La escena lo dice todo: una película terminada, con actores contratados y rodaje concluido, guardada en un cajón corporativo no por falta de calidad, sino por conveniencia contable.
Así resume la crítica de Time, Stephanie Zacharek, el destino que casi tuvo «Coyote vs. Acme», la cinta que mezcla animación y acción real inspirada en un artículo de Ian Frazier publicado en The New Yorker en 1990, a su vez basado en los clásicos cortos de Looney Tunes.
El proyecto llevaba tiempo en marcha: estaba en desarrollo desde 2018 y el rodaje en vivo se completó en Nuevo México en la primavera de 2022. En noviembre de 2023, según relata Zacharek, Warner Bros. Discovery decidió archivar la película «buscando una deducción fiscal». La compañía terminó aceptando que los realizadores buscaran otro distribuidor. Tras varios intentos frustrados, Ketchup Entertainment adquirió los derechos, lo que permitió finalmente el estreno en cines y, después, en plataformas de streaming.
Para entender el presente hay que volver a esa decisión de 2023: un conglomerado de entretenimiento eligió el beneficio fiscal inmediato sobre la obra terminada, hasta que otro actor del mercado —más pequeño, dispuesto a asumir el riesgo— vio valor donde el gigante solo veía una casilla contable que llenar.
La trama de la película, cuenta la crítica, es tan simple como ingeniosa: después de años de ser aplastado por bolas de demolición, dinamitado y catapultado por resorteras que fallan por kilómetros, Wile E. Coyote decide demandar a la empresa ACME, responsable de todos los productos defectuosos que ha usado en su eterna e infructuosa persecución del Correcaminos. Contrata a un bufete de abogados especializado en lesiones personales, Avery, Jones & Maltese —un guiño a Tex Avery, Chuck Jones y Michael Maltese, arquitectos originales de Looney Tunes—, encabezado por Kevin Avery, interpretado por Will Forte.
Avery cree inicialmente que podrá conseguirle a su cliente apenas unos cientos de dólares por unos patines-cohete defectuosos. Pero el Coyote despliega, uno tras otro, todos los productos ACME que alguna vez lo han lastimado, y su sobrina y pasante Paige (Lana Condor) lo convence de que el caso podría beneficiar a miles de personajes animados perjudicados. El enfrentamiento escala hasta poner a Avery contra el abogado corporativo de ACME, Buddy Crane, interpretado por John Cena, y revela que el caso de Wile E. no es aislado: según la trama, ACME ha operado durante años un esquema para lucrar a costa de personajes de dibujos animados indefensos.
El filme está dirigido por Dave Green, cuyo crédito más visible hasta ahora había sido «Teenage Mutant Ninja Turtles: Out of the Shadows» (2016). El guion es de Samy Burch, James Gunn y Jeremy Slater. La mayoría de las voces, incluidas Bugs Bunny y Elmer Fudd, corren a cargo de Eric Bauza. Los detalles cuentan la historia: cameos de Porky Pig, Daffy Duck y Tweety Bird, y un Forte que —según la reseña— nunca intenta competir con sus compañeros animados, sino ceder el protagonismo a «su lunática majestad».
Zacharek describe el resultado como «un pequeño milagro» en una industria donde, escribe, los conglomerados de entretenimiento parecen enfocados únicamente en las ganancias. Su recomendación es directa: correr, no caminar, a verla en la pantalla grande antes de que llegue al streaming.
El episodio, más allá de la crítica cinematográfica, ilustra una tensión conocida para quien sigue de cerca los incentivos corporativos: cuando una empresa gigante puede obtener más valor contable archivando un producto terminado que exhibiéndolo, la creatividad queda a merced de una hoja de cálculo. Fue necesario que otro actor del mercado, sin las mismas presiones fiscales ni el mismo tamaño, decidiera apostar por la obra para que esta llegara al público.
Es, en el fondo, una historia sobre competencia: el fracaso de un gigante para valorar correctamente lo que tenía no significó el fin del proyecto, porque existió una alternativa dispuesta a asumir el riesgo. Sin esa opción —sin un mercado con más de un comprador posible—, «Coyote vs. Acme» habría terminado como una nota al pie en los libros contables de Warner Bros. Discovery, y no como la película que ahora, según Time, merece verse cuanto antes en la sala más cercana.



