La escena lo dice todo: el 6 de julio, en Zaporiyia, al sureste de Ucrania, un dron no voló guiado por un piloto ruso sentado ante una pantalla, sino por un sistema experimental de inteligencia artificial que tomó, él solo, la decisión de atacar. El ataque, perpetrado por fuerzas del Kremlin y revelado por The New York Times, dejó tres personas muertas.
«Esto supone un riesgo para el mundo entero», dijo al diario neoyorquino el coronel Serhiy Minaiev, comandante de las defensas aéreas de Zaporiyia. «En pocos años, viviremos en una película de Terminator. No es ninguna broma. Las máquinas están tomando decisiones para atacar», añadió.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en Ginebra. El secretario general de la ONU, António Guterres, y la presidenta del Comité Internacional de la Cruz Roja, Mirjana Spoljaric, advirtieron en una declaración conjunta que las armas autónomas capaces de matar sin intervención humana podrían usarse pronto en más conflictos y pidieron negociaciones urgentes para restringirlas.
«Estamos peligrosamente cerca de cruzar una línea roja moral: el ataque autónomo de máquinas contra seres humanos», afirmaron. «Deben comenzar ya las negociaciones para adoptar urgentemente un instrumento jurídicamente vinculante que regule los sistemas de armas autónomas con prohibiciones y restricciones claras», agregaron.
La próxima semana los Estados se reunirán en esa misma ciudad suiza para debatir posibles nuevas normas, ante la creciente preocupación por el papel de las armas semiautónomas asistidas por IA que ya se han empleado en Ucrania, Sudán, Gaza, Irán y el Golfo Pérsico.
Los detalles cuentan la historia del salto tecnológico. El avance de la inteligencia artificial ha propiciado el desarrollo de los Sistemas de Armas Autónomas Letales (LAWS), conocidos también como «robots asesinos»: sensores y algoritmos que identifican un objetivo de forma independiente y lo atacan sin control humano manual. Aunque todavía no están en fase de desarrollo generalizado, se cree que permitirían operar en entornos con comunicaciones degradadas donde los sistemas tradicionales fallarían.
La experta surcoreana Euysun Hwang, en un ensayo publicado por la Universidad de Stanford, señaló que esto implica pasar del soporte informático tradicional —como los cálculos balísticos— a la toma de decisiones y operación autónomas en todas las fases de la acción militar. El exjefe de la CIA David Petraeus y el experto ucraniano Isaac Flanagan lo resumieron sin matices en Foreign Affairs: «Muy pronto, los sistemas autónomos dejarán de operar individualmente; con el tiempo, formarán unidades del tamaño de pelotones o incluso batallones que compartirán información y se coordinarán sin intervención humana. Y quien espere la aprobación humana antes de actuar, perderá».
Estados Unidos, China y Rusia ya aceleraron el desarrollo de IA militar. Washington publicó en 2018 la Estrategia de IA del Departamento de Defensa; Pekín y Moscú declararon la adopción de estas tecnologías en todos los sectores de su defensa y seguridad nacional.
El campo de pruebas real es Ucrania, que debió recurrir a la automatización por pura supervivencia. Un informe de junio del Centro para Estudios Internacionales Estratégicos (CSIS) detalla que una misión de ataque típica, ucraniana o rusa, requiere entre tres y seis personas —piloto, operador de sensores, ingeniero de carga y comandante— para un solo dron con visión en primera persona. El software, según el think tank, es la única solución posible a esa ecuación.
Con unos 400 tipos de drones y cientos de miles usados cada mes, Ucrania se apoya en un software de gestión del campo de batalla llamado Delta. Incluso teóricos militares rusos han reconocido esa ventaja, y Moscú desarrolla urgentemente su propio equivalente, el sistema Svod, junto al complejo civil Glaz/Groza ya integrado en sus unidades de drones. El CSIS subraya que ambos sistemas se construyeron de abajo hacia arriba, desde las necesidades de las unidades terrestres, no desde una jerarquía de mando y control.
El desenlace de esta carrera no lo escribirán los diplomáticos reunidos en Ginebra, sino los ingenieros de trinchera que ya integraron sensores antes de pensar en marcos legales. Mientras la ONU y la Cruz Roja piden un tratado vinculante, Moscú, Kiev, Washington y Pekín siguen invirtiendo en la capacidad de matar sin que un humano apriete el gatillo, porque en el frente cada segundo de deliberación cuesta vidas y territorio.
Esa asimetría —normas que tardan años en negociarse frente a algoritmos que se actualizan cada semana de guerra— es el verdadero riesgo que el coronel Minaiev señaló desde Zaporiyia. Ningún instrumento jurídico redactado en un salón ginebrino detendrá una tecnología que ya decide, sola, a quién apunta.



