Donald Trump camina sobre el nuevo helipuerto de la Casa Blanca como quien inspecciona una propiedad recién terminada. Son 80,000 pies cuadrados de granito tallado en el South Lawn, con piedra gris importada de Italia y piezas ensambladas, según él, con precisión de una octava de pulgada. El presidente se detiene, señala, mide con la vista y repite que le resulta relajante.
Detrás de esa escena aparece una obra mucho mayor: el nuevo salón de baile de la Casa Blanca, levantado sobre los restos del ala este. Las demandas han seguido al proyecto, con acusaciones de que Trump demolió la estructura histórica y comenzó a construir su reemplazo sin autorización del Congreso ni las revisiones federales requeridas. Él siguió adelante. Describe paredes de «hormigón nuclear», un complejo militar bajo el salón que descenderá seis pisos y un costado entero de vidrio de 6 u 8 pulgadas de grosor. «El acero sube la próxima semana», dice.
El recorrido incluye puertas recién pintadas, nuevas manijas doradas y un Rose Garden arrancado y sustituido por un patio estilo Mar-a-Lago. Allí, Trump ahora preside cenas en lo que llama el Rose Garden Club. «¿Por qué pasa tanto tiempo en esto?», se pregunta. Y responde: «Pero me resulta relajante». Más tarde añade: «Es lo que hago mejor. ¿Soy mejor constructor o político?». Para entender el presente hay que volver a esa semana. En su propia mente, al menos, la respuesta parece clara.
La trastienda política es menos complaciente. Fuera de los muros de la Casa Blanca, la guerra en Irán sigue sin final visible siete meses después de haber sido lanzada sin autorización del Congreso y tras haber sido presentada por Trump como una operación de cuatro a seis semanas. El conflicto ha empujado al alza los precios del petróleo y la gasolina y ha sacudido la economía global. A eso se suman presiones inflacionarias agravadas por sus tarifas, que llevaron a la Reserva Federal, ahora dirigida por su elegido, a subir las tasas de interés pese a sus اعتراضes, con otra alza posible antes de fin de año. Las tasas hipotecarias llegaron a 7.5%, empeorando un mercado inmobiliario ya castigado.
La coalición que lo devolvió al poder también muestra fisuras. Reuters/Ipsos registró en septiembre una aprobación de 32%, la más baja de su carrera política. Un sondeo reciente del Wall Street Journal señaló las peores calificaciones para un presidente antes de las elecciones intermedias desde 1990. Candidatos republicanos se han distanciado de sus acciones militares y de su campaña de deportaciones. Votantes independientes, rurales y parte del electorado latino exhiben señales de desgaste, aunque la base de su partido sigue siendo leal en buena medida.
Dentro de la Administración, asesores de alto nivel empiezan a reconocer que Trump ha pasado el apogeo de su poder en este segundo mandato. En el Partido Republicano, varios funcionarios se preparan para la posibilidad de perder la Cámara de Representantes y quizá también el Senado en las intermedias. Después de dos años casi enteros en ofensiva, Trump podría quedar a la defensiva. Un Congreso bajo control demócrata abriría investigaciones, citaciones y audiencias, e incluso una tercera ronda de juicio político. Él lo resume con su habitual lógica de confrontación: «Probablemente irán contra mí, y yo iré contra ellos».
En la entrevista de 75 minutos con TIME, Trump pasó de una crisis a otra con tono de queja y resentimiento. Dijo que lamenta haber nombrado a Neil Gorsuch, Brett Kavanaugh y Amy Coney Barrett para la Corte Suprema, después de fallos en su contra sobre tarifas, voto por correo y ciudadanía por nacimiento. «Les di el puesto de su vida», dijo, «y a menudo votaron contra mí». También insistió en la lealtad: «Sí, me gusta la lealtad». Y volvió una y otra vez al estado físico de la Casa Blanca, acusando a sus predecesores de dejarla en mal estado y burlándose de Barack Obama como alguien que «no sabe si algo está sucio o limpio».
El contraste es elocuente. Trump enfrenta una presidencia que se le vuelve menos obediente y más costosa para el país: precios energéticos al alza, tasas más altas, vivienda más inaccesible y una coalición en repliegue. Pero en la Casa Blanca sigue encontrando un territorio donde mandar sin resistencia, donde puede decidir qué muro se levanta, qué césped se arranca y qué piedra llega de Italia. Esa es la lógica de fondo de su segundo mandato: el aparato estatal puede escaparse de su control, pero el mármol, el oro y el concreto todavía obedecen.
Y ahí está el dilema para los contribuyentes y para el sistema político. Cuando el presidente convierte la sede del poder en una extensión de su gusto personal, el mensaje no es solo estético. Es institucional. La presidencia deja de verse como una función limitada por reglas y contrapesos, y empieza a parecer una obra privada con factura pública, litigios y consecuencias nacionales. Si la escena del helipuerto resume algo, es esto: Trump sigue prefiriendo construir antes que gobernar. El problema es que un país no se administra como una remodelación.


