La luz se corta a media tarde y en el restaurante de Dainel Castillo el silencio reemplaza de golpe las conversaciones. Los ventiladores se detienen, los clientes esperan, y cuando el servicio vuelve, todos respiran con alivio. La escena se repite cada día en La Habana y resume, mejor que cualquier cifra, el estado de la hostelería cubana en 2026.
Castillo cerró meses atrás el restaurante que tenía orientado al turista extranjero. Empezó a preparar almuerzos para trabajadores desde su propia cocina, una salida para sostener a su hija recién nacida. La respuesta de los clientes lo animó a dar un paso más arriesgado todavía: abrir un nuevo local, con precios más bajos, para un cliente que ya no es el visitante de paquete turístico sino el vecino de la cuadra. «Es el cubanero el que está consumiendo ahora, el que está comiendo, el que está saliendo a comer a la calle», dijo a la AFP.
La trastienda de ese negocio no es la carta ni la decoración: es la búsqueda diaria de insumos. El aceite, el producto más escaso, cuesta hoy entre 4.000 y 5.000 pesos —entre seis y siete dólares—, cuando apenas tres semanas antes valía la mitad. Cuando no lo consigue, Castillo lo reemplaza por manteca de cerdo. Es una solución de emergencia, y también la prueba de que la continuidad del negocio depende, día a día, de la improvisación de su propietario, no de ninguna cadena de suministro previsible.
Según la AFP, el endurecimiento de las sanciones de Estados Unidos en enero dejó a la isla sin combustible ni energía eléctrica suficientes, mientras varios ingredientes escasean y el salario medio mensual ronda los 10 dólares. Ese dato —diez dólares al mes— es la vara con la que se mide todo lo demás: el precio del aceite, el costo de comer afuera, la distancia entre quien puede pagar una mesa y quien no.
A veinte minutos a pie de allí, La Guarida cuenta la misma historia desde otra escala. El restaurante ganó fama internacional por haber servido de locación a «Fresa y Chocolate» en 1993, y en sus mejores años recibió a Steven Spielberg, Mick Jagger y Madonna. En las paredes siguen las fotografías de esas visitas y el reconocimiento al mejor restaurante de Cuba obtenido en 2023. Pero el salón, hoy, está vacío.
Su dueño, Enrique Núñez, de 57 años, reconoció que el negocio atraviesa pérdidas. «Aunque estamos trabajando en pérdidas, igual tratamos de mantenerla abierta, más que nada por conservar el personal», explicó a la publicación. La Guarida está en una zona poco turística: desde sus mesas de alta gastronomía se ve, a un lado, un edificio derruido donde una mujer tiende ropa después de hablar por teléfono, y al otro, vecinos en una ceremonia de santería. Núñez insiste en no cerrar: «La Guarida es mi vida, aunque tenga que ser yo el único que venga a trabajar, vendré y lo mantendré abierto».
El giro del negocio, sin embargo, no depende solo de la oferta. Yosbel León, de 44 años, capta clientes para el restaurante de Dainel y resume el problema con una cifra que define todo el mercado: el 90% de la población cubana no puede comer en un restaurante. «Son las personas que pueden ahorrar un poco de dinero, los que realmente tienen dinero. El cubano de a pie, muy pocos», dijo.
Rafael Gómez, de 39 años, es ese cubano de a pie. Quiere llevar a su pareja, María Julia Morales, a un restaurante para celebrar su cumpleaños a fines de agosto, pero la última vez que salieron a comer juntos fue en diciembre y hoy él no tiene trabajo. «Quisiera yo llevarla para que ella vuelva al mismo restaurante: a sentirnos felices, a sentirnos a gusto, a comernos una comidita a gusto», contó a la AFP. María Julia, de 48 años, no pide lujo: le basta un lugar limpio, buena comida y algo de música cubana, en especial son.
Para entender el presente hay que volver a esa cadena de decisiones diarias: el aceite que no llega, la nevera que se apaga, el cliente que ya no puede pagar. Los detalles cuentan la historia de una isla donde sostener un restaurante —el acto más elemental de libre empresa, comprar, cocinar y vender— se ha convertido en una hazaña de resistencia individual, sin garantía de insumos, energía ni marco alguno que proteja la inversión de quien arriesga su capital.
Lo que revela esta trastienda no es solo el peso de las sanciones que cita la AFP, sino la fragilidad de una economía donde el salario medio no alcanza para sostener la demanda que el propio Estado necesita para que sus negocios sobrevivan. Cuando el 90% de una población queda fuera del mercado del consumo cotidiano, la escena de un salón vacío con fotos de glorias pasadas no es nostalgia: es el desenlace lógico de un sistema que no deja margen para que la propiedad privada, aun la más modesta, crezca ni se proteja.



