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El insulto que Chile convirtió en fiesta

De «aguardiente ordinario» en quechua a estandarte de la cumbia y la cueca: la historia de cómo la palabra «guachaca» pasó del desprecio a la reivindicación popular.
Foto: latercera.com
sábado 29 de agosto de 2026

Un ternito bien planchado, zapatos lustrados, un pañuelo y la bandera al cuello. Así describe el músico Dióscoro Rojas (76) al guachaca de hoy, esa figura que él mismo ayudó a resucitar de un insulto callejero. Los detalles cuentan la historia: sándwich de pernil, arrollado o potito, cueca, boleros y cumbia. «Humildes, cariñosos y republicanos», los define Rojas, cofundador de la Cumbre Guachaca, que regresa a Santiago el 5 y 6 de septiembre tras seis años de ausencia.

La palabra no siempre significó eso. En los años 90, ser guachaca era, en palabras del propio Rojas, «un término vulgar pal' que anda por la calle todo borracho y toda la cuestión». El académico Darío Rojas, del Departamento de Lingüística de la Universidad de Chile, rastrea el origen mucho más atrás: hasta el Diccionario etimológico de Rodolfo Lenz, publicado entre 1905 y 1910, que registra «huachacai» como «aguardiente ordinario», probablemente derivado del quechua «huajcha»: pobre, miserable.

De ahí, explica el lingüista, el salto es corto: de aguardiente ordinario a persona ordinaria, y de ahí a bebedor en exceso. El Diccionario de uso del español de Chile de 2010 terminó registrando tres acepciones que resumen ese viaje semántico: «ordinario», «persona acostumbrada a beber en exceso» y «apegado a las tradiciones más ligadas al pueblo». La tercera es la que sobrevivió y se impuso.

El giro decisivo, según Rojas, tiene nombre propio: Nicanor Parra. Entre los años 80 y 90, el antipoeta tildaba de «guachaca» a personajes y costumbres de la cultura chilena, incluido el propio Diego Portales, de quien decía —en un homenaje que le hizo la universidad que lleva su nombre— que «era bueno para ir a la Alameda a bailar, a chupar y todo». Pero la palabra trascendió cuando Parra la usó para bautizar la música de su hermano.

En 1989, Roberto Parra publicó «Los Tiempos de la Negra Ester», disco ambientado en el puerto de San Antonio. Nicanor le puso «jazz huachaca», todavía con h, como marcaba la ortografía de época. Roberto Tapia, guitarrista y director del conjunto De Perilla, que toca ese género inspirado en el legado del «Tío Roberto», lo describe como «un jazz hecho a la chilena», con aires de gypsy jazz, foxtrot y swing, pero nacido en «el tercer mundo», los entornos urbanos y marginales donde tocaba Parra.

La escena lo dice todo sobre el lugar que ocupaba esa música: no en los salones, sino en la calle. La historiadora Karen Donoso, académica de la Universidad de Santiago, sitúa ese aporte en una tradición familiar previa: en los años 50, Violeta Parra ya había llevado la cultura campesina al circuito musical santiaguino. Roberto Parra, dice Donoso, «hizo lo mismo, pero con la música popular urbana», recuperando una cultura «menos pulcra y más real», en tensión deliberada con la imagen que, según ella, «siempre proyectan los Estados, que tiene que ver más con el orden y con lo bonito, no con lo caótico, y menos con la celebración, o con el alcohol».

Esa tensión encontró su momento fundacional en 1997. Chile había sido designado sede de la Cumbre de las Américas del año siguiente, y un grupo de amigos —Dióscoro Rojas, Andrés Meneses y Raúl Porto— decidió organizar, en paralelo, un evento propio: la primera Cumbre Guachaca, pensada como homenaje a Roberto Parra y como celebración de la chilenidad popular. «Cómo hablábamos tanto del Tío Roberto, en nuestras conversaciones en un restaurante, donde andábamos puro contando historias, hablando cualquier tontería, llega esta cosa de la Cumbre de las Américas y ahí salimos con los guachacas», recuerda Rojas.

Desde el colectivo «Los Guachacas», el grupo empezó a construir un discurso identitario deliberado: la gente guachaca como los humildes, los cariñosos, los republicanos. Para entender el presente hay que volver a ese contrapunto de 1997: mientras el Estado chileno preparaba su vitrina diplomática ante el continente, un puñado de músicos y contertulios levantaba, a metros de distancia, su propia versión de lo nacional, sin pedir permiso a nadie.

Almost tres décadas después, la Cumbre Guachaca vuelve a Los Buenos Muchachos con el mismo gesto original: apropiarse de un insulto y convertirlo en fiesta. La palabra que nació para nombrar el aguardiente ordinario terminó bautizando un género musical y una identidad colectiva que el propio Estado nunca supo, ni quiso, fabricar. Ahí radica su fuerza: nadie la diseñó desde un ministerio de cultura; la inventó la calle, y la calle decidió quedarse con ella.

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