La escena lo dice todo. En un municipio a orillas de las ciénagas de La Mojana, donde los ríos marcan el ritmo de la vida cotidiana, el Nobel Gabriel García Márquez vivió aproximadamente entre los 12 y los 21 años. Esa etapa dejó huellas en algunas de las historias que formarían parte de su universo literario. Ahora, décadas después, el Congreso colombiano intenta convertir ese vínculo en ley.
La plenaria de la Cámara de Representantes aprobó en segundo debate el proyecto de Ley Macondo con 125 votos a favor. La iniciativa, de autoría de la representante Milene Jarava Díaz y la senadora Karina Espinosa, busca declarar a Sucre-Sucre como Patrimonio Cultural y Literario de la Nación. El proyecto deberá continuar su trámite en el Senado y, si supera los debates restantes, requerirá la sanción presidencial para convertirse en ley.
«Macondo también tiene raíces en Sucre. Este proyecto nace del amor por nuestra tierra, nuestra cultura y la memoria de quienes han contado nuestra historia», afirmó Jarava tras la aprobación.
La iniciativa no se limita a un reconocimiento simbólico. Entre sus disposiciones contempla que el Gobierno pueda destinar recursos —de acuerdo con la disponibilidad presupuestal— para restaurar, adecuar y mantener infraestructura y espacios culturales relacionados con la vida y obra de García Márquez. También plantea que determinados lugares del municipio puedan ser declarados Bienes de Interés Cultural cuando hayan sido escenarios o inspiración de hechos, personajes o pasajes presentes en la obra del Nobel.
La propuesta reconoce además el papel de creadores, gestores culturales y portadores de tradiciones locales como parte del patrimonio que se busca preservar.
El proyecto no parte de cero. Sucre-Sucre ya integra la Ruta Macondo, un circuito de turismo cultural impulsado por Fontur que conecta diferentes lugares del Caribe relacionados con la vida, obra y universo literario de García Márquez. En el municipio existe la Ruta Mágica Gabriel García Márquez, que contempla 45 estaciones vinculadas al escritor. Entre los puntos destacados figuran el callejón de la muerte, la Casa de la Mamá Grande y escenarios relacionados con obras como Crónica de una muerte anunciada, En este pueblo no hay ladrones, La marquesita de la Sierpe y La mamá grande.
La Casa de Santiago Nasar y el Canal de La Mojana completan un recorrido donde el turismo literario se combina con travesías en lancha y naturaleza. En Sincé, otro punto de la ruta, se encuentra la Casa del Balcón Corrido, relacionada con la familia de García Márquez. El circuito puede extenderse hacia Tolú, Sincelejo y otros destinos del Caribe incluidos en la Ruta Macondo. La gastronomía local —mote de queso, diabolines, bolitas de leche, bollos de yuca, pescados, mariscos, cocadas y bebidas de frutas como el corozo— forma parte de la experiencia.
Los detalles cuentan la historia. La Ley Macondo llega al Senado en un momento en que el gobierno de Petro enfrenta cuestionamientos sobre su capacidad de ejecutar gasto público de manera eficiente. La pregunta que nadie formula en voz alta en los pasillos del Congreso es cuánto de ese reconocimiento se traducirá en infraestructura real y cuánto quedará en decreto.
El potencial es innegable: una región con identidad literaria única, una ruta ya operativa y un nombre —García Márquez— que abre puertas en cualquier mercado turístico del mundo. Pero la experiencia colombiana con los patrimonios declarados enseña que el papel aguanta todo y que la disponibilidad presupuestal es, con frecuencia, la primera víctima de los ajustes. Si el aparato estatal logra esta vez traducir el reconocimiento en inversión concreta y en condiciones para que la libre empresa local —guías, hospedajes, restaurantes, artesanos— prospere alrededor de la ruta, Sucre-Sucre tendrá una oportunidad genuina. Si no, Macondo seguirá siendo, también en esto, un pueblo donde el tiempo parece detenido.



