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Un año sin escuela entre surcos de tomate

Antonela Samaniego tenía 14 años cuando su madre cerró la casa en Misiones y cruzó la frontera a Brasil para cosechar tomates. Perdió el año escolar entero. Su historia retrata lo que la pobreza le cobra a la infancia cuando el Estado no llega.
Imagen ilustrativa
lunes 13 de julio de 2026

La escena lo dice todo.

Son las siete de la mañana en el barrio 20 de Junio de Andresito, al norte de Misiones. El sol apenas aclara las calles rojizas cuando Antonela Samaniego camina cinco cuadras con su mochila negra al hombro. Entra a un edificio de paredes altas de ladrillo y techo de chapa que fue construido para ser supermercado. Adentro, la municipalidad improvisó aulas. Antonela se sienta en la esquina, al lado de la ventana con rejas, y abre el cuaderno para copiar lo que el profesor de Geografía escribe en el pizarrón.

Tiene 15 años. Cursa primer año de la secundaria. Por segunda vez.

Hace poco más de doce meses, su vida dio un vuelco que ella describe con una sola palabra: «Fea». Lo dice mirando al piso, entrelazando los dedos, refregándose los pulgares.

La decisión de Estela

A principios del año pasado, Estela Olivera cerró con llave su casa del barrio 20 de Junio, subió a un micro con sus tres hijos —Antonela, de 14 años; Damián, de 12; y Abigail, de 6— y cruzó la frontera hacia Brasil. La producción de yerba mate en Andresito se había paralizado. No había trabajo. «No quería hacer pasar hambre a mi familia», dice Estela.

Lo que encontraron al otro lado no era mucho mejor. Un conventillo precario. Una pieza para todos. Jornadas que arrancaban a las seis de la mañana y terminaban a las 17:30, cargando cajas pesadas de tomate bajo un calor sofocante. «Yo les decía que no trabajaran fuerte, que se sentaran a la sombra», recuerda Estela. Pero reconoce que Antonela y Damián también cosecharon «a veces».

Mientras la madre trabajaba, Antonela se quedaba en la pieza a cargo de sus hermanos menores. Limpiaba, cocinaba, ordenaba. «La comida ya la hacía ella y cuando yo venía estaban todos listos», dice Estela. No hay queja en esa frase. Hay, más bien, el peso de una niña de 14 años convertida en sostén doméstico en un país extranjero.

Los tres hijos perdieron el año escolar completo.

El regreso y el precio

En abril, Estela decidió volver a Andresito. La diferencia económica no justificaba la ausencia y la producción de yerba mate comenzaba a reactivarse, apenas. Antonela se inscribió en el Bachillerato Orientado Provincial BOP N° 124, la escuela del supermercado reconvertido. Pero tuvo que repetir el año.

Fabiana Vázquez, directora del establecimiento, conoce bien esta historia porque no es la única. «Tenemos muchos casos de familias de alumnos que se fueron durante el verano a trabajar a Brasil», dice. Y agrega un detalle que explica por qué las familias no pueden simplemente volver antes: «Ellos no pueden volver hasta que no se les termine el contrato porque sino no les pagan».

La competencia entre trabajo y educación es, en Andresito, un fenómeno casi estacional. Cuando arranca la cosecha manual de la yerba, los camiones pasan a buscar a los trabajadores a las 6:30 de la mañana, la misma hora en que los profesores llegan a la escuela. «Los vemos que se van en los camiones», dice Vázquez. Algunos alumnos llegan con un mes de retraso y pasan semanas completando carpetas. Otros se duermen en clase por el desgaste físico.

La escuela tiene 156 alumnos y ya no tiene espacio. La municipalidad donó un terreno para construir un edificio propio, pero la obra no ha comenzado.

Antonela, por su parte, dice que le gustan las Matemáticas y la Historia. Que quiere ser policía, como su hermano mayor. Que cuando no está en la escuela ayuda a su mamá con la casa.

Lo que la historia revela

El caso de Antonela Samaniego no es una anomalía: es el resultado predecible de una economía regional que no genera empleo estable, de un aparato estatal que llega tarde —o no llega— a los márgenes del mapa, y de una infraestructura educativa que funciona en un galpón porque nadie construyó la escuela a tiempo.

Lo que está en juego es simple y grave: cuando una familia no tiene acceso a trabajo genuino cerca de su casa, el costo lo paga la infancia en años de escuela perdidos, en trayectorias truncadas, en futuros que se estrechan antes de abrirse. La libre empresa y el desarrollo productivo no son abstracciones: son la diferencia entre que Estela Olivera cruce una frontera en un micro o encuentre trabajo a cinco kilómetros de su casa. Mientras esa diferencia no se resuelva, habrá más Antonelas copiando en cuadernos que debieron estrenar un año antes.

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