La escena lo dice todo. Mientras la isla sufría su segundo apagón en menos de 24 horas, el portavoz del Departamento de Estado, Tommy Pigott, se sentaba frente a las cámaras de NBC para trazar una línea que Washington no estaba dispuesto a ceder: la catástrofe humanitaria en Cuba no es consecuencia del embargo; es consecuencia del régimen.
«La crisis humanitaria que estamos viendo en la isla es un resultado directo del régimen cubano, de su modelo económico que no funciona y de su propia incompetencia», declaró Pigott este lunes. La palabra «incompetencia» no fue casual ni improvisada. El portavoz la respaldó citando una frase pronunciada con anterioridad por el secretario de Estado Marco Rubio: «lo único peor que un comunista es un comunista incompetente».
La posición de la administración Trump tiene dos patas. La primera es el diagnóstico: el aparato estatal cubano, según Pigott, no falla a pesar de sus políticas sino a causa de ellas. La segunda es la respuesta: Washington prometió «hasta 100 millones de dólares en ayuda», además de la asistencia ya prestada tras el huracán Melissa, ocurrido en 2025. El mecanismo de entrega es deliberado. Los fondos no pasarán por las manos del gobierno de Díaz-Canel. Se canalizarán, según el portavoz, «a través de terceros como la Iglesia católica, colaborando con parroquias locales para hacer llegar la ayuda directamente a las personas que la necesitan».
El detalle importa. Al elegir a la Iglesia como intermediaria, la Casa Blanca construye un puente hacia la sociedad civil cubana que esquiva al Estado. Es un mensaje político tan preciso como el humanitario: el régimen no administrará el dinero de los contribuyentes estadounidenses.
Sobre el embargo, Pigott fue explícito en desmontar el argumento habitual del oficialismo habanero. «Siempre ha habido excepciones dentro del embargo para que los alimentos y los medicamentos puedan llegar a la población», afirmó. Lo que preocupa a Washington, añadió, es que el Ejecutivo cubano se dedica a «saquear los recursos del pueblo cubano para llenarse los bolsillos».
Los detalles cuentan la historia. El bloqueo energético que se sumó a las seis décadas de embargo a comienzos de año ha provocado, en ocasiones, la paralización absoluta del suministro eléctrico en la isla. El segundo apagón en menos de 24 horas que registró Cuba este lunes es la imagen más cruda de ese colapso. Un país que en su momento exportó médicos y discursos revolucionarios a medio continente hoy no puede garantizar luz a sus ciudadanos.
La postura de Rubio y Pigott no es nueva en su fondo, pero sí en su tono. Nombrar la «incompetencia» como causa estructural es abandonar la diplomacia del eufemismo y apostar por un lenguaje que resuena entre los cubanos de la diáspora y entre quienes en la isla ya no tienen paciencia para los argumentos del régimen sobre el imperialismo yanqui.
Para Hemisferio, el episodio ilustra una tensión que define la política exterior de esta administración hacia el hemisferio: presión máxima sobre los gobiernos, asistencia directa a los pueblos. El principio que subyace es claro: el libre mercado y la propiedad privada no fallaron en Cuba; nunca se les permitió existir. El modelo económico que «no funciona», como lo llamó Pigott, es el del Estado como propietario absoluto, planificador absoluto y, según Washington, saqueador absoluto.
La pregunta que queda abierta es si 100 millones de dólares canalizados por parroquias bastan para cambiar algo en una isla donde el aparato de control sigue intacto. La respuesta, por ahora, la tienen las parroquias.



