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Una noche al año para amar

La comedia romántica de Will Gluck convierte una premisa distópica y absurda en uno de los estrenos más frescos del verano. Monica Barbaro confirma que es la revelación de la temporada.
Imagen ilustrativa
jueves 6 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Una ciudad entera de mujeres con vestidos de lentejuelas y tacones imposibles desfila por las calles de Nueva York en busca de romance, mientras los hombres —algunos con intenciones nobles, otros con agendas cronometradas— se lanzan a la misma cacería. Es el caos. Es también, según la premisa de One Night Only, la única noche del año en que los solteros tienen permiso legal para tener sexo.

El director Will Gluck, cuya última película fue el éxito de 2023 Anyone But You con Glen Powell y Sydney Sweeney, regresa con una comedia romántica que parte de un punto de partida deliberadamente ridículo: un gobierno fascista ha decretado que las personas no casadas solo pueden mantener relaciones íntimas una noche al año, y únicamente con protección. Los detalles de la mecánica no importan demasiado. Lo que importa es lo que ese marco dispara: una noche de doce horas en Manhattan que funciona como laboratorio de la condición humana y como excusa perfecta para el género romántico clásico.

Owen, interpretado por Callum Turner con un acento americano razonablemente convincente, regenta una pizzería y se dispone a cerrar cuando comienza esa noche especial. Tiene novia —Maya Hawke—, quien le anuncia en su cita que prefiere usar esa libertad anual para estar con otra persona. Owen, desconcertado y con dos kamikazes encima, sale a probar suerte. Así conoce a Allie, interpretada por Monica Barbaro: cantante que acaba de pasar el día grabando un jingle para un anuncio de psoriasis y cuyos planes nocturnos se han desmoronado. Su amiga Jacinta —King Princess— encontró un príncipe literal en las primeras horas de la noche y desapareció. Su compañera de piso —Quintessa Swindell—, que es gay y lleva décadas ignorando las restricciones gubernamentales («llevamos bailando alrededor de vuestras leyes desde antes de la Biblia», explica), la empuja a salir. Allie termina en la calle con un deslumbrante vestido verde de lentejuelas y sandalias de tacón fino, incorporándose a la procesión de sus hermanas relucientes.

El primer encuentro entre Owen y Allie termina en desastre: él casi vomita sobre sus zapatos. Ella se va horrorizada. La noche, sin embargo, tiene otros planes. Los detalles cuentan la historia: una y otra vez, la ciudad los empuja a encontrarse. Él persigue a una chica en bicicleta desde Manhattan hasta Brooklyn Bridge Park. Ella conoce a un seductor con un Banksy original en el apartamento —y quizás un Basquiat— que tampoco resulta ser lo que parecía. Cada desvío los devuelve al punto de partida. El guion de Travis Braun exprime la lógica del absurdo sin perder el pulso emocional que exige el género.

El gran hallazgo de la película es la química entre sus protagonistas, y en particular el magnetismo de Barbaro. La actriz, que fue aclamada por su retrato de Joan Baez en A Complete Unknown —el biopic de Bob Dylan dirigido por James Mangold en 2024—, demuestra aquí que sabe aterrizar una réplica ingeniosa con la suavidad de un beso lanzado desde el otro lado de la sala. Su sonrisa lenta y tímida hace el trabajo que ningún diálogo podría hacer solo. Turner, por su parte, acepta con buena disposición que su personaje es un tipo correcto pero algo torpe, cuya camisa polo se convierte en uno de los mejores chistes de la película precisamente por el contraste con el vestido deslumbrante de ella.

La película no olvida sus instintos cómicos. El preservativo más codiciado de la ciudad acaba expuesto bajo una pirámide de plexiglás, custodiado por dos maniquíes dorados, en una secuencia que la crítica ha comparado con el Arca de la Alianza de Indiana Jones. Es el tipo de gag que solo funciona cuando el tono general está perfectamente calibrado, y Gluck lo consigue.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de estrenos. One Night Only llega en un momento en que el género romántico busca recuperar la ligereza y el ingenio que lo hicieron grande, sin caer en la autocomplacencia ni en el moralismo. La premisa distópica —un Estado que legisla sobre la intimidad de sus ciudadanos— es, en el fondo, la más antigua de las advertencias: el poder que controla el cuerpo controla todo lo demás. Que la película lo resuelva con humor y con un vestido verde de lentejuelas no lo hace menos cierto. La libertad, aquí, es también una comedia. Y esta temporada, eso no es poco.

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