La escena lo dice todo. Decenas de personas reunidas en la plaza del Rectorado de la Universidad Central de Venezuela (UCV), bajo el sol de Caracas, un mes exacto después del doble terremoto que sacudió al país el 24 de junio. Una misa, flores y el peso de 48 nombres propios: profesores, estudiantes, egresados que no sobrevivieron al desastre.
El balance oficial publicado el miércoles no deja margen para el eufemismo: casi 5.400 muertos, al menos 16.740 heridos y cerca de 18.000 personas que perdieron su vivienda. El estado La Guaira, el más castigado por los dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5, concentra buena parte de esa devastación.
La UCV —la principal universidad del país y cuyo campus de la Ciudad Universitaria de Caracas fue declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2000— se convirtió en las horas y días posteriores al terremoto en un centro de acopio para recibir donaciones. Estudiantes, voluntarios y rescatistas organizaron desde allí parte de la respuesta civil a la emergencia. El sacerdote de la Parroquia Universitaria, Eduardo Enrique Soto, lo describió a EFE como un trabajo «muy fuerte».
Un mes después, la intensidad de esa respuesta ha cedido algo. «Ha bajado un poco, pero les pedimos que no bajen la solidaridad», advirtió Soto durante el acto de conmemoración. El llamado no es retórico: profesionales egresados de la UCV siguen desplegados en La Guaira prestando atención odontológica, médica y psicológica a los afectados.
El sacerdote también lanzó un mensaje que trasciende lo humanitario. Señaló que el primer mes de duelo es una oportunidad para dejar de lado las diferencias ideológicas y que los venezolanos puedan verse como un solo país. «Merece poder tratarse todos con respeto (...) para juntos ayudar a la reconstrucción y reinstitucionalización de nuestro país», subrayó.
La palabra «reinstitucionalización» no pasó desapercibida en el campus. En un país donde las instituciones llevan años bajo presión, donde la propia UCV ha resistido décadas de tensión con el aparato estatal, la frase del sacerdote tiene más de un registro de lectura.
Los detalles cuentan la historia. La universidad más emblemática de Venezuela no esperó instrucciones para actuar: abrió sus puertas, organizó la ayuda y ahora, un mes después, mantiene el pulso cuando la atención del mundo ya mira hacia otra parte. Esa capacidad de respuesta autónoma —nacida de la sociedad civil, no del Estado— es precisamente lo que suele quedar invisibilizado en los relatos oficiales sobre las catástrofes.
Para Hemisferio, el episodio ilumina una tensión más profunda. Venezuela enfrenta una reconstrucción de proporciones extraordinarias —casi 18.000 personas sin vivienda, miles de heridos con necesidades de largo plazo— con un Estado cuya capacidad de gestión ha sido cuestionada durante años y cuya transparencia en el manejo de recursos sigue siendo materia de debate. La sociedad civil, con la UCV como símbolo visible, ha demostrado que puede organizarse. La pregunta que queda abierta es si el aparato gubernamental permitirá que esa energía fluya sin obstáculos, o si la reconstrucción se convertirá en otro escenario donde la burocracia y el control político ralentizan lo que la solidaridad ya puso en marcha.



