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La condesa que bebía sangre para no envejecer, en la nueva novela de Florencia Canale

«Maldita», editada por Planeta, reconstruye la vida de Erzsébet Báthory. La escritora argentina indaga en el precio extremo del mandato de la belleza.
Foto: infobae.com
viernes 28 de agosto de 2026

A las montañas heladas de la Europa Central llega la nueva novela de Florencia Canale. Se titula «Maldita». La publica Editorial Planeta. Su protagonista es Erzsébet Báthory, la llamada Condesa Sangrienta del siglo XVI.

La escena lo dice todo. Una aristócrata húngara, acusada de torturar y asesinar a cientos de jóvenes, obsesionada con no envejecer. Bebía la sangre de mujeres jóvenes, según la leyenda que rodea a Báthory. La buscaba como elixir para prolongar su belleza.

Canale no se conforma con repetir el mito. Aborda a Báthory con sus contradicciones. No atenúa la brutalidad de sus actos, pero tampoco la reduce a caricatura. Le interesa otra pregunta, más incómoda: qué precio exige la belleza cuando se convierte en mandato social llevado al extremo.

El fragmento difundido de la novela transcurre en Viena. Erzsébet, su esposo Ferencz Nádasdy y su séquito —Ilona, Dorkó, Darvulia y Ficzkó— llegan a una nueva propiedad comprada por Nádasdy tras una negociación difícil. La casa tiene historia propia. Perteneció a los Habsburgo desde 1313. Pasó por manos de Johanna Sofia von Bayern, los hermanos von Rosenberg y el rey Matías I de Hungría y Croacia, antes de terminar en la fortuna de los Nádasdy hacia 1600.

Los detalles cuentan la historia. Frente a la casa, la iglesia y el convento de los agustinos, fundado en 1330. Las celdas de los frailes, al otro lado de la calle, miraban directamente las ventanas de la condesa. Erzsébet recorre cada sala, cada muro, «como un sabueso tras su presa», según el fragmento publicado.

Florencia Canale nació en Mar del Plata en 1963. Es escritora, periodista, exmodelo y excantante. Ya había explorado la novela histórica con «Pasión y traición», «Amores prohibidos» y «Lujuria y poder», esta última centrada en Juan Manuel de Rosas y su esposa, Encarnación Ezcurra. Con esos títulos se volvió una referencia del género en Argentina y en el resto del mundo hispanohablante.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que una autora decide qué leyenda vale la pena reescribir. Báthory ha sido durante siglos una figura de leyenda negra, casi de folletín gótico. Canale elige otro camino: usarla como espejo de una obsesión que no pertenece solo al siglo XVI.

La presión estética sobre las mujeres no es un invento contemporáneo, aunque hoy tenga otros nombres y otras industrias detrás. La novela de Canale no absuelve a la condesa ni busca coartadas para la crueldad que se le atribuye. Pero sí pone sobre la mesa una idea incómoda para cualquier época: cuando el mandato de la belleza se lleva al extremo, el costo lo terminan pagando otros. En el caso de Báthory, según la leyenda que la propia novela retoma, ese costo fue la vida de mujeres jóvenes convertidas en insumo de una obsesión sin límite.

Queda para el lector juzgar hasta dónde llega la responsabilidad individual y hasta dónde el peso de una cultura entera empeñada en negar el paso del tiempo. Ese es, al final, el terreno donde Canale decide instalar su relato: no en la anécdota macabra, sino en la pregunta que sigue vigente cuatro siglos después.

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