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Veinte años en bitácora

Nano Stern celebra dos décadas de cantautoría con una gira que recorre Chile y obliga al músico a reaprender sus propias canciones. Una historia de oficio, curiosidad y el precio silencioso de la experiencia.
Imagen ilustrativa
jueves 6 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un joven de poco más de veinte años, sentado en una cama de Ámsterdam, con un computador al lado y un micrófono 58, grabando canciones que nadie le había pedido. Ese fue el origen de Nano Stern como cantautor, un accidente calculado por el azar y habilitado por la primera oleada de herramientas digitales de grabación doméstica.

Era 2006 cuando ese material, prensado en CD-R y enviado a Chile, comenzó a circular en ciertos círculos. Uno de los primeros mensajes que recibió el músico —nacido en Santiago en 1985— llegó del guitarrista Eduardo Gatti. La sorpresa era mutua: nadie esperaba que unas grabaciones hechas en una pieza de Europa se convirtieran en la tarjeta de presentación de uno de los nombres centrales de la cantautoría chilena contemporánea.

Veinte años después, Stern se prepara para cerrar ese ciclo con la gira Bitácora, que arrancará el 12 de noviembre en el Teatro Lihuén de Concepción, continuará el 19 de noviembre en el Teatro Centenario de La Serena y culminará el 26 de noviembre en el Teatro Nescafé de las Artes de Santiago.

El recorrido no es menor. En dos décadas, Stern acumuló cerca de diez discos de estudio y una trayectoria que lo llevó a compartir escenario y estudio con referentes que él mismo describe como figuras casi mitológicas de su adolescencia: Inti-Illimani, Quilapayún, Los Jaivas, Congreso, Illapu. «Con todos los que te nombré he tocado, he girado, con muchos de ellos he grabado», dice.

Pero la gira Bitácora tiene una particularidad que la distingue de sus proyectos anteriores. A diferencia de las últimas giras, que giraban en torno a material nuevo, esta es una exploración hacia atrás. Stern reconoce que el volumen de su obra —diez discos de estudio— ha dejado en el camino canciones que su público sigue reclamando. «Me he dado cuenta que hay canciones que son muy queridas por mi público y que han ido quedando fuera del repertorio», explica.

El proceso de recuperación no ha sido sencillo. Hay canciones que tuvo que reaprender como si fueran ajenas. «Hay algunas que me las tengo que aprender como si fueran de otro», admite. La distancia temporal cambia la relación con el material: algunas piezas empiezan a significar otras cosas; otras, simplemente, ya no conectan con quien las escribió. «Esto no es como una cuestión de autohomenaje», aclara con precisión.

Lo que sí es, según sus propias palabras, es un ejercicio de balance. «Yo siento que he ganado en experiencia y he perdido en candidez», dice Stern. La frase resume con honestidad el dilema de cualquier artista que envejece dentro de su oficio: cómo preservar la ligereza y el atrevimiento de la ignorancia cuando el conocimiento ya pesa.

Stern lo verbaliza con una imagen concreta: cuando era más joven, se metía con ímpetu en territorios que no dominaba. Esa «patudez», como él la llama, fue el motor. Hoy, a los cuarenta y pocos años, el desafío es mantener esa disposición sin que la experiencia la aplaste. Para eso, entre otras cosas, sigue estudiando. El mismo día de la entrevista tenía previsto asistir como oyente a clases en la Universidad de Chile.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en Ámsterdam. El disco debut tomó forma en dos lugares: la pieza donde vivía y el estudio del músico chileno Tato Gómez, donde Stern trabajaba como asistente. Fue Gómez quien notó el potencial de las primeras canciones y le ofreció unos días de grabación como regalo. Stern tocó todos los instrumentos, excepto unos tambores que grabó una amiga. Ese detalle, dice, le dio al disco un sonido particular.

Los detalles cuentan la historia. La cantautoría de Stern no nació de un proyecto ni de una beca ni de un plan de carrera. Nació de la disponibilidad tecnológica, de un trabajo de asistente y de la generosidad de un colega que reconoció algo antes que nadie. Dos décadas más tarde, esa misma informalidad de origen convive con una obra que ya necesita su propia arqueología.

Hemisferio observa en esta historia algo que va más allá de la anécdota musical: el valor del oficio construido sin red institucional, a fuerza de curiosidad y riesgo personal. En un ecosistema cultural donde el subsidio estatal y el aval académico suelen funcionar como credenciales de legitimidad, la trayectoria de Stern es un recordatorio de que el mérito tiene su propia lógica. La gira Bitácora no es un homenaje; es la prueba de que veinte años de trabajo sostenido generan algo que ningún aparato puede fabricar: un público que recuerda las canciones mejor que su autor.

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