En una población longeva del sur de Italia, algunos nacieron con un gen defectuoso y, contra todo pronóstico, vivieron más y con menos infartos. Ese hallazgo, casi anecdótico, es hoy la base de una terapia que promete cambiar cómo se trata el colesterol alto en el resto del mundo.
El gen se llama ANGPTL3. En su forma normal, produce una enzima que bloquea la descomposición del colesterol malo (LDL) y los triglicéridos. En esa población italiana, la mutación anulaba la enzima, y quienes la portaban tenían niveles bajos de LDL y triglicéridos, y muy poca enfermedad cardíaca. La compañía biotecnológica CRISPR Therapeutics decidió imitar artificialmente esa mutación con tecnología de edición genética, en lugar de esperar a que la naturaleza la repartiera al azar.
Los resultados, publicados en el New England Journal of Medicine, confirman y extienden hallazgos que la propia empresa había reportado en noviembre pasado. En un estudio pequeño —15 personas con formas severas de colesterol y triglicéridos elevados— los descensos en ambos lípidos llegaron hasta el 50%, y ese efecto se sostuvo durante al menos un año. Quienes recibieron la dosis más alta vieron caer la enzima ANGPTL3 en casi 80%.
«Desde el punto de vista de la eficacia, es una victoria bastante grande», dijo Samarth Kulkarni, director ejecutivo de CRISPR Therapeutics. La escena lo dice todo: una sola intervención, aplicada una vez, y el organismo sigue produciendo generaciones nuevas de células hepáticas que heredan la edición genética, sin necesidad de repetir el tratamiento.
El doctor Luke Laffin, codirector del Centro de Trastornos de Presión Arterial de la Clínica Cleveland y autor principal del estudio, calificó la persistencia del efecto como el verdadero logro: «Este es un paso realmente grande para que CRISPR demuestre la durabilidad del resultado». La terapia no causó efectos secundarios significativos, algo que los investigadores esperaban, ya que las personas nacidas con el gen defectuoso tampoco parecen sufrir enfermedades graves por esa razón.
La comparación que interesa a los pacientes es otra: el statin diario. Es un tratamiento eficaz, pero depende de que la persona lo tome religiosamente durante años, algo que muchos no logran sostener, lo que reduce su efectividad real. Laffin planteó el punto sin rodeos: «Podríamos llegar a una situación en la que seamos capaces de darle a la gente una opción». Si alguien tiene antecedentes familiares serios de enfermedad cardíaca o colesterol alto, dijo, «esta terapia puede ser una opción para ellos, donde podamos tratarlos ahora, editar [sus células hepáticas], y puedan continuar teniendo un defecto genético que sabemos que es seguro y que controlará su colesterol».
Kulkarni confirmó que la compañía ya inició la siguiente fase de estudios y espera resultados adicionales antes de que termine el año. Esa fase seguirá enfocada en personas con casos severos de colesterol y triglicéridos elevados, un grupo que en Estados Unidos afecta a entre dos y tres millones de personas. Si esos ensayos y las fases posteriores siguen mostrando resultados positivos, la empresa contempla estudiar más adelante a pacientes con elevaciones más moderadas, un mercado potencial mucho mayor.
«La mayor promesa de la edición genética en medicina cardiovascular es la noción de un tratamiento de una sola vez que sería todo lo que se necesita», dijo Kulkarni. «Una vez que se reducen los niveles de ANGPTL3, permanecen reducidos de forma duradera, presumiblemente de por vida, pero al menos durante un año. Es muy emocionante».
Para entender el presente hay que volver a esa población italiana que, sin saberlo, llevaba décadas demostrando algo que ahora una empresa privada convierte en producto médico. No fue un programa estatal de salud pública el que rastreó esa mutación y la tradujo en terapia: fue capital de riesgo, ciencia aplicada y una compañía apostando a que el mercado recompensará una cura mejor que un fármaco de consumo perpetuo.
Si la promesa se confirma en las fases siguientes, el modelo de negocio de la industria farmacéutica —construido en buena medida sobre la adherencia diaria del paciente a una pastilla— podría enfrentar una competencia incómoda: la de curar de una vez algo que hoy se administra durante toda una vida. Eso no es un detalle técnico. Es la diferencia entre un paciente que depende de un frasco cada mañana y uno que, tras una sola intervención, recupera el control de su propio cuerpo.



