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La aguja y el casco: cómo la empresa privada intenta resolver el déficit de sangre en Colombia

Una alianza entre una universidad, una fundación clínica y la multinacional Abbott usa realidad mixta para retener donantes jóvenes, mientras el sistema de salud público sigue dependiendo de la voluntad individual y no de la coerción del Estado.
Foto: semana.com
viernes 28 de agosto de 2026

La escena, en la sede Mutis de la Universidad del Rosario, parece sacada de un laboratorio tecnológico y no de un banco de sangre: un joven recostado, la aguja en el brazo, y sobre los ojos un casco ligero de realidad mixta que le muestra un escenario digital mientras el personal de salud sigue monitoreando su mirada. Es el 26 de agosto, primer día de una jornada que se extiende hasta el 4 de septiembre, y que busca resolver un problema que en Colombia se repite cada mañana: más de 1.000 personas necesitan sangre cada día, y las reservas dependen de algo tan frágil como la voluntad de un desconocido.

La iniciativa la impulsan la Fundación Cardioinfantil-LaCardio y la Universidad del Rosario, con el respaldo de Abbott y Blood Centers of America. No hay mandato estatal detrás: es una alianza entre una institución académica, una fundación clínica de alta complejidad y una multinacional privada que decidieron, por su cuenta, atacar un problema de salud pública con herramientas de mercado.

«Nuestra universidad abre sus espacios a esta jornada porque entiende que promover la donación de sangre hace parte de su compromiso con el bienestar y la responsabilidad social», afirmó Ana Isabel Gómez, rectora de la Universidad del Rosario. «Junto con LaCardio, queremos acercar esta práctica a nuestra comunidad universitaria y, especialmente, a los jóvenes, ofreciendo una experiencia más tranquila y cercana para quienes deciden donar».

Los detalles cuentan la historia real del proyecto. No se trata de un espectáculo tecnológico ni de una campaña publicitaria: el objetivo es reducir la ansiedad de quien nunca ha donado y convertir esa primera experiencia en un hábito. A diferencia de la realidad virtual completamente inmersiva, el sistema permite que el donante mantenga contacto con su entorno, un detalle clínico pensado para no interferir con el procedimiento médico.

Hay un antecedente que sostiene la apuesta. Un estudio realizado en Estados Unidos en 2024 encontró que el uso de realidad mixta durante la donación estuvo asociado con una reducción de la ansiedad entre quienes llegaban con temor, y el 89,2 % de los participantes manifestó una alta intención de volver a donar. Nada garantiza que el resultado se repita en Colombia, pero la lógica detrás es sencilla: si la primera donación es una buena experiencia, la segunda es más probable.

Esa regularidad es, precisamente, lo que el sistema necesita y no siempre consigue. El Instituto Nacional de Salud recomienda que los hombres donen cada tres meses y las mujeres cada cuatro. La sangre no se fabrica ni se importa con facilidad: depende de personas dispuestas a repetir el gesto sin recibir a cambio ninguna remuneración.

Para LaCardio, el asunto no es abstracto. Juan Gabriel Cendales, director ejecutivo de la fundación, explicó que «en una institución de alta complejidad como LaCardio, contar con sangre disponible de manera oportuna es fundamental para atender procedimientos cardiovasculares, trasplantes, cirugías y situaciones de urgencia». Según el Informe Nacional de Actividad Transfusional 2024 del INS, la cirugía cardiotorácica está entre los servicios con mayor consumo de componentes sanguíneos, con un promedio de ocho unidades por paciente. Las enfermedades isquémicas del corazón, recuerda el DANE, siguen entre las principales causas de muerte en el país.

La jornada de Bogotá es, por ahora, un ensayo. Si funciona, la alianza planea llevarlo a otras universidades del país, apostando a que la población joven —que puede donar durante décadas si la primera experiencia es positiva— se convierta en la base de un sistema más estable.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en la sede Mutis: no hubo decreto, no hubo campaña estatal de por medio, sino una universidad, una fundación clínica y una compañía privada decidiendo invertir en tecnología para resolver, con incentivos y comodidad, lo que ninguna obligación legal puede garantizar.

El desenlace de esta apuesta se medirá en meses, no en titulares: la pregunta no es cuánta gente pasó por la jornada, sino cuántos volverán en diciembre o en marzo. Ahí está la verdadera prueba de cualquier sistema que depende, por diseño, de la libertad de elegir.

Esa es, en el fondo, la lección detrás del casco de realidad mixta. Cuando el Estado no puede ordenar que la sangre aparezca, son la iniciativa privada, la innovación tecnológica y la generosidad individual —no la burocracia— las que terminan sosteniendo un servicio que la vida de miles de pacientes necesita todos los días. Es un recordatorio incómodo para cualquier sistema de salud que prefiera pensar en mandatos antes que en incentivos: la escena de un joven donando sangre voluntariamente, sin coacción alguna, sigue siendo el mejor argumento a favor de confiar en las personas antes que en el aparato estatal.

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