A la hora de diseñar un espacio, Antonio Llambías propone un giro que va contra la lógica más extendida en la cultura visual de la época: empezar por la persona y no por la tendencia. El diseñador de interiores y creador de Valuarte habló en diálogo con LA NACION sobre la estandarización de los ambientes y sobre el modo en que las redes sociales pueden terminar reduciendo la identidad de una casa a una copia más.
Llambías sostuvo que, por la época actual, existe «una estandarización de la vida a la que aspira la gente» y que esa aspiración termina reflejándose en los espacios. Según explicó, muchas personas primero observan cómo vive su vecino y, en base a eso, plantean su propia vida y sus interiores. El resultado, dijo, es una «homogeneización en los interiores», una «sobrefuncionalidad» y una «pasteurización» de los ambientes.
El diseñador no descartó las redes sociales como herramienta. Al contrario, las ubicó como un recurso válido para buscar ideas, inspiraciones o recursos técnicos. Pero marcó una frontera precisa: el problema aparece cuando esa búsqueda deja de ser referencia y se convierte en un modelo de vida que la persona intenta reproducir.
«En primer lugar, hay que saber dónde buscar y esa es responsabilidad de cada uno», dijo Llambías. Y agregó que existe «una fina línea» en la que la búsqueda se tergiversa y todo se vuelve aspiracional. Para él, ese es el momento en que «tu alma está siendo arrebatada», porque se deja de buscar «cómo te gustaría vivir a vos» para querer encarnarse en otra persona.
La escena lo dice todo. En un mercado saturado de imágenes, el interior de una casa puede convertirse en un espejo prestado. El diseñador plantea, en cambio, que el valor de un espacio reside en su capacidad de expresar hábitos, gustos, mañas, lógica e incluso «ilógica» de quien lo habita.
Por eso, su método arranca antes de elegir muebles o paletas de color. La primera clave, según explicó, es conocer y entender al cliente. «Esta es la base de todo proyecto», señaló. Ese proceso requiere conversación, tiempo compartido y una lectura atenta de cómo cada persona se percibe a sí misma y cómo se relaciona con su entorno.
Después llega la etapa técnica: revisar planos, dimensiones y organización del espacio para buscar una distribución coherente con la propuesta inicial. Pero Llambías no reduce la funcionalidad a una fórmula rígida. «Es acá donde uno debe hacer que las cosas tengan sentido. Las cosas que no tienen sentido tienen que tener sentido de estar, es decir, coquetear con el absurdo», explicó.
A partir de ahí, el proyecto entra en su fase visible: materiales, texturas, proporciones y dimensiones. La última capa son los muebles, piezas decorativas y objetos que terminan de construir la identidad del lugar. Allí, el diseñador se aparta de la idea de uniformidad y propone algo distinto: equilibrio entre piezas de diferentes épocas, materiales y tamaños.
En su mirada, un espacio bien resuelto no es aquel que obedece a una sola colección ni a un estilo dominante, sino el que logra una conversación amena entre sus partes. «Siento que un espacio debe ser aquel donde todo esto se encuentra balanceado», dijo, y resumió su idea central en una imagen sencilla: cada objeto ocupa su rol y potencia a los demás.
En esa frase hay más que una preferencia estética. Hay una defensa de la individualidad frente a la estandarización, y también una advertencia contra la cultura de la imitación permanente. Si todo termina pareciéndose a todo, el hogar deja de ser refugio y pasa a ser una escenografía más.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que la identidad quedó subordinada a la referencia permanente. Llambías, desde el diseño de interiores, pone el foco en una tensión que también recorre la vida pública: la diferencia entre elegir por convicción y repetir por inercia.
El cierre es claro. En tiempos de modelos prefabricados, el valor está en recuperar criterio propio. Eso beneficia a quien quiere habitar su casa como una extensión de su vida real, no como una copia de catálogo. Y también recuerda una verdad simple: cuando la forma empieza a mandar más que la persona, la libertad se achica, incluso dentro de cuatro paredes.


