La escena lo dice todo. El 17 de julio de 2026, en Barranquilla, Abelardo de la Espriella y Silvia Tcherassi se reunieron y sellaron un acuerdo que va más allá del protocolo: la diseñadora colombiana de mayor proyección internacional pasó a ser, de manera oficial, embajadora ad honorem de la moda, la creatividad y la identidad de Colombia.
Cuatro días después, en el Día de la Independencia, Tcherassi publicó un mensaje en su cuenta de Instagram que resumía el espíritu del nombramiento. «Durante más de 25 años, me he sentido honrada de abrir puertas al diseño de mi país a nivel internacional e inspirar a una nueva generación de creadores», escribió. Y añadió: «Como fundadora de una empresa, reconozco que la innovación, la creatividad y el espíritu emprendedor son fundamentos claves para el crecimiento y el bienestar».
El texto no era solo un agradecimiento. Era, en la práctica, la primera declaración de principios de una embajadora que entiende su cargo como una extensión del emprendimiento privado hacia la arena diplomática.
Tres décadas de carrera como credencial
La elección de Tcherassi no fue arbitraria. La barranquillera construyó durante más de tres décadas una marca con presencia en Colombia, Estados Unidos, Europa y el Caribe. Fue, además, la primera diseñadora latinoamericana invitada oficialmente a participar en las pasarelas de Milán, un hito que ninguna otra compatriota suya había alcanzado antes.
Ese historial es precisamente el capital que el gobierno entrante quiere movilizar. Según la fuente, la designación contempla impulsar el trabajo de diseñadores, artesanos, confeccionistas y otros actores de la cadena creativa, y plantea a la moda como herramienta de diplomacia cultural y plataforma para ampliar la visibilidad de la creatividad colombiana en el exterior.
De la Espriella, al anunciar el nombramiento, destacó el potencial del país para consolidarse como potencia creativa y el papel de la diseñadora en la apertura de espacios para el talento nacional.
Un símbolo en el desfile del 20 de julio
Los detalles cuentan la historia. En el desfile de Medellín que acompañó las celebraciones de la Independencia, Ana Lucía Pineda, la futura primera dama, lució un traje confeccionado por Tcherassi. El gesto no pasó desapercibido: la diseñadora no solo ostenta el título honorífico sino que ya viste a quien estará en el centro de la escena pública cuando De la Espriella asuma el poder.
Tcherassi cerró su mensaje del 20 de julio con una frase que condensaba el doble registro, personal y nacional: «Siempre he visto mis éxitos como un logro de los colombianos y eso me llena todavía más de orgullo. Gracias a nuestro presidente electo Abelardo de la Espriella por este reconocimiento».
Lo que está en juego
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El nombramiento de Tcherassi es, en su forma más concreta, una apuesta del gobierno entrante por la economía creativa como vector de proyección internacional. No se trata de una embajada con presupuesto estatal ni de un cargo burocrático: es una figura ad honorem, es decir, sin remuneración pública, que pone el talento y la trayectoria privada al servicio del país.
Ese modelo —libre empresa como instrumento de diplomacia, sin engrandecer el aparato estatal— es exactamente el tipo de señal que los mercados creativos y los inversionistas del sector moda observan cuando evalúan un nuevo gobierno. De la Espriella elige a una emprendedora de tres décadas de recorrido, no a un funcionario de carrera.
El contraste con la gestión saliente es inevitable. Mientras el gobierno de Gustavo Petro debatía en su último día el fracking y defendía su legado legislativo en la instalación del Congreso, el presidente electo firmaba un nombramiento que apunta en otra dirección: creatividad, emprendimiento, visibilidad internacional y cadena de valor privada. La moda como política exterior. El mérito como argumento diplomático.



