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El giro de Gates: del optimismo tecnológico al llamado por controlar la inteligencia artificial

El cofundador de Microsoft admite temor por el impacto de la IA en el empleo, la seguridad y los niños, y pide nuevos impuestos y un marco regulatorio estatal, una idea que ya genera resistencia en sectores de Silicon Valley y en funcionarios de la administración de Donald Trump favorables a reglas menos restrictivas.
Foto: lanacion.com.ar
viernes 28 de agosto de 2026

Durante años, Bill Gates repitió una misma convicción en foros y entrevistas: la innovación siempre encuentra la manera de resolver los problemas que crea. Esa certeza sostuvo su optimismo sobre la inteligencia artificial, una tecnología que imaginó capaz de liberar tiempo de trabajo y acelerar curas para enfermedades. La escena lo dice todo: el mismo hombre que impulsó esa visión ahora confiesa, según recogió The Washington Post, que algo cambió en su cabeza.

«Me sorprende sentirme así», dijo Gates. «Nunca he visto un problema que la innovación no pueda resolver», agregó, como quien repite una fórmula que empezó a dudar.

El cofundador de Microsoft explicó que en el último año creció su preocupación por la velocidad con la que la IA amplió sus capacidades. Citó avances en tareas laborales y en ciberataques, y señaló que no ve un progreso equivalente para limitar los daños posibles.

Tres frentes concentran esa inquietud. El primero es la seguridad: Gates mencionó la posibilidad de que la IA facilite fraudes, ataques informáticos y el desarrollo de armas biológicas. El segundo es el empleo. La capacidad de los sistemas para completar tareas de oficina, dijo, superó sus propias expectativas y reforzó el temor a una destrucción de puestos de trabajo, tanto por programas de inteligencia artificial como por robots que incorporen esa tecnología.

Para enfrentar ese riesgo laboral, Gates propuso alternativas concretas: nuevos impuestos vinculados con la tecnología y un esquema que llamó «Human Reserved», pensado para reservar determinadas ocupaciones exclusivamente a trabajadores humanos. El tercer frente son los niños: Gates teme que el uso de estas herramientas perjudique el aprendizaje o debilite las relaciones humanas en etapas sensibles del desarrollo.

La trastienda de este giro no es solo emocional. Gates reclamó una regulación más firme sobre los modelos avanzados de inteligencia artificial y sostuvo que las compañías del sector no pueden controlarse por sí solas. Pidió que el gobierno de Estados Unidos ocupe un papel central frente a los riesgos para la seguridad nacional, el empleo y el bienestar infantil.

«Mi opinión básica es que nadie apareció», dijo. «Así que este es un llamado estridente y quiero que sea bipartidista», añadió, en un intento por ubicar el tema por encima de la disputa partidaria en Washington.

Sus propuestas incluyen marcos nacionales e internacionales para supervisar los riesgos de la tecnología, con una estructura que combine funcionarios electos, especialistas y ciudadanos. Ese enfoque, sin embargo, podría enfrentar resistencia entre sectores de Silicon Valley y funcionarios de la administración de Donald Trump que favorecen reglas menos restrictivas, bajo el argumento de que una regulación limitada acelera los beneficios de la IA y fortalece el liderazgo estadounidense en el área.

Gates dijo que ya conversó con ejecutivos de empresas de inteligencia artificial sobre sus inquietudes y propuestas, aunque aclaró que sus ideas regulatorias todavía no alcanzaron el nivel de detalle necesario para conseguir el respaldo de esos dirigentes.

El cambio de tono no borró su expectativa sobre las ventajas de la tecnología. Gates sostuvo que la IA todavía puede mejorar la salud, los servicios gubernamentales y la educación, y mencionó que ya ayuda a agricultores y otras personas en regiones más pobres. «La IA puede mejorar la vida de las personas en todos los niveles de ingresos. Pero eso no ocurrirá automáticamente», escribió en un ensayo.

Su pregunta de fondo resume la tensión: «¿Podemos tener una pequeña cantidad de lo malo con grandes cantidades de lo bueno?». Gates adelantó que dedicará la mayor parte de su tiempo a buscar respuestas frente a los problemas asociados con la inteligencia artificial, una prioridad que podría restar horas a su trabajo filantrópico en la Fundación Gates.

Para entender el presente hay que volver a esa contradicción: el mismo empresario que construyó su fortuna apostando al mercado y a la innovación sin permiso previo pide ahora impuestos y una arquitectura estatal para vigilar la tecnología que él mismo ayudó a legitimar. Es una paradoja incómoda, y no la esconde: reconoce que las empresas no pueden controlarse solas, pero también que sus propias propuestas aún no convencen a los ejecutivos con los que ya habló.

La resistencia que anticipa —entre inversores de Silicon Valley y funcionarios de la administración Trump inclinados a reglas más laxas— define el terreno donde se jugará esta discusión: cuánta libertad de innovar está dispuesta a sacrificar la sociedad a cambio de una promesa de seguridad que, por ahora, sigue siendo solo eso, una promesa.

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