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El outsider que el britpop nunca quiso: Robbie Williams se corona con el título que le negaron

A los 52 años, el cantante llega a Chile con un disco llamado como el género que lo excluyó en los noventa, mientras narra en primera persona cómo la fama, lejos de darle paz, le devolvió adicciones y una salud mental que aún describe como «caótica».
Foto: latercera.com
domingo 30 de agosto de 2026

La pantalla de Zoom muestra a un hombre de 52 años tirado sobre sábanas blancas, con un polerón verde y rosado, abriendo los ojos de manera expresiva cada vez que quiere subrayar una idea. Es Robbie Williams, y la escena lo dice todo: relajado, pero con la guardia baja de quien ya no tiene nada que ocultar.

«Me di cuenta inmediatamente que eso no me iba a hacer feliz», dice sobre el instante exacto en que comprendió que la fama y el éxito lo empujarían hacia lo que él mismo describe como una pesadilla. No es una frase suelta: en los últimos años Williams ha convertido la exposición pública de su salud mental en el eje de su carrera, a través de la docuserie «Robbie Williams» de Netflix, la película biográfica «Better Man» —donde aparece retratado como un chimpancé— y el reciente anuncio, en el lanzamiento de su marca de ropa Hopeium, de que fue diagnosticado con autismo.

El origen de todo, según relata, se remonta a 1990, cuando a los 16 años se integró a la boy band Take That. «Me uní a una boy band donde yo era el miembro más joven. Y me pareció que al mánager no le caía bien», recuerda. Ese mánager, Nigel Martin-Smith, terminaría además demandándolo por disputas contractuales. «A él, legalmente, le gusta demandarme», dice Williams, sin disimular la ironía de una relación que describe como asfixiante: «El contrato que yo tenía estaba hecho casi para matarme».

Williams cuenta que en esos años acumulaba «muchísimos problemas de salud mental», adicciones y alcoholismo, mientras intentaba impresionar a personas que, admite ahora, ni siquiera le gustaban. Buscó una salida creativa acercándose a los hermanos Noel y Liam Gallagher, de Oasis, pero tampoco encontró espacio ahí. Fue entonces cuando decidió iniciar una carrera en solitario que, contra todo pronóstico de la industria y la crítica británica, lo convirtió en el integrante de Take That con mayor éxito comercial.

El britpop, el género que dominaba la escena musical inglesa de los noventa a través de bandas como Oasis, Blur y Pulp, nunca lo aceptó. «No me aceptaban para nada», dice Williams, aunque matiza con humor: ninguna de esas bandas quería tampoco ser encasillada bajo esa etiqueta. «Es bastante curioso que yo quisiera estar en el britpop y ellos no quisieran estar en el britpop, cuando ellos sí estaban en ese género. Pero tengo que decirlo: no me aceptaron en lo absoluto».

Tres décadas después, Williams tomó ese rechazo y lo convirtió en título: en enero lanzó el álbum «Britpop», bautizado precisamente como el movimiento que lo excluyó. «Me gusta bastante la idea de que mucha gente se enfade porque llamé así a mi disco. Y, en cierto modo, estoy provocando. Creo que mi troleo llegó a su destino: vi en varias secciones de comentarios y reseñas que a alguna gente no le gustó que me atreviera a llamar a mi álbum Britpop», relata, sin ocultar la satisfacción de la revancha simbólica.

Ese mismo disco es el que traerá a Williams por cuarta vez a Chile: el 27 de septiembre se presentará en el Estadio Bicentenario de La Florida, con un repertorio que combina material reciente y clásicos como «Angels», «Feel» y «Rock DJ» —la canción cuyo videoclip, en el que el cantante se arranca la piel hasta quedar en los huesos, funciona como metáfora de su propia exposición pública—. Las entradas están disponibles en Ticketmaster.

Sobre su estado actual, Williams no ofrece un cierre feliz ni impostado: «Aún me asusta lo caótico de mi mente: nunca sé qué versión de mí se despertará al día siguiente», confiesa, en una frase que resume la tensión entre el artista que llena estadios y el hombre que aún lidia, en privado, con los mismos fantasmas que documenta en público.

La historia de Williams, más allá de la anécdota musical, es la de un hombre que construyó una carrera propia después de que las estructuras que debían darle cobijo —un mánager que lo demandó, un movimiento musical que lo excluyó, una crítica que lo despreció— le cerraran la puerta una y otra vez. No fue la aprobación de una élite cultural la que lo sostuvo durante treinta años de carrera solista, sino la validación directa de millones de personas dispuestas a pagar por sus discos y llenar estadios como el que ocupará en La Florida.

Hay algo de justicia poética en que, décadas después de que el britpop le negara el ingreso, Williams se apropie del nombre para su disco más reciente. El mercado, a fin de cuentas, terminó dándole la razón que la crítica nunca quiso concederle: el éxito comercial sostenido, no el veredicto de un puñado de gatekeepers, fue lo que consagró su lugar en la música popular británica.

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