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Perú: el IGP deja atrás a Richter para medir los sismos más fuertes

El Instituto Geofísico del Perú usa la escala de Richter solo para sismos menores a 6,5 ML y recurre a la magnitud de momento para eventos mayores. La diferencia importa porque un punto más no es un salto menor: implica mucha más energía liberada.
sábado 10 de octubre de 2026

Los sismos forman parte de la historia del Perú y exigen vigilancia científica permanente. En esa tarea, el Instituto Geofísico del Perú ocupa un lugar central. Su trabajo no se limita a poner un número en un reporte. Busca distinguir el tamaño de un sismo de los efectos que deja en tierra firme.

La escena lo dice todo. Cuando ocurre un movimiento telúrico, los especialistas revisan los registros de las estaciones sísmicas y calculan la magnitud de cada evento. Ese dato permite leer la energía asociada al sismo y separarla de los daños que produce en cada zona afectada.

La cifra que aparece en los reportes sísmicos no surgió de una vez. Durante siglos, las sociedades explicaron los terremotos con mitos y leyendas, sobre todo cuando el suelo se movía con violencia y el daño era grave. Con el avance de la sismología, los investigadores desarrollaron métodos para describir y comparar estos fenómenos.

En Perú, el IGP utiliza diferentes escalas de magnitud según las características de cada evento. Esa práctica responde al avance de los instrumentos y los métodos de registro. Por eso, la escala de Richter no es la única referencia para expresar el tamaño de un sismo.

En su artículo «Cómo aprendimos a medir los sismos», publicado el 27 de noviembre de 2018, Hernando Tavera explicó cómo surgieron los procedimientos que permiten calcular la magnitud de estos fenómenos. Su revisión histórica va de las primeras evaluaciones de daños al análisis de registros instrumentales y digitales.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. Durante el siglo XIX, científicos italianos comenzaron a estudiar las diferencias en los efectos de los terremotos sobre las ciudades. Michele Stefano Conte de Rossi y François-Alphonse Forel propusieron los primeros mapas de intensidades sísmicas para terremotos ocurridos en Italia. Tomaron en cuenta que los daños no eran iguales en todas las localidades y que, por lo general, disminuían a medida que aumentaba la distancia respecto del lugar de origen del movimiento.

Después, el terremoto de San Francisco de 1906, en Estados Unidos, impulsó el interés por establecer medidas que permitieran diferenciar los sismos no solo por sus consecuencias, sino también por la fuerza del movimiento del suelo. Ese giro abrió el camino a procedimientos de medición basados en registros instrumentales.

Ahí nació una distinción clave: intensidad y magnitud. La intensidad se relaciona con los efectos en un lugar. La magnitud, con el tamaño del evento. Los detalles cuentan la historia.

En 1935, Charles F. Richter, del Instituto de Tecnología de California, desarrolló una escala para calcular la magnitud de los terremotos a partir de registros instrumentales. El método fue diseñado inicialmente para estudiar los sismos del sur de California y usaba las señales registradas por un sismógrafo del tipo Wood-Anderson.

La escala original recibió el nombre de magnitud local (ML). Con el tiempo se popularizó como escala de Richter, aunque la sismología cuenta con otros métodos de cálculo. En esa escala, un aumento de una unidad representa diez veces más amplitud en el registro sísmico y aproximadamente 32 veces más energía liberada.

Ese dato ayuda a entender por qué un sismo de magnitud 6 no es un pequeño paso respecto de uno de magnitud 5. Entre ambos hay mucho más que una cifra mayor en el reporte.

Las primeras escalas usaban las amplitudes máximas de las señales registradas en papel. Entre ellas figuran la magnitud de ondas de volumen (mb) y la magnitud de ondas superficiales (Ms), que surgieron como alternativas para estudiar diferentes características de los movimientos sísmicos.

La evolución de los instrumentos cambió la forma de registrar y analizar estos fenómenos. Los sistemas digitales permitieron procesar las señales con nuevos procedimientos y dieron paso al uso de la magnitud de momento (Mw), una escala que también permite evaluar sismos de gran tamaño.

En el Perú, el IGP usa la escala de Richter para sismos con magnitudes menores a 6,5 ML. Para eventos de mayor magnitud, emplea la escala de magnitud de momento (Mw), según la explicación de Hernando Tavera.

Esa precisión no es un tecnicismo menor. La información del IGP también aclara por qué los reportes sísmicos incluyen cifras que pueden corresponder a métodos distintos. La magnitud expresa el tamaño del sismo según una escala determinada. La intensidad describe sus efectos en una localidad. Por eso, dos lugares expuestos al mismo evento pueden vivir consecuencias diferentes.

La institución se enmarca en su función como entidad rectora de la sismología en el país, con estudios orientados al conocimiento de la actividad sísmica y al desarrollo de herramientas para su evaluación.

La lección para el lector es clara. En un país donde los sismos forman parte de la vida cotidiana, medir bien no es un lujo académico. Es una condición básica para entender el riesgo. Y también para que la respuesta pública no se apoye en una cifra simplificada cuando el fenómeno exige herramientas más finas.

Ahí está el fondo del asunto. La ciencia avanza cuando corrige sus instrumentos, no cuando se aferra a fórmulas cómodas. En este caso, el IGP muestra que una sola escala no basta para todos los sismos. Y eso importa porque detrás de cada número hay seguridad, información útil y capacidad de reacción. El mercado puede esperar. La tierra, no.

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