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Venezuela, emergencia sobre emergencia

El terremoto del 24 de junio y su réplica dejaron cerca de 3.900 muertos y más de 700.000 niños afectados. La reconstrucción de La Guaira podría tomar años, y el aparato estatal venezolano llega al desastre ya en ruinas.
Imagen ilustrativa
viernes 10 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Una niña de once años describe su pueblo como un cementerio y recuerda que tampoco pudo graduarse durante la pandemia. Ahora el terremoto le quitó la segunda oportunidad. Su historia, recogida por la directora ejecutiva de World Vision en Reino Unido, Fola Komolafe, condensa lo que los números apenas alcanzan a medir.

El 24 de junio, dos potentes sismos sacudieron el centro de la costa venezolana. Según las autoridades del país, la cifra de víctimas mortales se acerca a las 3.890 personas. La región de La Guaira fue declarada zona de desastre y permanece militarizada. Las clases siguen suspendidas en las áreas más golpeadas.

Claudia González, encargada de Relaciones Internacionales de World Vision en Venezuela, advirtió desde Caracas durante una rueda de prensa virtual que «esto no es una emergencia que acabará en los próximos días sino una que veremos avanzar a lo largo del tiempo». Su diagnóstico fue directo: «una emergencia dentro de otra emergencia». Venezuela arrastraba ya una crisis humanitaria antes de que la tierra se moviera.

Los detalles cuentan la historia. World Vision estima que más de 700.000 niños se han visto afectados por los seísmos. González subrayó que son precisamente los menores quienes cargan con el peso más duro: han perdido escuelas, han perdido hogares, han perdido las redes de sustento familiar. «Estamos cuidándolos, dándoles refugio y garantizando que tienen la vida y el respeto que merecen», afirmó.

Peter Gape, director general de World Vision en Venezuela, detalló las operaciones sobre el terreno: su equipo ha capacitado a socios que administran comedores comunitarios y les ha proporcionado hornillos y refrigeradores para conservar las donaciones de alimentos perecederos. «Nos aseguramos de que puedan refrigerarlos», explicó. El organismo también evalúa activar una iniciativa de emergencia educativa junto con otras organizaciones asociadas para atender a los niños que no puedan regresar a clases en los próximos meses.

La magnitud del daño físico aún no tiene un contorno definitivo. Komolafe reconoció que «no se puede saber del todo cuál es la dimensión» de lo ocurrido, y añadió que la organización perdió a miembros de sus propios equipos. En las colas para recibir alimentos, la gente pide lo más básico: pasaportes, documentos de identidad. «Es casi como intentar comprender cómo reconstruir tu vida, incluso si sobreviviste», describió.

Sobre la reconstrucción física, Gape señaló que entidades de Japón y Chile han realizado evaluaciones iniciales. Los expertos consultados afirman que zonas como La Guaira pueden reconstruirse, pero advierten que lo que se edifique deberá ser más resistente. «Tras algo de esta magnitud, no hay garantía al 100%», reconoció Gape.

González fue enfática en un punto que trasciende la logística humanitaria: «No se puede lidiar con esta emergencia sin el apoyo del mundo entero». La comunidad latina en Europa ha canalizado donaciones a través de las oficinas de la ONG, pero la escala del desastre supera con creces lo que la solidaridad privada puede absorber sola.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. Venezuela no llegó al terremoto desde una posición de fortaleza institucional. Llegó desde años de colapso económico, deterioro de infraestructura y un Estado que, según reportes previos citados por medios como CNN, habría permitido que la corrupción agravara el derrumbe de edificios. La tragedia no cayó sobre un país con reservas de resiliencia estatal; cayó sobre uno donde la burocracia ya había consumido esas reservas mucho antes del 24 de junio.

Eso es lo que convierte esta crisis en algo cualitativamente distinto. Cuando el aparato público llega al desastre vaciado, la carga recae sobre las ONG, sobre la diáspora, sobre la generosidad de familias que, como señaló Komolafe, hacen cola para recibir comida y aun así donan lo poco que tienen. El libre mercado de la solidaridad voluntaria está cubriendo el hueco que el Estado venezolano nunca podrá llenar. La pregunta que nadie en Caracas responde es cuánto tiempo más puede sostenerse ese andamiaje.

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