar con una plataforma digital para transmitir cineforos y obras. Pisano asumió la dirección general en mayo de 2021, tras la salida de Solveig Hoogesteijn, con el objetivo de recuperar instalaciones, atender infraestructura y potenciar la programación.

Reconquistar al público no fue sencillo. Muchos visitantes temían volver a espacios cerrados, pero el Trasnocho reabrió con horarios flexibles y siguió adelante. Para Pisano, el reto ahora es rescatar partes del lugar deterioradas por el tiempo y lograr que tanto el complejo cultural como el centro comercial recuperen el esplendor que, dice, corresponde a un espacio de esa naturaleza.

El desenlace de esta historia no es el de una institución acomodada, sino el de un proyecto que ha resistido sin red pública y con una lógica de mercado cultural. Ese dato importa porque obliga a mirar el costo real de sostener la cultura en países donde el dinero de los contribuyentes no siempre llega a estos espacios y la burocracia no garantiza permanencia. Aquí, la independencia no es un eslogan: es la condición para seguir abiertos.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que cerró por la pandemia y luego a la decisión de reabrir sin cambiar de principio. El Trasnocho siguió apostando por la autonomía, la formación y la programación flexible. En tiempos de crisis, esa fórmula lo convirtió en una excepción valiosa: un espacio cultural que no pide permiso para existir, pero sí exige disciplina para sobrevivir.

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