Donald Trump volvió a poner a Abdul El-Sayed en el centro de la pelea política al compartir, sin comentario, un video de Kid Rock en el que el músico dijo temer una guerra civil religiosa en Michigan y describió al candidato demócrata como «a wolf in sheep’s clothing».
La escena lo dice todo. El clip, difundido tarde el domingo, mostró a Kid Rock hablando con Lara Trump en su programa de Fox News «My View», donde expresó preocupación específica por Dearborn, el suburbio de Detroit donde nació y donde, dijo, crecieron varias generaciones de su familia.
«No sé si la gente entiende cómo llegó a ser una de las mayores poblaciones árabes fuera del mundo árabe», afirmó sobre una ciudad que, según el propio relato del músico, es la única urbe de Estados Unidos donde la mayoría de los residentes proviene de Medio Oriente o África del Norte.
Rock dijo que, aunque sabe que «hay extremistas y hay versiones más suaves», no quiere que sus nietos tengan que pelear algún día «una guerra civil por una ideología religiosa». También advirtió: «Esto es aterrador».
En ese contexto, lanzó su ataque contra el candidato demócrata Abdul El-Sayed, que compite con el republicano Mike Rogers por un escaño vacante. Trump, por su parte, había ido más lejos días antes, cuando se refirió a El-Sayed como un «Jihadist lunatic who hates our Country, the Black People of Detroit, and wants to see the U.S. fail».
El giro de Trump no cambia el hecho central: el presidente decidió usar su cuenta para dar eco a un mensaje que mezcla religión, identidad y campaña electoral en un distrito donde las tensiones comunitarias ya forman parte del paisaje político.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La trastienda muestra a un Trump que no solo respalda a sus aliados, sino que también eleva el costo político de sus adversarios al asociarlos con miedo, conflicto y lealtades incompatibles con el país.
Ese marco importa porque empuja la discusión desde la competencia de ideas hacia la desconfianza identitaria. Cuando el debate se mueve ahí, pierde espacio la discusión sobre programas, capacidad de gestión y responsabilidad pública, y gana terreno una política de señalamiento donde el adversario deja de ser un rival y pasa a ser una amenaza.
Eso beneficia a la polarización y perjudica a cualquier intento de ordenar la vida cívica con reglas claras. En vez de fortalecer el mérito, la convivencia y la responsabilidad individual, el episodio vuelve a mostrar cómo la batalla electoral puede degradarse cuando el poder político decide premiar el miedo como herramienta de movilización.



