Donald Trump recibió a TIME en la Casa Blanca el 28 de septiembre y aprovechó la conversación para fijar dos mensajes a la vez: apoyo al auge de la inteligencia artificial y ataque a los medios que considera hostiles.
Sobre la IA, dijo que había hablado con un líder del sector al que describió como «muy inteligente» y sostuvo que el país está «ganando contra el mundo por mucho». Añadió que ve «billones de dólares» invertidos en Estados Unidos y que el Gobierno quiere que los actores del sector «se comporten» por sí mismos.
Trump también defendió su postura frente a la regulación. «Si vas a buscar regulación, pueden sacarte del negocio», dijo. A su juicio, se trata de «un mundo nuevo» que puede ser «muy bueno para medicina», aunque también «muy poderoso» y con riesgos.
El tramo más áspero llegó cuando le preguntaron por el acceso de algunos reporteros a la Casa Blanca. Trump respondió que sí respeta a la prensa libre, pero no a la prensa falsa. Puso como ejemplos a CNN y a MSNBC, a la que llamó «MS NOW», y afirmó que esas cadenas son «fake news».
En esa respuesta, Trump también insistió en que ganó la elección y enumeró varios datos de forma categórica. Dijo: «gané la elección», «gané el voto popular», «gané los siete estados bisagra» y «86% popular vote». Esas fueron sus afirmaciones en la entrevista, no una verificación independiente del medio.
Cuando le preguntaron si estaba ignorando una orden judicial sobre el acceso a la cobertura presidencial, Trump rechazó esa idea. Dijo que no estaba ignorando la orden y que, según él, el juez había pedido un proceso. Luego Steven Cheung precisó que la resolución obligaba a renovar el acceso a la Casa Blanca, pero que eso era distinto de permitir la entrada del pool a eventos en el Despacho Oval o en Air Force One.
La escena lo dice todo. Trump convirtió una entrevista sobre IA, tribunales y prensa en una defensa de su derecho a distinguir entre medios amigables y hostiles, con la Casa Blanca como escenario y la regulación como advertencia al sector privado.
Para entender el presente hay que volver a esa semana: el mensaje presidencial no fue solo político, sino institucional. En su visión, el Estado no debe ponerle freno a la innovación con exceso de regulación, pero sí puede cerrar la puerta a quienes considera deshonestos. Ese es el giro más importante de la conversación y también el más revelador para una democracia que depende de reglas claras para la prensa y para los negocios.
Los detalles cuentan la historia. Cuando un presidente convierte la etiqueta de «fake news» en criterio de acceso, la discusión deja de ser solo mediática y pasa a ser de poder. Y cuando advierte que la regulación puede expulsar a una empresa del mercado, el mensaje es otro: la frontera entre supervisar y asfixiar sigue siendo decisiva para la libre empresa.


