Colombia está recibiendo más turistas y más dinero de los visitantes extranjeros, pero el beneficio no se reparte de la misma manera entre los negocios que viven del sector. La escena lo dice todo: mientras el país suma divisas, varios eslabones de la cadena turística sienten la presión en sus cuentas y en su nómina.
En 2025, los visitantes internacionales gastaron $54,7 billones en Colombia, frente a $50,5 billones en 2024, un aumento de 8,4%, según la Cuenta Satélite de Turismo del Dane. El número de turistas también creció, aunque a un ritmo menor: pasó de 4,4 millones a 4,6 millones, un alza de 3,8%.
La entrada de divisas siguió la misma ruta en 2026. Entre enero y junio, Colombia recibió US$5.619 millones por viajes y transporte de pasajeros, 4,9% más que en el mismo periodo del año anterior. De ese total, US$4.742 millones correspondieron a viajes y US$877 millones al transporte de pasajeros.
El peso del turismo en la economía también se mantuvo visible en el empleo. Durante 2025, 995.709 personas trabajaron en actividades relacionadas con el sector, frente a 899.206 en 2024. Hoteles y servicios de alimentos y bebidas concentraron 591.841 puestos de trabajo, el 59,4% del empleo turístico.
Pero cuando se mira la primera línea de atención al viajero, el contraste cambia. Entre enero y julio, los ingresos reales de los establecimientos de alojamiento cayeron 6,8% y el personal ocupado disminuyó 4,5%. Solo en julio, los ingresos reales bajaron 7,4% y el empleo cayó 4,7% frente al mismo mes de 2025.
La presión no fue uniforme. Antioquia registró una caída de 14,6% en los ingresos reales de los alojamientos, seguida por Bogotá, con 11,5%, y Cartagena, con 8,6%. Ese comportamiento muestra que el movimiento de visitantes no siempre se convierte en estabilidad para el negocio que les abre la puerta.
Hay otro dato que complica la operación: mientras los ingresos reales bajaron, los salarios reales aumentaron 9,8%. En otras palabras, el costo laboral subió al mismo tiempo que los ingresos perdían tracción. Para cualquier empresario del sector, ese desajuste importa; para el contribuyente y para la economía en general, importa todavía más porque revela un mercado bajo presión.
El dinero también se movió por otras vías. Las compras hechas con tarjetas extranjeras sumaron US$1.280 millones en el primer semestre, 3,7% más que un año atrás. Bogotá concentró US$481,9 millones de esas compras, mientras Medellín registró US$187 millones y Cartagena US$138,7 millones.
Por actividad, el transporte aéreo fue el que más dinero recibió de los visitantes internacionales en 2025, con $14 billones. Luego aparecieron los servicios de alimentos y bebidas, con $13,3 billones, y el alojamiento, con $7,6 billones. En conjunto, esas tres actividades concentraron cerca de $35 billones del gasto de los viajeros extranjeros.
El valor agregado generado por las actividades turísticas llegó a unos $39,3 billones, equivalentes a cerca de 2,4% del valor agregado nacional. No es un dato menor: el turismo ya no es un accesorio de la economía, sino una de sus piezas relevantes.
Aun así, el mensaje central de las cifras es claro. El país gana divisas y mantiene el flujo de visitantes, pero una parte importante de la cadena privada que sostiene ese ingreso enfrenta menores ingresos, menos empleo y mayores costos. Esa brecha merece atención porque el dinamismo macroeconómico no sirve de mucho si no baja con fuerza hasta el empresario que invierte, contrata y sostiene la operación diaria.
Para una economía que necesita inversión, empleo formal y reglas estables, el turismo debería ser una vitrina de oportunidades, no una evidencia de desajustes. Cuando suben los salarios reales al tiempo que caen los ingresos reales, la cuenta la termina pagando el negocio, el trabajador y, en última instancia, el país que depende de esa actividad para crecer.
Las agencias de viajes también enfrentan presión. Anato reportó una disminución de 1,3% en sus ingresos nominales y de 3% en el empleo, en medio de mayores costos laborales, tasas de interés e informalidad. Ese es el desenlace que no se ve en la postal del turista: detrás del gasto extranjero hay una estructura privada que necesita margen para sobrevivir, competir y seguir recibiendo visitantes.



