Era noviembre y el reloj ya corría. El llamado llegó con una condición no negociable: la casa debía estar lista antes de Navidad para recibir a una familia ensamblada con tres hijos. Más de 500 m², cero margen para demoras.
El diseñador de interiores Sebastián Salazar, al frente de Salazar Casa y del Estudio que lleva su nombre, no dudó. «Había que transformar por completo más de 500 m², y en apenas un mes y medio», recuerda. La escena lo dice todo: un proyecto de esa escala, resuelto en el tiempo en que otros apenas terminan los planos.
La estrategia detrás del relámpago
La clave estuvo en combinar dos fuentes de mobiliario: piezas que la marca tenía en stock y otras fabricadas a medida específicamente para esta casa en Martínez. Sin esa reserva previa, el plazo habría sido imposible. El punto de partida era una caja blanca. El destino, algo radicalmente distinto.
«Los dueños querían una casa con mucha personalidad, color y eclecticismo. A partir de eso, trabajamos una propuesta súper vibrante, pero que nunca deja de ser armónica», explica Salazar. El objetivo declarado era que cada espacio reflejara a los nuevos dueños y permitiera que convivieran diferentes estilos y universos personales sin perder coherencia estética.
Ambiente por ambiente, sin repetirse
El hall de entrada marca el tono desde el primer paso: empapelado de Sofía Willemoës y una escultural mesa amarilla de Ensamble. La escalera fue convertida en galería de arte con una colección de obras de la artista Chipy Lotti, realizadas especialmente para Salazar Casa durante Tendencia Arenales 2025.
El comedor formal y el family/comedor diario, antes separados por puertas, se vinculan ahora por una arcada. La mesa Osaka de paraíso, hecha a medida, se acompaña de sillas Yabby tapizadas en pana color durazno. Dos lámparas en negro y dorado completan el cuadro. Las alfombras, de Rugit, anclan cada zona sin competir con el resto.
«Hubo intervenciones integrales en prácticamente todos los ambientes. No hay dos espacios iguales, y eso hace que la casa se sienta viva», subraya el diseñador.
La cocina, de medidas reducidas en relación con las dimensiones totales de la casa, apenas fue modificada. Se mantuvo la caja blanca y se sumaron elementos de madera, una decisión de contención que equilibra el resto.
El escritorio, ubicado junto al hall de entrada, recibió especial atención: dos superficies de petiribí colocadas espalda con espalda crean un espacio cómodo para dos personas. «El escritorio se usa mucho, por eso le puse tanto énfasis», cuenta Salazar.
En la planta alta, el distribuidor que conecta los cuartos fue transformado en sala de estar. «Convertimos ese espacio en el corazón de la planta alta. Es uno de los sectores más especiales», asegura. Un empapelado de Mercedes Costal, una lámpara Magnolia de metal y un sofá estilo chaise longue tapizado en lino verde componen ese rincón.
Los cuartos de los hijos y la suite principal fueron trabajados con fuerte impronta decorativa. La suite suma un living íntimo a continuación de la cama, todo bajo una misma paleta. Una alfombra de gran formato enlaza los dos sectores en un solo gesto.
El balance del proyecto
«Me dieron libertad absoluta para trabajar y creo que terminó por ser uno de los proyectos favoritos de mi carrera», comparte Salazar.
Los detalles cuentan la historia. Este proyecto en Martínez no es solo un ejercicio de velocidad: es la demostración de lo que ocurre cuando la libre empresa funciona bien, cuando un estudio con stock propio, criterio estético y capacidad de ejecución responde a una demanda real sin burocracia ni demoras. El cliente puso la confianza; el profesional, el oficio. El resultado llegó antes de que se encendieran las luces del árbol.
En un mercado de diseño de interiores donde los plazos suelen estirarse y los presupuestos desbordarse, la apuesta de Salazar Casa apunta a algo distinto: eficiencia sin sacrificar identidad. Esa combinación, cuando se logra, es exactamente lo que el libre mercado premia.



