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Vlasta Lah, la pionera olvidada

La primera mujer en dirigir cine sonoro en la Argentina nació en Pula, Croacia, en 1913, y su historia permaneció enterrada durante décadas. Un documental y un festival la devuelven al lugar que nunca debió perder.
Imagen ilustrativa
viernes 24 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un anfiteatro romano del siglo I a.C., el sexto más grande del mundo y el único plenamente conservado, iluminado bajo el cielo de Pula, en la costa croata. A 150 metros de allí nació, el 13 de enero de 1913, Vlasta Lah. El 73° Festival Internacional de Cine de la ciudad organizó el homenaje; el público croata descubrió esa noche a una compatriota que la historia del cine argentino había preferido ignorar.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. Los directores Candela Vey y Martín «Tino» Pereira presentaron en Pula su documental Vlasta, el recuerdo no es eterno, fruto de diez años de investigación en Italia y Australia, y de entrevistas con amigos y familiares de la cineasta. El trabajo derivó también en un libro, Por ser mujer, que reconstruye una biografía marcada tanto por la geografía como por el género.

Vlasta creció en Pula cuando la ciudad era un puerto estratégico del Imperio Austrohúngaro. Su familia cambió de nombre —de Franz Lach y Anna Rontich a Francesco Lah y Anna Rocchi— cuando la región pasó a dominio italiano. Desde joven, según reconstruyen los investigadores, recorrió el mundo a bordo de transatlánticos junto a su hermana, con quien también trabajó como modelo. Luego se inscribió en la Scuola di Cinematografia de Roma, el futuro Centro Sperimentale di Cinematografia, donde conoció al cineasta Catrano Catrani. El 7 de agosto de 1938 ambos desembarcaron en Buenos Aires a bordo del Principessa Giovanna.

En Argentina, Catrani se integró a los Estudios San Miguel. Vlasta encontró su lugar como asistente de dirección en títulos que hoy integran el canon del cine nacional: Casa de muñecas de Ernesto Arancibia, Besos perdidos de Mario Soffici, La dama duende de Luis Saslavsky, La serpiente de cascabel de Carlos Schlieper, Historia del 900 de Hugo del Carril y La barra de la esquina de Julio Saraceni, entre otros.

Los detalles cuentan la historia. Cuando un periodista del diario La Razón le preguntó por qué había tardado tanto en debutar como directora, Vlasta respondió con precisión quirúrgica: «Por ser mujer. Si no, hace 10 años que estaría filmando. Hace 10 años que estoy en condiciones de hacerlo». La cita, recuperada por Vey y Pereira, resume con economía brutal la barrera que enfrentó.

Su debut llegó en 1960 con Las furias, adaptación de la obra homónima de Enrique Suárez de Deza, que había cosechado un enorme éxito teatral. El elenco reunió a Mecha Ortiz, Olga Zubarry, Aída Luz, Alba Mujica y Elsa Daniel en el drama de cinco mujeres enfrentadas por un hombre ausente. El film obtuvo uno de los 15 premios a la producción que entregaba el Instituto de Cine. Sin embargo, su estreno el 2 de noviembre de 1960 en el Cine Ocean fue, según documentan los investigadores, un fracaso de crítica y público. Tres años después dirigió Las modelos (1963), su segunda y última película. Dos largometrajes en toda una carrera.

«Creemos que se hizo una gran injusticia con Vlasta, y queremos corregirla con la película y con el libro», afirmó Pereira en el panel del festival, junto a la crítica de cine Alemka Lisinski, la historiadora Leonida Kovac y el periodista Bosko Picula. Candela Vey añadió: «Vlasta nació en una familia de mujeres fuertes e independientes. Ello forjó en ella una personalidad que le permitió abrirse paso en un mundo monopolizado por hombres».

El público de Pula pudo ver ambos largometrajes gracias a copias restauradas por la empresa Gotika a partir de los materiales preservados por la Fundación Cinemateca Argentina, con la colaboración de la Embajada de Croacia en el país. Las proyecciones se realizaron en el cine Valli, nombrado en honor a otra hija ilustre de la ciudad: la actriz Alida Valli.

Hemisferio observa en este rescate algo más que justicia póstuma. La historia de Vlasta Lah es, ante todo, la historia de un talento que el corporativismo de una industria —y los prejuicios de una crítica que no supo leerla— redujo a dos películas en tres décadas de carrera activa. Que su recuperación llegue desde la sociedad civil, desde dos investigadores independientes con una década de trabajo a cuestas y sin aparato estatal de por medio, dice mucho sobre dónde reside la memoria cultural verdadera. El mérito, cuando sobrevive, lo hace a pesar de las instituciones, no gracias a ellas.

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