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El guardián de la guitarra clásica

Luis Orlandini recibe el Premio Nacional de Música 2026 tras décadas de rigor, docencia y una misión que él mismo resume sin rodeos: difundir a los compositores chilenos ante el mundo.
Foto: latercera.com
jueves 27 de agosto de 2026

La llamada lo encontró, según sus propias palabras, «un poco noqueado, choqueado». Luis Orlandini, guitarrista clásico y profesor de la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica de Chile, acaba de convertirse en Premio Nacional de Música 2026. La noticia llegó antes de que pudiera ordenar los pensamientos, pero la voz no perdió la calma.

Los detalles cuentan la historia. Orlandini no habla del galardón como un logro personal. «Es un premio que hay que compartirlo», dijo al ser consultado, «porque es para todos». Se define como parte de una cadena que arranca en 1938, cuando la guitarra clásica comenzó a cultivarse en Chile, y que incluye a su maestro Ernesto Quezada y a figuras anteriores como Liliana Pérez Corey.

Esa cadena es el hilo conductor de su trayectoria. Si hay algo de lo que se declara orgulloso —y lo dice con precisión, no con modestia performativa— es haber promovido la música de compositores chilenos. Grabarlos, difundirlos, mantenerlos vivos en el repertorio internacional: esa ha sido, en sus palabras, «la misión principal» de su vida. Una misión que lo mantuvo, según él mismo, «muy vivo con mi tiempo y mi época».

La escena lo dice todo. Orlandini vivió fuera de Chile durante años, recorrió escenarios en Europa y construyó una carrera internacional. Pero en los años 90 volvió y se quedó. No por repliegue, sino por cálculo y convicción: quería demostrar que desde Chile era posible sostener una presencia global. Lo hizo.

El precio fue la complejidad de equilibrar dos vocaciones que se disputan el mismo tiempo. Concertista y académico, intérprete y administrador universitario —fue decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile entre 2018 y enero de 2020, además de director de departamento y otras funciones—, Orlandini describe ese equilibrio con una sola palabra: rigor. La misma que aprendió de Quezada. «Tomárselo en serio», dice, con la convicción de quien lleva décadas aplicándolo. «Las artes no se escapan a eso; tienen que ser tan rigurosas como la ciencia o las humanidades».

Fuera de la universidad, Orlandini también ha impulsado la Fundación Guitarra 21, junto a Romilio Orellana, y es miembro de número de la Academia Chilena de Bellas Artes. Una arquitectura institucional construida ladrillo a ladrillo, sin atajos.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. El Premio Nacional de Música no llega a un artista que esperaba el reconocimiento del Estado para validar su trabajo. Llega a alguien que ya había construido su legitimidad en otro terreno: el de la excelencia técnica, la docencia rigurosa y la apuesta sostenida por el repertorio nacional. Que el galardón lo sorprenda —«noqueado», dijo— dice algo sobre la distancia que suele existir entre el mérito acumulado y el momento en que las instituciones lo certifican.

Hemisferio lee en esta historia algo más que un reconocimiento cultural. La trayectoria de Orlandini es un argumento vivo a favor de la vocación como proyecto de largo plazo: sin subsidios de visibilidad, sin atajos mediáticos, con la disciplina como único capital no transferible. En un ecosistema cultural donde el aplauso fácil y la agenda ideológica compiten por el espacio, su figura recuerda que la excelencia sostenida —la del intérprete que graba a compositores que nadie más graba, la del profesor que transmite rigor antes que tendencia— es, en sí misma, una forma de resistencia.

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