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La publicista que se cansó de ser espectadora y terminó en la lista de la FIL Guadalajara

Lorena Salazar Masso, autora de «Esta herida llena de peces», es una de las tres colombianas incluidas entre los 26 novelistas latinoamericanos menores de cuarenta años recomendados por la feria mexicana.
Foto: elcolombiano.com
sábado 29 de agosto de 2026

La Feria del Libro de Guadalajara publicó una lista con los 26 novelistas latinoamericanos menores de cuarenta años que recomienda leer. Entre ellos hay tres colombianos: Lorena Salazar Masso, María del Mar Ramón y Felipe Núñez Mestre. El Colombiano habló con Salazar Masso sobre esa distinción, sobre sus lecturas y sobre cómo la publicación de «Esta herida llena de peces» le cambió la vida.

La escena, contada por ella misma, no empieza en un taller literario ni en una beca de escritura, sino en una oficina de publicidad en Bogotá. «Yo la hice porque trabajo en publicidad, soy redactora publicitaria y en publicidad la clase de escritura es nada, es un crédito, es muy pequeña», dijo sobre su decisión de estudiar una maestría. Estaba, admite, cansada de ver que los mejores guiones y piezas en español venían siempre de otros países —Argentina, España— mientras aquí, dice, «nos quedamos siempre mirando y revisando lo que hacen otros».

Esa incomodidad con la comodidad ajena es, según su relato, el origen de todo. «Yo dije: no, pues no quiero seguir así. No quiero seguir siendo una espectadora de lo bueno que hacen otros y seguir haciendo un trabajo de pronto mediocre. Me voy a estudiar justamente por eso», explicó. Ya había hecho cursos de narrativa y creación literaria en Bogotá, pero buscaba algo más, dejar de estar «detrás de otras piezas y de otras cosas».

El giro no fue inmediato ni calculado de antemano. Su primer libro nació en el contexto académico de una maestría, sin que ella hubiera decidido todavía dedicarse a escribir. «Yo no había tomado una decisión de ‘voy a escribir de aquí en adelante’. Yo estaba más enfocada en lo que hacía antes, que era publicidad», recordó. El desenlace llegó después: al poder pasar dos años alrededor del mundo literario gracias a esa primera novela, concluyó que era lo que realmente quería hacer y empezó a migrar de carrera.

La migración trajo consigo preguntas prácticas que no rehuyó: «Bueno, ya no voy a hacer esto, ¿de qué voy a vivir?, ¿en qué voy a trabajar?». Sabía que quedarse en publicidad significaba escribir poco, en un mundo distinto al literario, aunque reconoce que esa etapa «me ayudó en muchos aspectos». La respuesta a si quería dedicarse a la escritura fue sí, y de ahí salió una pausa de reflexión —sobre qué le interesaba, qué temas de moda no resonaban con ella— antes de emprender la segunda novela.

Esa segunda novela la escribió viviendo en Montevideo, en un espacio que, dice, ayudó a construir el universo narrativo del libro, desconectada por completo de la primera obra. Hoy trabaja en una tercera, ya en su etapa final, pero las condiciones de vida cambiaron de nuevo: vive en Medellín y tiene una hija. «La rutina se ordena alrededor de ella, entonces, claro, la escritura va tomando otros espacios», contó. A eso se suma su trabajo actual, de modo que, según explica, todo depende de «qué lugar tiene la escritura en la vida y del lugar que le podemos dar».

Sobre la selección de la FIL Guadalajara, Salazar Masso fue cuidadosa en matizar el reconocimiento. «Por supuesto que hay un valor en que destaquen a 26 personas y que yo esté allí. Yo lo agradezco, pero también me parece interesante que se ponga sobre la mesa qué está pasando con la novela», señaló. A su juicio, la lista no es solo un gesto de prestigio, sino una manera de visibilizar cómo la novela latinoamericana contemporánea empieza a mezclarse con el ensayo, la autobiografía y el cuento, un fenómeno que, dice, escritoras y escritores llevan años trabajando aunque solo ahora se discuta con más fuerza.

Sobre sus propias lecturas, evita encerrarse en un solo territorio. «Yo leo de todo. No me quedo solo en lo contemporáneo, ni tampoco me encierro solo en los clásicos, sino que voy mezclando un poco», afirmó, y agregó que los clásicos funcionan como una escuela a la que «uno se debe» y de la que se aprende tanto en lo literario como en las preguntas de la vida.

Los detalles cuentan la historia de una carrera que no siguió una línea recta: una publicista que decidió, por cuenta propia y sin garantías, apostar por una vocación distinta, financiando con estudios y disciplina el salto que la llevó de las agencias bogotanas a una lista internacional de literatura. No hubo subsidio ni gestión estatal detrás de esa transformación, sino una decisión individual sostenida en el tiempo, moldeada por mudanzas —Bogotá, Montevideo, Medellín— y por la maternidad.

Es, en el fondo, una historia de mérito construido a pulso: la de alguien que identificó una carencia en su oficio, decidió no conformarse con ser espectadora del talento ajeno y reorganizó su vida entera, incluida la economía doméstica, para perseguir ese objetivo. La FIL Guadalajara no premia una trayectoria institucional, sino el resultado de esa apuesta personal.

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