La escena lo dice todo. Noventa y cinco voluntarios, monitores en la muñeca, análisis de sangre periódicos y una instrucción aparentemente sencilla: acuéstate hora y media más tarde de lo normal durante seis semanas, pero levántate a la misma hora de siempre. El resultado, publicado en Annals of Internal Medicine, no dejó margen para la duda.
Los participantes ganaron alrededor de una libra de peso en ese período. Sus niveles de leptina —la hormona vinculada a la grasa corporal— subieron. Y aunque estaban despiertos más horas, quemaron menos energía: pasaron más tiempo sedentarios que durante las semanas de sueño adecuado. Estaban despiertos, pero quietos.
El experimento más realista hasta la fecha
Lo que distingue este trabajo de estudios anteriores es su escala de privación. Investigaciones previas en laboratorios de sueño habían limitado a los sujetos a cuatro o cinco horas por noche durante pocos días. Uno de esos experimentos anteriores, liderado por la misma investigadora principal, había encontrado que las personas comían alrededor de 300 calorías más al día cuando dormían menos de cuatro horas durante cinco noches consecutivas.
Esta vez, el objetivo era diferente. «Una evaluación más realista de lo que ocurriría si pedimos a las personas que restrinjan su sueño 1,5 horas, a un nivel similar al que observamos en la población en general», explicó Marie-Pierre St-Onge, directora del Center of Excellence for Sleep and Circadian Research de la Universidad de Columbia.
Los participantes dormían normalmente unas 7,5 horas por noche. Se les pidió que se acostaran hora y media más tarde, sin adelantar el horario de despertar. Una restricción modesta. La que practica, sin pensarlo demasiado, buena parte de la población activa en cualquier ciudad del mundo.
El cuerpo lleva la cuenta
La mayoría de las personas necesita entre siete y nueve horas de sueño por noche, aunque la cifra óptima varía según el individuo. Dormir seis horas en lugar de siete —aproximadamente lo que hicieron los sujetos de este estudio— no parece un sacrificio dramático. Sin embargo, los datos muestran que el cuerpo lleva la cuenta con precisión.
La doctora Sirimon Reutrakul, endocrinóloga y profesora de medicina en el College of Medicine de la Universidad de Illinois, quien no participó en el estudio, señaló que los resultados coinciden con lo que ya se sabía sobre sueño y peso corporal a partir de experimentos más extremos. Y apuntó al otro lado de la ecuación: un estudio de 2022 encontró que cuando personas que habitualmente dormían poco fueron instruidas a dormir más durante dos semanas, consumieron 270 calorías menos al día. «El apetito, el sueño, la actividad física... todo está interrelacionado», afirmó Reutrakul.
St-Onge indicó que ese tipo de investigación —pedir a las personas que duerman más, no menos— es precisamente la que le interesaría desarrollar a continuación. El estudio actual, dijo, «tuvo resultados claros y fue duro para los participantes».
Hubo, además, una nota al margen que dice mucho sobre la naturaleza humana. El equipo quería reclutar más mujeres posmenopáusicas para analizar si la edad modificaba la respuesta a la privación de sueño. No lo consiguieron. «Les decían: no hay cantidad de dinero que me pueda pagar para hacer eso», relató St-Onge.
Lo que el dato no dice, pero implica
Los detalles cuentan la historia. Durante décadas, el debate sobre el peso corporal se ha centrado casi exclusivamente en la dieta y el ejercicio: calorías que entran, calorías que salen. Este estudio añade una variable que los individuos controlan —o creen controlar— cada noche al decidir a qué hora apagan la pantalla.
Para Hemisferio, el mensaje es nítido: la salud personal es también una cuestión de decisiones individuales con consecuencias medibles. El Estado puede financiar campañas, crear burocracia sanitaria y multiplicar regulaciones sobre alimentos ultraprocesados. Pero ningún aparato estatal puede obligar a un adulto a acostarse a tiempo. Lo que sí puede hacer la evidencia científica —cuando se comunica con claridad y sin alarmismo— es devolver al individuo la información que necesita para tomar mejores decisiones por cuenta propia. Esa es, al final, la forma más eficiente de política de salud pública: la que no cuesta dinero del contribuyente.


