Cada elección, Jeanette Senecal lleva a sus hijos a votar con ella. Ellos tienen 11 y 9 años y esperan el distintivo de «futuro votante», aunque el mayor ya no lo recibe con el mismo entusiasmo.
Senecal ha pasado casi 30 años en la League of Women Voters, una organización con la que ayuda a las personas a entender cómo participar en las elecciones, conectar con los funcionarios electos y hacer oír su voz. Convertirse en madre hizo que ese trabajo se volviera todavía más personal.
Quiere que sus hijos entiendan que tienen poder para influir en las decisiones que moldean su vida. Dice que aún no pueden votar, pero que las consecuencias de las decisiones democráticas ya afectan casi todos los aspectos de su día a día.
Menciona, entre otras cosas, el financiamiento disponible para las escuelas, parques, patios de recreo, piscinas, bibliotecas y recursos comunitarios. También habla de la seguridad de los carriles para bicicletas y las calles que usan a diario. Para ella, las decisiones que toman hoy los líderes electos moldearán las oportunidades que tendrán todos los niños mañana.
Por eso, además de llevarlos a las urnas, también los lleva a actos y reuniones comunitarias. En casi tres décadas en la League of Women Voters, dice que ha visto lo poderoso que puede ser cuando las personas entienden que la democracia les pertenece. También ha visto por qué no se puede dar por sentado ese entendimiento.
Senecal quiere que sus hijos vean la democracia en acción: algo que la gente hace, no solo algo que aprende en la escuela. Cuando entran a un lugar de votación, ven a vecinos y miembros de la comunidad presentarse. La ven registrarse, recibir su boleta y tomar sus decisiones. Y ven que participar es una parte normal de pertenecer a una comunidad.
Esa experiencia abre conversaciones más amplias. Sus dos hijos están en etapas ligeramente distintas para entender cómo funcionan el gobierno y las elecciones, pero ambos tienen ideas muy claras sobre lo que consideran justo y correcto. También reconocen cuando algo en el mundo afecta su vida, su comunidad y a las personas que quieren.
Senecal quiere que sepan qué pueden hacer al respecto. Votar es importante, dice, pero no es la única respuesta. La democracia ofrece varias formas de usar la voz: aprender sobre los temas, hacer preguntas hasta obtener respuestas satisfactorias, contactar a los funcionarios electos, hablar en reuniones de juntas escolares o concejos municipales, y organizarse con otras personas interesadas en lo mismo.
Y cuando tengan la edad suficiente, podrán votar por quienes quieran que los representen. Nadie cumple 18 años sabiendo automáticamente cómo participar en democracia. Hay que enseñarlo y, más importante aún, hay que modelarlo.
Los niños observan cómo se trata a las personas, cómo se responde a los problemas y cómo se cuidan las comunidades. También observan cómo se participa. Por eso, Senecal aclara que no se trata de decirles qué pensar ni por quién deberán votar algún día. Quiere lo contrario: que crezcan haciendo preguntas, buscando información confiable, escuchando a otros y llegando a sus propias conclusiones.
Cuando cambien sus distintivos de «futuro votante» por «yo voté», espera que la experiencia sea memorable y emocionante, pero también familiar. Quiere que sepan encontrar información confiable, que pregunten, y que entiendan que no tienen que coincidir con ella ni con nadie más en todos los temas.
Sobre todo, espera que comprendan el poder de su voz y cómo usarlo. Las decisiones que se toman hoy tendrán consecuencias que los niños tendrán que vivir mañana. Y enseñar democracia también significa recordarles que no tienen que ser observadores pasivos de su propia vida.
Pueden aprender, participar, hablar y, con el tiempo, votar por el tipo de mundo en el que quieren vivir. Ese es el corazón de su argumento: la ciudadanía no nace en la cabina de votación; se forma mucho antes.
La escena final es sencilla y poderosa. Llevar a los hijos a votar puede hacer más lenta la jornada y sumar preguntas, pero también convierte el acto electoral en una lección concreta sobre libertad cívica y responsabilidad. En una época en la que el aparato institucional suele parecer lejano, ese gesto recuerda que la democracia funciona mejor cuando se enseña como hábito, no como consigna.
Y ahí está el desenlace que importa: si la participación se aprende en casa, la escuela y la comunidad, el sistema gana ciudadanos más informados y menos dependientes de la burocracia para pensar por ellos. Para el lector, la enseñanza es clara: una sociedad libre no se hereda; se practica.


