La escena lo dice todo. En el segundo día de la cumbre de la OTAN en Ankara, Donald Trump y Volodymyr Zelensky aparecieron ante las cámaras con una cordialidad que hace apenas un año habría parecido imposible. «Hemos desarrollado una buena relación, es difícil de creer, desde aquel encuentro en el Despacho Oval hasta ahora», reconoció Trump ante los periodistas.
El anuncio central de ese encuentro bilateral fue concreto en su intención y deliberadamente vago en sus mecanismos: Estados Unidos extenderá a Ucrania una licencia para fabricar interceptores de misiles Patriot. «Les daremos el derecho a fabricar Patriots. Les mostraremos cómo hacerlo», dijo Trump. «Es muy complejo, en realidad, pero resolverán esa complejidad rápidamente».
La promesa verbal dejó sin responder varias preguntas clave. Trump admitió que todavía no había informado a los fabricantes de defensa de su decisión, y expresó la esperanza de que «todo saldrá bien». Tampoco quedó claro si los misiles se producirían en territorio ucraniano o en un tercer país. Ante la pregunta de si Washington enviaría sistemas de defensa aérea de inmediato, el presidente respondió que «algunos» podrían llegar pronto, pero aclaró: «Tenemos Patriots, pero no tenemos tantos. Los necesitamos para nosotros también».
El contexto inmediato explica la urgencia. En los días previos a la cumbre, Rusia bombardeó Kiev con drones y misiles en otro ataque mortífero. Las autoridades ucranianas reportaron un nuevo asalto nocturno el miércoles por la mañana. En su discurso inaugural del martes, Zelensky había pedido a los aliados la entrega de sistemas de defensa aérea, insistiendo en que Ucrania necesita interceptores fabricados en Estados Unidos para defenderse de los misiles balísticos rusos.
Tras el encuentro bilateral, Zelensky se mostró «agradecido por el fuerte énfasis puesto en fortalecer la defensa aérea de Ucrania para proteger mejor las vidas de las personas». El presidente ucraniano también aprovechó la cumbre para reiterar su petición de membresía plena en la OTAN.
En la declaración final publicada el miércoles, la alianza señaló que para 2026 «los aliados se comprometen con 70.000 millones de euros en equipos militares, asistencia y entrenamiento para Ucrania», y afirmaron su intención de sostener niveles equivalentes en 2027.
Trump también abrió la puerta a una posible compra de drones ucranianos por parte de Estados Unidos, aunque sin comprometerse a un plan concreto. «Compraríamos sus drones», dijo, reconociendo la capacidad industrial de Kiev en ese rubro. Durante la cumbre, Zelensky firmó acuerdos de drones con los Países Bajos, Dinamarca y Estonia.
David Blagden, profesor asociado de seguridad internacional y estrategia en la Universidad de Exeter, calificó el encuentro como un «triunfo para el gobierno ucraniano» sin ambigüedades. «Ucrania sufría escasez crítica de defensas aéreas, así que poder construir algunas de las mejores defensas aéreas bajo licencia será potencialmente una enorme ventaja para intentar frenar esos ataques de misiles balísticos rusos», explicó a TIME. Blagden añadió que «estar en términos suficientemente buenos con los estadounidenses de nuevo es un gran golpe diplomático para Ucrania», y que la posición sobre ese país había sido uno de los puntos de fricción dentro de las relaciones entre Estados Unidos y Europa en la OTAN.
Antes de la cumbre, Trump mantuvo conversaciones separadas con Zelensky y con el presidente ruso Vladimir Putin, y en Ankara expresó optimismo sobre la voluntad de ambos líderes de poner fin a la guerra.
Lo que Ankara deja en claro es que la política exterior de Trump, por encima de las críticas de sus detractores, ha producido un resultado que los gobiernos europeos no lograron en años de diplomacia convencional: devolver a Ucrania al centro de la agenda estadounidense sin cheques en blanco ni compromisos abiertos de tropas. La promesa de la licencia Patriot es, en ese marco, una apuesta por la autosuficiencia defensiva de Kiev —que produce y exporta armamento complejo— antes que por la dependencia permanente del contribuyente estadounidense. El principio es sólido; la ejecución, como admitió el propio Trump, aún está por verse.


