La escena lo dice todo. Mientras Vaca Muerta y la minería empujan una nueva etapa de actividad, la infraestructura aparece como el gran cuello de botella. En una carta de lectores publicada por La Nación, se advierte que el país está siendo tocado por «la varita mágica del boom de gas y petróleo de Vaca Muerta y por la explosión de proyectos de la minería», pero que, «para variar», lo encuentra «pésimamente preparados».
El diagnóstico es crudo: las rutas se están destruyendo por el transporte de arena desde el litoral hasta la Patagonia; las mineras pujan por la energía necesaria para arrancar; y la producción de Vaca Muerta «no podía ser evacuada por falta de transporte a los puertos». En esa postal, el problema no es la falta de recursos, sino la improvisación. El lector habla de «atraso de este país en temas de infraestructura» y de una secuencia repetida en la que Estado, provincias y privados se miran mutuamente mientras reclaman soluciones que «saben que no llegarán a tiempo».
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La carta insiste en que la palabra ausente es planificación. No como consigna, sino como práctica. El autor reclama reunir a los afectados por el problema para que sean parte de la solución y plantea que Estado, provincias, operadores, proveedores y bancos deberían sentarse a diseñar un plan de acción para «pegar el salto de infraestructura» que el país viene reclamando hace años. En su mirada, las oportunidades están apareciendo ahora, pero podrían perderse si no se resuelven a tiempo los obstáculos materiales que hoy traban la expansión.
En otro de los pasajes, la carta cambia de tono y pasa al terreno simbólico. El lector expresa «asombro y bochorno» por haber escuchado el Himno Nacional interpretado por Abel Pintos en el acto inaugural de los Juegos Suramericanos en Rosario, sentado sobre un banco y con un sombrero puesto. También cuestiona que se bailara al mismo tiempo que se cantaba el Himno. Su argumento es directo: no se puede entender el significado de la soberanía sin respeto por los símbolos patrios. Es una crítica que no discute una puesta en escena, sino el lugar del rito cívico en una cultura pública que, según esa mirada, ha relajado sus códigos.
Los detalles cuentan la historia. La carta también se detiene en la inteligencia artificial y la define como un talento recibido que solo puede ser controlado por la conciencia humana. El lector la presenta como un poder capaz de ser constructivo o destructivo, según quién la ponga al servicio del bien o del mal. La advertencia es moral antes que tecnológica: el monstruo, dice, no está afuera sino dentro de nosotros. En un tiempo de fascinación con la automatización, el texto vuelve a una idea clásica: la herramienta importa menos que el uso que se le da.
El tramo más extenso de la carta apunta a las Fuerzas Armadas. Allí sostiene que son «el último recurso para la supervivencia del Estado», pero denuncia una política que, a su juicio, las degrada y las empuja a perder personal. Habla de falta de medios de entrenamiento, de «bajísima remuneración» y de militares que cambian de carrera en busca de mejores oportunidades. También cuestiona que la conducción política haya autorizado a sus integrantes a trabajar en aplicaciones para retenerlos y mejorar ingresos. En su lectura, eso implica una claudicación de la dedicación exclusiva que deberían tener.
La carta propone incluso una comparación salarial: pide mejorar las retribuciones de los militares y menciona que los salarios de las Fuerzas de Seguridad aumentaron mucho más que los del militar. Además, recuerda que solo tres empleos del Estado requieren aprobación del Senado: los oficiales superiores, los embajadores y la Justicia, y concluye que, pese a estar en el mismo nivel o categoría, las diferencias salariales entre esos grupos son «abismales». Su reclamo final es equiparar.
En el cierre, la mirada de la casa encuentra una tensión de fondo: la Argentina vuelve a tener oportunidades, pero sigue organizándose como si el orden material fuera un accidente. El boom de Vaca Muerta y la minería no alcanzará si la infraestructura sigue atrasada, las instituciones se limitan a repartirse responsabilidades y la planificación queda en el papel. No es un problema menor. Es dinero que se pierde, tiempo que se dilata y empleo que no despega porque el aparato estatal no logra ponerse a la altura de lo que el sector privado ya está empujando.
También hay una dimensión de autoridad que no conviene minimizar. Cuando se relativizan los símbolos, cuando se degrada la función militar o cuando el Estado improvisa sobre capacidades estratégicas, el mensaje es el mismo: el orden no se cuida solo. Para una economía que necesita inversión, reglas y previsibilidad, la improvisación es el impuesto más caro.


