La escena lo dice todo: un agricultor en el trópico trabaja la misma parcela que su padre, con el mismo esfuerzo, y cosecha menos. No porque haya cambiado su técnica ni su dedicación, sino porque el suelo y el clima que lo rodean ya no son los de hace veinte años.
Eso es, en esencia, lo que documenta una nueva herramienta científica desarrollada por investigadores del Instituto de Análisis Económico (IAE) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). La plataforma se llama CADI —Climate-Driven Agricultural Decline Index— y ofrece estimaciones de la caída de la capacidad máxima de producción agrícola atribuible al cambio climático, con una resolución de diez por diez kilómetros.
El diagnóstico del presente
Los números son concretos. Alrededor del 16% de las tierras de cultivo del mundo —uno de cada seis campos— ya ha perdido más del 10% de su productividad potencial, según los cambios observados entre los períodos 1980-2000 y 2000-2020. Al mismo tiempo, aproximadamente el 15% de la población mundial vive hoy en zonas que han perdido al menos un 5% en su potencial agrícola.
La distribución del daño no es uniforme. Las regiones tropicales concentran las pérdidas más severas, mientras que algunas zonas de latitudes altas podrían ver aumentada su productividad potencial. Es decir, el mapa del perjuicio coincide, en buena medida, con el mapa de la pobreza y el de la menor huella histórica de emisiones de CO₂.
Los propios investigadores lo señalan sin rodeos: los países que menos contribuyeron a las emisiones acumuladas de CO₂ están entre los más vulnerables, y esa asimetría se acentúa con el tiempo.
Lo que proyecta el modelo
CADI no solo mide el pasado; también proyecta escenarios futuros calibrados con los modelos del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC). Sus predicciones parten de un supuesto crítico: que no se lleve a cabo ninguna medida de adaptación.
Bajo ese supuesto, para el período 2041-2060, en un escenario de calentamiento medio-alto con un aumento global aproximado de la temperatura de 2,1 °C, casi el 49% de la población mundial podría estar viviendo en zonas agrícolas con su potencial en declive.
La concentración geográfica del problema es otro hallazgo relevante. Solo un 5% de las tierras agrícolas en zonas tropicales suma ya hasta el 35% de todas las pérdidas globales. A mediados de siglo, un 25% de los países concentrarán entre el 85% y el 90% de las pérdidas totales a nivel mundial.
El propósito declarado de la plataforma es servir de insumo para responsables políticos y de la administración en la toma de decisiones, y para diseñar medidas de adaptación concretas.
La trastienda del dato
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que los datos de CADI comenzaron a circular entre analistas de seguridad alimentaria. Lo que la plataforma pone sobre la mesa no es una proyección abstracta: es una cuantificación de pérdidas ya ocurridas, medibles campo por campo, región por región.
Los detalles cuentan la historia. Un modelo con resolución de diez por diez kilómetros no habla de promedios globales reconfortantes; habla de parcelas específicas, de comunidades concretas, de cadenas de suministro que ya están absorbiendo un deterioro silencioso.
La lectura de Hemisferio
La utilidad real de CADI dependerá de lo que los gobiernos hagan con ella. Una herramienta que identifica con precisión dónde se pierden capacidades productivas es, ante todo, un argumento para priorizar inversión privada en adaptación agrícola —semillas, infraestructura hídrica, tecnología de riego— antes que esperar soluciones centralizadas que llegan tarde y mal focalizadas.
Lo que la plataforma no puede resolver es la paradoja política de fondo: los países tropicales que enfrentan las pérdidas más graves son también los que tienen menor capacidad fiscal para financiar esa adaptación. Ahí es donde el libre mercado y la cooperación técnica internacional tienen más que ofrecer que cualquier burocracia climática global. El campo no espera cumbres; el campo necesita inversión, certeza jurídica y tecnología. Eso, hasta ahora, ningún índice lo garantiza por sí solo.


