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Velma dos veces

Alejandra Radano, treinta años después de Drácula en el Luna Park, protagoniza Hairspray en el Teatro Coliseo y repasa una carrera construida a fuerza de disciplina, directores elegidos con precisión y veinte años de trabajo en Europa.
Imagen ilustrativa
viernes 24 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Momentos antes de subir al escenario del Teatro Coliseo, Alejandra Radano está en plena transformación: maquillaje, vestuario, el ritual de convertirse en Velma Von Tussle, la antagonista ambiciosa de Hairspray. Hay algo casi irónico en el nombre: en Chicago, su gran amiga Sandra Guida interpretaba a Velma Kelly. Ahora el personaje vuelve, con otro apellido, y Radano lo lleva como un guiño del destino. «Es curioso que en Chicago el personaje de Sandra era Velma Kelly y ahora mi personaje en Hairspray es Velma Von Tussle», dice. «Se llaman igual y eso me pareció un detalle muy significativo».

Los detalles cuentan la historia. Radano no planeó los musicales. Quería ser cantante de ópera hasta que, hace más de treinta años, Pepe Cibrián Campoy la eligió para Drácula en el Luna Park. Desde esa noche, el mundo cambió: vinieron Cats, Chicago, Cabaret, La bella y la bestia, y una larga lista de obras que la convirtieron en una figura icónica del género en la Argentina. Ella, sin embargo, atribuye buena parte del recorrido a la suerte y a la confluencia de circunstancias: la edad correcta, la audición abierta, el physique du rôle que el director necesitaba en ese momento.

Pero hay una excepción a esa narrativa de la casualidad: los directores. Radano los elige con deliberación. Tardó diez años en llegar a Alfredo Arias. Lo vio dirigir Familia de artistas en el teatro Maipo, con Pepe Cibrián, Iris Marga, Lía Jelín y Norma Pons, y desde esa noche supo que quería trabajar con él. La oportunidad llegó cuando hacía Chicago y Ricky Pashkus le avisó que Arias estaba en la sala. De ese encuentro nació una relación profesional que la llevó a Europa, donde trabajó durante veinte años.

«Todo me costó mucho, en el sentido de que no tuve talentos naturales», admite. La frase suena a modestia, pero en el contexto de su trayectoria funciona más como una declaración de método: lo que no llegó por don, llegó por trabajo. Es una distinción que el escenario, ese espacio que ella misma describe como «muy anárquico», termina borrando.

En Hairspray, que se presenta de miércoles a domingos en el Coliseo, Radano comparte cartel con Damián Betular, pastelero y figura televisiva que debuta en el teatro musical interpretando a Edna, el personaje que en la película original de 1988 encarnó Divine, la musa transformista de John Waters. La combinación podría generar escepticismo en el ambiente teatral más ortodoxo. Radano no lo tiene. «No tengo ningún tipo de prejuicio con que alguien venga de otro lugar, que no se haya formado», dice, y señala que el director Fernando Dente tuvo «la gran visión de captar qué puede hacer Betular». Lo que observa en su compañero es disciplina y prolijidad, dos cualidades que en el universo del musical valen tanto como los años de conservatorio.

Dente es también parte de la ecuación de directores elegidos con precisión. Radano ya había trabajado con él en Company, y el reencuentro en Hairspray confirma una lógica que atraviesa toda su carrera: la obra importa, pero el director es la brújula. «Si sabés gobernar bien lo que te toca gobernar, eso produce una onda expansiva en la sociedad», dice, y la frase excede el teatro.

El 80% del elenco de Hairspray debuta con la obra. Muchos son jóvenes. Radano los observa noche a noche como si el escenario fuera un aula en la que, curiosamente, ella también aprende. «Todos los personajes tienen algo interesante, algo particular, como si todos fueran protagonistas», dice. «No hay una persona que no tenga carisma, que no tenga encanto, que no tenga talento».

Para entender el presente hay que volver a esa semana de julio en que la entrevista se realizó, un 16, cumpleaños de Sandra Guida, ya fallecida. La emoción de Radano al recordarla no es anecdótica: habla de la intensidad y la precariedad del vínculo entre artistas, de cómo el trabajo une y luego dispersa, y de las pocas amistades que sobreviven al cierre del telón.

Hairspray es una obra sobre segregación y discriminación ambientada en los años sesenta en Baltimore. Radano señala que «lamentablemente» esos temas siguen vigentes. La obra funciona, dice, porque también habla de inclusión y superación. Su Velma Von Tussle encarna el lado que la historia condena, el prejuicio con poder, la ambición sin escrúpulos. Es, en sus palabras, «el personaje políticamente incorrecto». Lo interpreta con el mismo rigor con que abordó cada rol en tres décadas: desde adentro, sin juzgar, dejando que el público saque sus propias conclusiones.

Esa es, quizás, la mayor destreza de Alejandra Radano: construir personajes que el escenario necesita, con los materiales que la vida fue entregando, uno a uno, sin apuro.

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