La escena lo dice todo. Donde otros habrían levantado más dormitorios para cobrar más caro, Jorge Mazzinghi y Verónica de Miero decidieron otra cosa: transformar una planta baja en un loft con patio, concebido como un «oasis urbano» y también como un emprendimiento familiar.
La decisión no fue menor. Según Mazzinghi, quien se encarga de los alquileres les planteó la alternativa más directa: «Acá podrías tener tres dormitorios y cobrar más caro». La respuesta fue recorrer el camino menos obvio. Eligieron esta unidad en planta baja para convertirla en un alquiler temporario, y sostuvieron la idea de preservar la amplitud del patio, las carpinterías de hierro, los cielos rasos de madera y los muebles de diseño.
«Lo pensamos como un emprendimiento familiar; de hecho, quien se está ocupando de administrarlo es nuestro hijo Antonio, y tuvimos que convencerlo de probar otra ecuación», explicó Mazzinghi. Esa «otra ecuación» no pasó por apilar metros útiles, sino por mantener una relación más abierta con la luz, el agua, las plantas y la madera.
Los protagonistas contaron que la idea fue trabajar el espacio «como si fuera para nosotros». En esa lógica, antes que resolverlo con fundas lavables o soluciones puramente funcionales, eligieron un sillón modular, un revestimiento de lapacho para el cielorraso y una composición que buscara calidez sin resignar carácter. La apuesta no fue solo estética: también fue económica en el sentido más amplio del término, porque apostó a un valor diferencial en lugar de una maximización inmediata de superficie.
«Cuando los alojamientos son ultrapragmáticos en su función para el turismo, se pierde la magia. Acá hicimos lo contrario: el puntapié fue buscar algo propio de la arquitectura porteña. Así apareció la idea del patio», dijeron. El giro es claro: donde el mercado suele empujar a la eficiencia sin matices, ellos eligieron una experiencia espacial más singular.
El proyecto tomó como referencia la arquitectura porteña y, en particular, la espacialidad de los viejos patios de Buenos Aires. Con un ancho de 8,52 y un largo de 18m, la planta baja le dio un protagonismo inusual al patio, que los dueños describen como un «refugio de solcito y tranquilidad en medio de la ciudad» cuando tiene buena orientación.
También hubo decisiones materiales que marcan esa lectura. El carácter de las carpinterías de hierro prevaleció sobre el PVC, y las ventanas se preservaron con toldos de patrón a rayas. El dormitorio quedó separado por cerramientos de vidrio repartido y cortinados de terciopelo en tono habano. El baño, vidriado, suma luz y sensación espacial, pero además funciona como rasgo distintivo en una vivienda que no es permanente.
La chimenea fue pensada tanto para una copa junto al fuego como para un asado veraniego. Y el exterior, con su sillón, colchoneta, almohadones de lino y florero cerámico, prolonga la idea central del conjunto: una vida doméstica que no renuncia a la belleza ni al uso.
Mazzinghi contó además que el diseño y la construcción del edificio se desarrollaron junto a algunos clientes y amigos del estudio, que se sumaron como inversores. La escena, entonces, no es solo la de una casa bien resuelta. Es también la de una apuesta privada que reúne capital, oficio y una visión concreta sobre cómo debe habitarse la ciudad.
En tiempos en que tantas decisiones urbanas terminan subordinadas al metro cuadrado más rentable, esta obra va a contramano. Defiende el valor de la calidad por encima de la mera maximización del rendimiento inmediato. Y recuerda algo simple: la propiedad también puede ser una forma de cuidar una idea, no solo de exprimir un activo.
Para el lector, el caso tiene una lectura nítida. El mercado no siempre premia solo al que suma dormitorios; a veces, el diferencial nace de crear un lugar deseable, memorable y usable. Esa es la lógica que se juega aquí: menos burocracia funcional, más libertad para diseñar. Menos cálculo estrecho, más valor duradero.



