La madrugada del domingo, lo que comenzó como un convivio familiar en la colonia San Miguel Acuitlapilco terminó con tres cuerpos en el suelo y un agresor prófugo. El municipio de Chimalhuacán, en el Estado de México, fue escenario de una de esas tragedias que los reportes oficiales registran con frialdad burocrática pero que detrás esconden el fracaso más elemental del Estado: proteger la vida de sus ciudadanos.
Las víctimas fueron identificadas como Jéssica, de 58 años; Jonathan, de 40, y Edgar, de 36. Los tres murieron por impactos de arma de fuego en el interior de un domicilio ubicado en la intersección de Prolongación Aldama y calle Aldama. Personal de emergencias que acudió al lugar confirmó que ninguno presentaba signos vitales.
Según las primeras versiones recabadas por las autoridades, un hombre con parentesco con las víctimas discutió con ellas durante el festejo, sacó un arma de fuego y les disparó. Tras el ataque, huyó del lugar. Los detalles cuentan la historia: no fue un ajuste de cuentas entre bandas rivales ni un robo que se salió de control. Fue alguien de la misma familia, con acceso a un arma, en el interior de una casa.
Elementos de la Policía Municipal de Chimalhuacán llegaron al sitio tras recibir un reporte por radio. En la escena aseguraron una camioneta Renault de color rojo que, según las autoridades, el presunto agresor utilizó para escapar. El vehículo quedó; el hombre, no.
La Dirección General de Seguridad Ciudadana de Chimalhuacán informó que colabora con la Fiscalía General de Justicia del Estado de México en la búsqueda del responsable y en las diligencias del caso. Hasta el cierre de esta edición, el presunto agresor permanecía prófugo.
Chimalhuacán no es un municipio menor ni un punto ciego del mapa. Es uno de los municipios más poblados del Estado de México, parte de la zona conurbada de la Ciudad de México, donde millones de familias viven, trabajan y, en ocasiones como esta, mueren a manos de alguien que conocen.
La escena lo dice todo. Tres personas acudieron a una reunión familiar un sábado por la noche. No salieron caminando. Y el hombre que presuntamente apretó el gatillo pudo subirse a una camioneta roja y desaparecer en la madrugada del Estado de México, un territorio donde la impunidad no es la excepción sino el clima permanente.
Para Hemisferio, el dato más revelador no es la cifra —tres muertos— sino el contexto: un arma de fuego en manos de un particular, en una fiesta familiar, en un municipio donde el aparato de seguridad llegó después de los disparos. La violencia en el Estado de México no es un fenómeno abstracto de estadísticas nacionales; es esta casa, esta madrugada, estos tres nombres. Mientras el gobierno federal acumula discursos sobre la transformación del país y la presidenta avanza su agenda, municipios como Chimalhuacán siguen esperando la respuesta más básica que cualquier Estado debe a sus ciudadanos: que puedan sobrevivir una reunión de familia. Esa deuda, por ahora, sigue sin pagarse.



