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Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada

El economista Alberto Ades sostiene que la revolución digital empuja a la reclusión y al individualismo, y advierte que ese cambio también alimenta liderazgos como los de Donald Trump y Javier Milei. En su diagnóstico, el mercado de datos y la monetización permanente ya forman parte del nuevo paisaje.
Imagen generada con IA
sábado 17 de octubre de 2026

Alberto Ades lleva más de 30 años viviendo en Nueva York y hoy divide su trabajo entre NWI Management y Harboured. A los 62 años, y después de una carrera en bancos de inversión como Bank of America, Merrill Lynch y Goldman Sachs, acaba de publicar Lo que se desvanece. Arqueología de un presente inestable (Sudamericana), un libro en el que pone el foco sobre el impacto de la tecnología en el comportamiento humano.

La escena lo dice todo. De paso por la Argentina para presentar el libro, Ades fue convocado por el presidente Javier Milei para exponer su visión del mundo y de la economía del país en una reunión de Gabinete. Ese encuentro en la Casa Rosada se produjo con la ausencia del ministro de Economía, Luis Caputo, que la atribuyó a algún problema de salud. Ante las especulaciones, Ades descartó cualquier relación entre ambos hechos.

Su diagnóstico parte de una idea central: la revolución digital no solo cambió herramientas, sino hábitos profundos. En la introducción de su libro, Ades define la revolución digital como «una ruptura antropológica que moldea nuestras formas de pensar, de sentir, de vincularnos». Dice que no lo mueve la nostalgia, sino la necesidad de tomar conciencia de lo que cambió y de qué parte de ese cambio merece conservarse.

En la conversación con LA NACION, vinculó el individualismo extremo que promueve la tecnología con el surgimiento de líderes como Donald Trump y el propio Milei, a quien describió como «un político sin historia». Según Ades, ese tipo de liderazgo atrae a un electorado que quiere «que le saquen al Estado de encima» y también a «toda organización social que le extraiga algo de su esfuerzo».

Esa lectura encaja con el eje de su libro, que se detiene en la infancia, la memoria, el trabajo y la forma en que la vida cotidiana se reorganizó alrededor de los dispositivos. Sobre los chicos, recuerda el pasaje de una época en la que iban solos a la plaza, se lastimaban y fracasaban, a otra en la que están mucho más vigilados. Sobre el trabajo, advierte que hoy ocupa casi sin límites el tiempo del descanso y el ocio: «nunca hay una desconexión del todo».

Ades también describe una paradoja tecnológica. Por un lado, las plataformas y redes están diseñadas para favorecer el intercambio. Por otro, promueven «la reclusión» y la vuelta hacia la individualidad. Dice que los humanos no se conectan con alguien en Japón de la misma manera que con el vecino del departamento o con alguien de la iglesia, la sinagoga o el club. Ahí ve una mutación de la vida en común.

El libro avanza sobre otro rasgo de la época: la entrega voluntaria de datos. Ades sostiene que, a cambio de nada, las personas ceden grandes volúmenes de información que luego se usan como herramientas de marketing. También plantea que la lógica de las plataformas empuja a una monetización permanente: incluso la memoria y la llamada inmortalidad digital podrían quedar atadas a un pago mensual, con mensajes o videos fabricados con inteligencia artificial.

En ese punto menciona ejemplos como Facebook, que recuerda automáticamente cumpleaños o publicaciones de hace años, y la posibilidad de que en el futuro exista una especie de «inmortalidad» paga. Incluso cita dispositivos como el anillo Oura y el Apple Watch como parte de un ecosistema en el que el cuerpo y sus señales también se vuelven datos comercializables.

Ades dice que no es conspiranoico y que muchas cosas se dieron «de casualidad». Pero el cuadro que arma es claro: una vida cada vez más mediada por pantallas, métricas y plataformas, donde el individuo termina más aislado y más expuesto al mercado al mismo tiempo.

Ahí está el giro de fondo que importa. Si la tecnología amplifica la vida privada y debilita la comunidad, el costo no es abstracto: lo paga el tejido social. Y cuando ese tejido se rompe, el Estado y las instituciones dejan de ser un marco común para convertirse, en la percepción de muchos, en obstáculos a remover.

Para Hemisferio, ese es el desenlace que vale mirar de frente. No se trata solo de nuevos aparatos o de una moda cultural, sino de un cambio de incentivos que beneficia a las plataformas y deja al individuo cada vez más solo frente a ellas. En nombre de la comodidad, la libertad aparente puede terminar en una reclusión más rentable para otros.

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