La escena lo dice todo. En 2026, el sistema universitario chileno ha visto asumir nuevas rectoras en la Universidad de Concepción, la Universidad de Chile y la Universidad Miguel de Cervantes; la elección de Jenniffer Peralta en la Universidad de Tarapacá; la reelección de Luperfina Rojas en la Universidad de La Serena; el nombramiento de Iria Retuerto como rectora subrogante de la Academia de Humanismo Cristiano; y la elección de Marisol Durán como primera presidenta del Consorcio de Universidades del Estado (CUECH). El resultado: trece mujeres al frente de instituciones universitarias, una proporción que por primera vez alcanza uno de cada cuatro establecimientos.
Alejandra Mizala, rectora de la Universidad de Chile, describió el momento como el reflejo de «los avances alcanzados por las mujeres en la vida universitaria», aunque advirtió que el sistema todavía debe avanzar hacia una mayor presencia femenina en los espacios de representación y liderazgo académico. «Es un hecho de profundo valor simbólico», afirmó, aludiendo a un proceso que, según sus propias palabras, aún está lejos de completarse.
Con ese telón de fondo, las trece rectoras respondieron una pregunta común: ¿cuál será el principal desafío que enfrentarán las universidades chilenas durante la próxima década? Las respuestas dibujan un mapa de urgencias que va mucho más allá del género.
El primer eje es la inteligencia artificial. Luperfina Rojas, de la Universidad de La Serena, sostiene que las instituciones deberán anticiparse a un mundo en permanente transformación, marcado por la IA y los cambios demográficos, con una educación más flexible, innovadora y vinculada con su entorno. Marisol Durán, rectora de la UTEM, va un paso más allá: el desafío, explica, ya no consiste únicamente en incorporar la inteligencia artificial como herramienta tecnológica, sino en utilizarla para formar profesionales capaces de liderar la innovación y contribuir al desarrollo del país con una mirada ética, crítica y sostenible.
El segundo eje es la flexibilidad de la oferta. Fernanda Kri, rectora de la Universidad de O'Higgins, identifica como clave asumir que las personas ingresarán y egresarán de la educación superior en distintos momentos de sus vidas: para actualizar conocimientos, perfeccionarse o cambiar de disciplina. Francisca Ortega, de la Universidad Miguel de Cervantes, pone rostro a esa diversidad: estudiantes que trabajan, personas mayores que retoman sus estudios, perfiles que exigen modelos educativos más flexibles y espacios reales de inclusión, pero también una formación capaz de promover el pensamiento crítico y el aprendizaje permanente.
El tercer eje es la vinculación con el sector productivo y los territorios. Jacqueline Sepúlveda, rectora de la Universidad de Concepción, plantea que la investigación deberá fortalecer su vínculo con el sector productivo y con las comunidades, buscando no solo impacto académico sino también impacto económico y social. Jenniffer Peralta, quien asume la rectoría de la Universidad de Tarapacá el 24 de julio, destaca que las instituciones regionales ya concentran más de la mitad de los proyectos adjudicados por ANID, lo que hace fundamental seguir generando conocimiento desde los territorios para responder a problemas como las energías renovables, la migración o la agricultura en condiciones extremas.
Hay también una nota sobre empleabilidad que merece atención. Claudia Peirano, rectora de la Universidad Santo Tomás, recuerda que Chile es el país de la OCDE donde obtener un título universitario genera la mayor ventaja promedio en empleabilidad respecto de quienes solo completan la educación media. El dato no es menor: sitúa a la universidad chilena como uno de los activos de movilidad social más potentes de la región.
Los detalles cuentan la historia. El ascenso de trece rectoras simultáneas es, ante todo, el resultado de trayectorias individuales y de una masa crítica de mujeres que acumularon décadas de carrera académica. Pero el verdadero examen no está en el nombramiento sino en la gestión. Las universidades chilenas enfrentan presiones fiscales, demografía decreciente de estudiantes jóvenes y una competencia global por talento e investigación que no perdona la inercia burocrática. Si el liderazgo femenino trae consigo la flexibilidad curricular, la orientación al mercado laboral y la vinculación territorial que estas rectoras describen, el hito simbólico se convertirá en ventaja competitiva real. Si, en cambio, el cambio se agota en la foto, la historia lo registrará como un gesto y nada más. El sistema tiene ahora trece razones para demostrar que es lo primero.



