Hasta este viernes 9 de octubre, la galería El Camello, en la carrera 45 N. 7-45, presenta «Amor Prohibido», una exposición que reúne buena parte del trabajo que Yei Sánchez ha desarrollado en los últimos cinco años a partir de su exploración del arte chicano.
La muestra incluye dibujos, pinturas, cerámicas, pañuelos y otros objetos. El foco no está solo en la pieza terminada, sino en un proceso que cruza tatuaje, memoria visual y búsquedas formales que el artista ha venido afinando desde hace una década.
El arte chicano, de acuerdo con el recorrido que plantea la exposición, nació en las comunidades mexicano-americanas del sur de Estados Unidos y se desarrolló en la década de 1960, de la mano del Movimiento Chicano por los derechos civiles. El tatuaje fue una de sus vías de expansión, con un lenguaje profundamente ligado a la identidad, la vida de la calle, el barrio y la cárcel.
Yei empezó a explorarlo hace 10 años, cuando pasó por Sureño Tattoo, una sala en Buenos Aires, Argentina, donde trabajó por un tiempo en 2016. Desde allí, su búsqueda tomó forma propia: un estilo que parte de la iconografía tradicional del chicano, pero que incorpora elementos, estilos y técnicas a medida que se profundiza en la historia y la cultura de América Latina.
La escena lo dice todo. En el tatuaje chicano predominan el negro, las líneas finas y composiciones grandes con figuras reconocibles: mujeres, rosas, carros lowriders, dinero, cruces, payasos y letras. Sobre esa base, Yei va sumando capas. No borra la tradición; la desplaza hacia un terreno más amplio, donde caben el barrio, la calle y también referencias que remiten a su propia historia.
«Hay muchas escenas del arte chicano que me resuenan en la mente, que me trasladan a esquinas y momentos del barrio, a una virgen, a los escudos de fútbol pintados en las paredes, a la gente pintando los carros en la calle», dice Yei. También cuenta que, aunque todavía no ha ido a Estados Unidos, sí estuvo en México, en Aguascalientes, donde vio un entorno que le recordó experiencias vividas en los años 90 en Santa Cruz.
Su relación con el arte no comenzó con el dibujo, sino con la plastilina, buscando formas y haciendo figuras que le llamaban la atención. Más adelante asistió a clases de pintura y dibujo en el Centro Cultural Moravia. Antes de dedicarse al arte y al tatuaje, fue delineante de arquitectura. Desde 2014 se ha dedicado por completo a tatuar y a realizar su obra en distintos formatos.
Ese paso importa porque da contexto a su método. No se trata de una apropiación superficial de una estética importada, sino de una práctica que intenta convertir lo chicano en base para una tradición latinoamericana más amplia, capaz de recorrer varias formas de arte, incluido el tatuaje.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el artista decidió que la frontera no debía quedarse como frontera. Su trabajo propone que lo chicano no se limite al espacio entre México y Estados Unidos, sino que se expanda por todo el continente. Ahí está el giro: una estética nacida en el margen se convierte en herramienta de lectura de otras periferias.
El Camello, además, refuerza esa idea de cruce. La galería es presentada como una casa en expansión: un sitio para crear, encontrarse, conversar y ver qué surge. No funciona solo como sala de exhibición, sino como espacio para trabajar, tomar talleres de todo tipo y compartir con un bar de jugos llamado Aguasfieras.
En el marco de la muestra habrá un taller de dibujo sobre paño impartido por Yei Sánchez, de 4:00 p.m. a 8:00 p.m., con un aporte de $25.000 que incluye «El Amante», un jugo de receta exclusiva de Aguas Fieras. Además, se rifará entre los participantes una de las piezas cerámicas de la exposición.
Los detalles cuentan la historia. «Amor Prohibido» pone a circular una estética que nació ligada a identidad, calle y resistencia, pero que aquí busca otra vida: la del oficio convertido en lenguaje local, la del artista que toma una tradición y la pone a dialogar con su propio barrio.
En esa operación hay algo más que una muestra de arte. Hay una pregunta por el valor de construir lenguajes propios desde los bordes, sin depender de centros culturales ni de validaciones externas. Y también hay una advertencia para el ecosistema artístico: cuando el trabajo serio se hace desde la técnica, la memoria y el territorio, el resultado puede ser más fértil que cualquier moda importada.
La apuesta de Yei Sánchez no pide permiso. Toma una tradición, la trabaja desde adentro y la devuelve convertida en una propuesta con acento local. Eso beneficia al arte que no se conforma con repetir fórmulas y, sobre todo, al público que todavía quiere ver oficio, identidad y criterio en una misma sala.


