El embajador de Estados Unidos en China, David Perdue, afirmó que Donald Trump preguntó a Xi Jinping si Pekín querría comprar armas estadounidenses. La revelación salió a la luz en una entrevista con Fox News, a propósito de la visita de Estado que llevó al mandatario chino a Washington la semana pasada.
Perdue no precisó cuándo se planteó la pregunta ni cuál fue la respuesta de Xi. Sí sostuvo que Trump sigue diciendo que Estados Unidos vende armas a otros países del mundo y que, en un momento dado, le preguntó a Xi si le gustaría comprar algunas.
La respuesta oficial no tardó. Tras las declaraciones de Perdue, el Departamento de Estado de Estados Unidos recordó, según varios medios que citaron fuentes anónimas de esa dependencia, que «la ley estadounidense prohíbe la venta de armas a China y no hay ninguna oferta ni plan para vender armas a China».
La afirmación del embajador llama la atención por la rivalidad estratégica que mantienen ambas potencias en el plano militar, además de en los terrenos tecnológico y comercial. En esa disputa, la lógica de Washington ha sido la de la disuasión frente a Pekín, no la de suministrarle armamento.
Según el diario hongkonés South China Morning Post, Estados Unidos no vende armas convencionales a Pekín desde hace más de tres décadas y ha dedicado buena parte de ese tiempo a construir su postura militar en torno a la disuasión del Ejército chino. Ese dato pone en perspectiva el alcance de la pregunta atribuida a Trump: no se trataba de una negociación cualquiera, sino de tocar una de las líneas más sensibles del vínculo bilateral.
Las declaraciones de Perdue también contrastan con la situación de Taiwán, la isla autogobernada cuya soberanía reclama China. Estados Unidos mantiene bloqueado un enorme paquete de armamento defensivo para esa isla, valorado en 14.000 millones de dólares, al considerarlo una «moneda de cambio» para negociar.
Desde hace más de siete décadas, Estados Unidos se encuentra en medio de las disputas entre ambas partes. Washington es el principal proveedor de armas de Taipéi y, aunque no mantiene vínculos diplomáticos con ese territorio, podría acudir en su defensa en caso de conflicto con Pekín.
Perdue añadió que hay conversaciones en curso sobre otras ventas y que Trump y Xi hablan de eso cada vez que se reúnen. También afirmó que la postura estadounidense no ha cambiado. En la misma línea, la agencia estatal china Xinhua informó que Xi presionó a Trump durante su reciente reunión en Washington para que expresara su rechazo explícito a la independencia de la isla.
Trump, por su parte, respondió este sábado a la prensa que el mandatario chino «entiende bastante bien su posición» sobre Taiwán y que «no hablaron demasiado» del asunto.
La escena lo dice todo. Mientras la Casa Blanca intenta proyectar poder en múltiples frentes, la letra de la ley le recuerda que no todo gesto diplomático se convierte en política efectiva. En un vínculo atravesado por la competencia militar, tecnológica y comercial, el margen de maniobra sigue limitado por reglas que no dependen del impulso presidencial.
Y ahí está el desenlace de fondo: Estados Unidos mantiene a China como rival estratégico, refuerza a Taiwán con armamento defensivo y, al mismo tiempo, sigue atado a un marco legal que impide vender armas a Pekín. Para el lector, el dato central no es solo la anécdota de una pregunta incómoda, sino el recordatorio de que la rivalidad entre potencias también se juega en el terreno del derecho, la disuasión y la coherencia del Estado.

