La escena lo dice todo. Una feria del libro, cientos de títulos apilados, y en medio de la ficción un género que no termina de decidir a cuál de los dos mundos pertenece: la crónica, ese híbrido tenaz que lleva décadas negándose a elegir entre el periódico y la biblioteca.
El punto de partida, casi obligado, es aquella primera línea de A sangre fría: «El pueblo de Holcomb está situado en las altas planicies trigueras del Oeste de Kansas, un territorio solitario que los demás habitantes de Kansas llaman 'allá'». Truman Capote la escribió y, con ella, fijó las coordenadas de lo que se conocería como el Nuevo Periodismo: historias reales contadas con la precisión del reportero y la respiración del novelista. A su lado, en esa misma generación norteamericana, figuraban Gay Talese y Tom Wolfe.
Pero la tradición no es patrimonio exclusivo del norte. El propio Gabriel García Márquez construyó buena parte de su musculatura literaria en las redacciones. Relato de un náufrago, publicado por entregas en El Espectador en 1955, es la prueba: el estilo que décadas después lo convertiría en uno de los escritores más importantes del mundo entero se afianzó, primero, en el periodismo diario.
La herencia latinoamericana tiene nombres propios y libros concretos. El argentino Martín Caparrós construyó en El hambre una radiografía de lo que significa padecer hambre en distintas partes del planeta. Su compatriota Leila Guerriero reunió en Los malos perfiles de personajes que la región preferiría olvidar, entre ellos el del exmilitar panameño Papo Córdoba. Ambos libros, según la nota de origen, poseen «una escritura del más alto nivel, con un detalle y un ritmo propios de la gran literatura». No es un elogio menor: es la descripción de un oficio ejercido sin concesiones.
Desde México, Alma Guillermoprieto ha trazado durante años retratos del panorama político y social de América Latina. Desde el país de nunca jamás es, según la misma fuente, un buen lugar para comenzar a entender ese trabajo.
El periodismo cubano, a pesar —o quizás a causa— de las condiciones en que se ejerce en la isla, también ha producido cronistas de fuste. Carlos Manuel Álvarez y Mónica Baró son dos reporteros jóvenes que formaron parte de El Estornudo, revista digital que narra la cotidianidad cubana «con pluma mordaz y sutil».
Y Panamá tiene su propia voz en este concierto. La revista Concolón no solo ha acumulado premios nacionales a la mejor crónica en los últimos años, sino que ha sido reconocida en el exterior por sus historias y por un periodismo que combina narrativa con datos e impacto. Es, en miniatura, la demostración de que el género no requiere grandes capitales ni grandes presupuestos: requiere oficio.
La Feria Internacional del Libro de Panamá sirvió de escenario para un foro dedicado precisamente a la crónica como protagonista del periodismo. La cita reunió a varios de los autores mencionados y planteó, una vez más, la pregunta que el género lleva décadas respondiendo con hechos: ¿dónde termina el reportaje y dónde empieza la literatura?
La respuesta, a estas alturas, importa menos que la práctica. Lo que queda de todo esto es una lección sobre el valor del lenguaje preciso y la narración honesta. En un ecosistema mediático donde el dato crudo circula a velocidad industrial y el análisis se fabrica en segundos, la crónica exige lo contrario: tiempo, presencia, verificación y una prosa que respete al lector. No es nostalgia; es una apuesta por la calidad como diferenciador.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Capote pasó años en Holcomb, Kansas, tomando notas a mano porque no usaba grabadora. El resultado fue un libro. Pero también fue, antes que nada, periodismo. La distinción, en el mejor de los casos, es irrelevante.



