AHORA
Zacharia cae a los cinco días y expone el costo político de la improvisación en la Casa Blanca•Trump frena la transmisión pública de la ejecución de Hasan tras el rechazo por convertirla en espectáculo•Pope Leo pasa la primera prueba tras la cirugía de pulmón y el Vaticano habla de recuperación normal•La mansión de Durazo se convierte en universidad: Tlalpan gana una sede y el gobierno presume recuperación de espacio•Museo Nacional: 30 obras retiradas y una batalla cultural que avanza sobre la memoria•Sonora frena sus exportaciones de ganado por una sospecha de aftosa•El Vaticano descarta complicaciones en la cirugía del papa León XIV, con un pronóstico aún por definir•Caen dos presuntos extorsionadores tras el ataque a la casa de Elvis Guerra•Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada•Anthropic pide reglas comunes para la IA mientras acelera ingresos y salida a bolsa•Zacharia cae a los cinco días y expone el costo político de la improvisación en la Casa Blanca•Trump frena la transmisión pública de la ejecución de Hasan tras el rechazo por convertirla en espectáculo•Pope Leo pasa la primera prueba tras la cirugía de pulmón y el Vaticano habla de recuperación normal•La mansión de Durazo se convierte en universidad: Tlalpan gana una sede y el gobierno presume recuperación de espacio•Museo Nacional: 30 obras retiradas y una batalla cultural que avanza sobre la memoria•Sonora frena sus exportaciones de ganado por una sospecha de aftosa•El Vaticano descarta complicaciones en la cirugía del papa León XIV, con un pronóstico aún por definir•Caen dos presuntos extorsionadores tras el ataque a la casa de Elvis Guerra•Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada•Anthropic pide reglas comunes para la IA mientras acelera ingresos y salida a bolsa•
Hemisferio
PolíticaAméricasMundoNegociosTecnologíaCulturaIdeas
Hemisferio
Secciones
El medio
Mundo

Venezuela: la salud en manos del algoritmo y el costo del intrusismo digital

El auge de influencers sin acreditación y de médicos fuera de su especialidad abre una grieta peligrosa en la salud pública. Sociedades científicas venezolanas reaccionan ante una industria de contenidos que desplaza la evidencia por el carisma.
Imagen generada con IA
viernes 25 de septiembre de 2026

La escena lo dice todo. En Venezuela, la discusión sobre salud ya no ocurre solo en consultorios, hospitales o sociedades científicas. También se libra en los feeds de las redes sociales, donde millones de personas encuentran antes un consejo viral que una orientación médica formal.

Ese cambio de hábito, descrito por la investigación citada por el reporte de El Nacional, es el punto de partida de un problema más amplio: el ascenso de creadores de contenido sin formación médica y el ejercicio irregular de profesionales en áreas para las que no están cualificados. En esa mezcla de visibilidad, carisma y ausencia de acreditación, la autoridad científica pierde terreno frente al espectáculo digital.

El estudio del Pew Research Center, divulgado recientemente, encontró que la mitad de los adultos estadounidenses menores de 50 años recurre con frecuencia a influencers o pódcasts para informarse sobre salud y bienestar. Al evaluar casi 13.000 cuentas con más de 100.000 seguidores en Instagram, TikTok y YouTube, la investigación concluyó que menos del 20% pertenecen a profesionales médicos convencionales, como médicos, dentistas o enfermeros. El resto del contenido está dominado por entrenadores, empresarios o creadores que apoyan sus mensajes en experiencias personales o anécdotas sin aval clínico.

El problema no se queda en la pantalla. Aproximadamente 20% de los usuarios admite consumir e integrar información digital que difiere o contradice los tratamientos e indicaciones formulados por sus propios médicos de cabecera. Ahí aparece el riesgo central: la narrativa emocional de internet puede terminar desplazando la evidencia médica comprobada y empujando a los pacientes hacia recomendaciones no verificables o potencialmente perjudiciales.

Mariah Wellman y Rachel Moran, investigadoras de ese estudio, sugieren que la «vulnerabilidad», entendida como compartir anécdotas personales sobre enfermedades, funciona como un vector de confianza más poderoso que la evidencia científica. Galen Stocking, director asociado de investigación de Pew, explicó que esos creadores no necesitaron establecer ese tipo de credibilidad o experiencia para reunir grandes audiencias. En otras palabras: el algoritmo premia la cercanía, no la formación.

En Venezuela, la reacción de la comunidad médica ha sido frontal. Tres de las sociedades científicas más relevantes del país expresaron su rechazo a estas prácticas. La Sociedad Venezolana de Medicina Interna alertó sobre la multiplicación de diagnósticos e indicaciones al margen del rigor científico. Su presidenta, Mariflor Vera, subrayó el peligro de mercantilizar el bienestar y sostuvo que «la salud no es contenido de entretenimiento; la divulgación médica exige responsabilidad, ética y credibilidad profesional».

La sociedad también advirtió que la medicina basada en la veracidad no responde a modas ni a búsquedas de notoriedad en entornos digitales. Según su comunicado, los consejos de inexpertos pueden derivar en la suspensión no autorizada de tratamientos o en diagnósticos tardíos de patologías severas. En un sistema donde la gente ya llega tarde, el daño de una recomendación errada puede ser irreversible.

A esa advertencia se sumó la Sociedad Venezolana de Ultrasonido en Medicina, representada por Ninoska Quijada y Jesús Veroes. La organización alertó a las autoridades y al público, en especial a las mujeres gestantes, sobre una campaña viral que insta a suspender el control ecográfico prenatal bajo la premisa de que es un procedimiento dañino. La AVUM fue categórica: la promoción de esas prácticas anticientíficas constituye un delito que atenta contra la salud pública.

La sociedad defendió la ecografía como una herramienta diagnóstica segura e irremplazable y denunció el intento de desacreditar un método respaldado por décadas de evidencia científica. El centro del conflicto, otra vez, no es solo médico. También es cultural: qué pesa más, la formación o la viralidad; el criterio o la audiencia; la evidencia o el personaje.

El caso tomó nombre propio con Gianpiero Fusco, el influencer venezolano que en agosto difundió mensajes controvertidos sobre el abordaje de patologías complejas como el cáncer y la diabetes. En un video difundido por Instagram, Fusco dijo que «el ultrasonido es la situación más incómoda bajo la cual se somete a un hijo y la decisión más estúpida que puede tomar la mujer embarazada». También sostuvo que el ultrasonido se inventó para detectar barcos enemigos durante la Segunda Guerra Mundial y afirmó que las ballenas huyen a cientos de miles de kilómetros al detectarlo.

Más allá de la anécdota, el desenlace es serio. Cuando la salud se convierte en espectáculo, el paciente queda expuesto al ruido, y el sistema sanitario pierde autoridad frente a una economía de la atención que premia el exceso y castiga la prudencia.

Para entender el presente hay que volver a esa semana: la trastienda de la medicina digital ya no es un fenómeno marginal, sino un terreno donde se decide quién influye sobre decisiones que afectan vidas reales. Y ahí se juega algo más que una tendencia. Se juega el principio básico de toda sociedad libre: que la información que guía la salud no puede depender del aplauso, sino del conocimiento validado y de la responsabilidad profesional.

Más de Mundo