La escena lo dice todo. Una línea telefónica de Primeros Auxilios Psicológicos activa las veinticuatro horas, más de 1.400 réplicas registradas desde el 24 de junio y familias que todavía esperan encontrar con vida a sus seres queridos entre los escombros. Eso es Venezuela, semanas después de los terremotos que sacudieron el país el mes pasado.
Las cifras que maneja Aldeas Infantiles SOS son contundentes: más de 5.200 fallecidos, 16.700 heridos, 17.900 personas desplazadas y daños en más de 2.500 infraestructuras. Ante ese panorama, la organización —presente en Venezuela desde hace más de 47 años— ha puesto en marcha un Plan de Respuesta Humanitaria orientado a atender a 7.680 niños y familias afectadas.
Hasta ahora, la respuesta de Aldeas Infantiles SOS ha alcanzado a 277 familias en Petare, en Caracas, y en Turmero, en el estado Aragua. En total, 1.057 personas han recibido alimentos, medicamentos y kits de agua, saneamiento e higiene, además de atención psicológica. Los detalles cuentan la historia: la brecha entre lo atendido y lo que falta por atender es enorme.
«Solo hemos visto el comienzo de esta tragedia. Ahora empezaremos a ver todo sus efectos y consecuencias», advirtió Ilvania Martins, directora nacional de Aldeas Infantiles SOS Venezuela. Las labores de rescate continúan y los escombros siguen retirándose semanas después del primer impacto.
Entre las prioridades del plan figura la protección de la infancia. Muchos menores han perdido sus hogares o se encuentran separados de sus familias. La organización trabaja en coordinación con las autoridades para ofrecer acogimiento alternativo temporal hasta lograr la reunificación familiar, y ha creado los llamados Espacios Amigos de la Infancia: entornos seguros donde los niños pueden jugar y recuperar parte de su rutina.
El impacto psicológico es, según Martins, tan grave como el material. «Cada vez que se produce una réplica sentimos que volvemos a vivir los grandes terremotos del 24 de junio. La continuidad de estos movimientos ha incrementado el nerviosismo y la incertidumbre entre la población», explicó. La organización reporta casos de estrés postraumático, miedo, ataques de pánico y ansiedad, con especial incidencia en los niños, que sufren pesadillas.
Para dar respuesta a esa dimensión, Aldeas Infantiles SOS ha puesto en marcha sesiones grupales de apoyo psicosocial para menores y sus cuidadores, además de la línea de Primeros Auxilios Psicológicos ya mencionada.
El plan no se limita a la emergencia inmediata. Contempla también la creación de espacios temporales de aprendizaje para garantizar la continuidad educativa de los menores y el acompañamiento a las familias para recuperar sus medios de vida y reforzar su capacidad de respuesta ante futuras crisis.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El 24 de junio, Venezuela sufrió uno de los episodios sísmicos más destructivos de su historia reciente. Lo que vino después —el conteo de víctimas, el desplazamiento masivo, las réplicas incesantes— reveló la fragilidad de un país cuya infraestructura pública lleva años en deterioro sostenido.
Lo que esta emergencia expone, más allá del dolor inmediato, es una ecuación conocida en Venezuela: cuando el aparato estatal no puede —o no quiere— responder a la magnitud de una crisis, son las organizaciones de la sociedad civil y las ONG internacionales las que llenan el vacío. Aldeas Infantiles SOS atiende hoy a 1.057 personas con recursos propios y donaciones externas mientras el plan contempla llegar a 7.680. La distancia entre ambas cifras es, en buena medida, la distancia entre lo que un Estado funcional debería garantizar y lo que Venezuela puede ofrecer a sus ciudadanos en el momento más vulnerable.



